En este episodio, la escena se abre con dos terapeutas y una silla que no está vacía… aunque durante años lo estuvo.
Saúl y Alejandro se encuentran por primera vez escuchando la voz de Adriana. No como diagnóstico. No como expediente. No como “caso clínico”. Sino como historia viva.
Adriana llega con esa serenidad que sólo otorgan las experiencias límite. Una enfermedad la obligó a mirar de frente lo que solemos posponer: el miedo, el cuerpo, la fragilidad, la muerte… y, paradójicamente, la vida.
Entre silencios densos y risas inesperadas, nos cuenta cómo la terapia no fue un “extra”, sino un ancla. Antes de la tormenta, fue brújula. Durante la tempestad, fue refugio. Después del huracán, fue reconstrucción.
Saúl y Alejandro, entre preguntas profundas y comentarios que descomprimen la intensidad con humor fino (porque sí, a veces el consultorio también se ríe), reflexionan sobre lo que significa sostener a alguien cuando la vida parece desmoronarse… y sobre lo que ocurre cuando el paciente se convierte en inspiración.
Porque Adriana no sólo atravesó la enfermedad. La resignificó. La transformó en relato. La convirtió en fuerza.
Este capítulo habla de vulnerabilidad, de límites del cuerpo y expansiones del alma. De cómo la terapia no quita el dolor, pero sí ofrece herramientas para atravesarlo sin perderse.
Un episodio dramático, humano… y con esos destellos cómicos que nos recuerdan que incluso en la antesala del abismo, el humor puede ser un acto de resistencia.
La otra silla hoy tiene nombre.
Y tiene voz.
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