Cuando miramos una fotografía de una galaxia, podemos tener la impresión de contemplar un objeto con borde definido, como una isla luminosa en medio del océano oscuro del cielo. Pero esa impresión es engañosa. Las galaxias no terminan de golpe: sus estrellas se van haciendo más escasas, su halo se vuelve más tenue, y llega un punto en que ya no resulta fácil decidir si seguimos mirando la galaxia o el fondo del universo.
Por eso medir el tamaño de una galaxia no es tan sencillo como medir una mesa o una montaña. Los astrónomos utilizan criterios convencionales, como las isofotas: líneas imaginarias que unen puntos de igual brillo en una imagen. Una de las más usadas es la isofota D25, que marca el diámetro de una galaxia hasta un brillo superficial determinado. Si nuestros telescopios fueran más sensibles o el criterio cambiara, muchas galaxias parecerían crecer.
El resultado de estas mediciones revela un universo de escalas casi inconcebibles. En el extremo pequeño encontramos galaxias ultradébiles, como Segue 2, con apenas unas mil estrellas y una luminosidad diminuta. En el extremo opuesto hay gigantes como UGC 2885, Malin 1 o enormes galaxias elípticas que han crecido durante miles de millones de años devorando vecinas. Algunas radiogalaxias, como Alcyoneus, extienden además lóbulos de plasma emisores de ondas de radio a distancias colosales, aunque estos no deben confundirse con el cuerpo estelar de la galaxia.
Pero las galaxias tampoco viven solas. Forman cúmulos, filamentos y estructuras inmensas como el Big Ring, un gigantesco anillo de galaxias que parece desafiar algunas expectativas del modelo cosmológico estándar. El tamaño de las galaxias y de las estructuras que forman nos habla de la gravedad, del tiempo disponible para construir el cosmos y de cuánto nos queda aún por comprender. El universo, por ahora, sigue siendo más grande que nuestras teorías.