Un Minuto Con Dios - Dr. Rolando D. Aguirre
Rolando D. Aguirre

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- Jacob, ya anciano y casi ciego, pidió que le acercaran a sus dos nietos, Efraín y Manasés. José los llevó pensando que sabía cómo debía darse la bendición: el mayor con la mano derecha, el menor con la izquierda, como marcaba la costumbre. Pero Jacob cruzó los brazos a propósito y puso su mano derecha sobre la cabeza del más joven.
José intentó corregirlo, convencido de que su padre se había equivocado por la edad. No se había equivocado. Sabía exactamente lo que hacía, aunque no pudiera explicarlo del todo. A veces los años no le quitan claridad a una persona mayor; se la dan, aunque ya no la exprese como los más jóvenes esperan.
Este día del Abuelo, conviene recordar que las personas mayores no siempre bendicen con discursos. Bendicen con las manos puestas donde nadie más pensaba ponerlas, con una intuición formada por décadas de haber visto a Dios actuar de maneras que los más jóvenes aún no distinguen.
Si tienes un abuelo o una abuela con vida, no subestimes lo que ya sabe, aunque sus palabras lleguen más despacio que antes.
La Biblia dice en Proverbios 17:6: "Corona de los viejos son los nietos, y la honra de los hijos, sus padres". (RV1960). - Donde antes se alzaban dos torres, hoy hay un memorial: dos piscinas del tamaño exacto de los edificios caídos, con el agua cayendo hacia el centro sin llenarse jamás del todo. Alrededor, una torre nueva se levanta más alta que las anteriores. Tomó trece años reconstruir lo que el fuego destruyó en una mañana.
Hay pérdidas que no se resuelven rápido. La ciudad que vio caer las torres tardó más de una década en decidir qué construir en su lugar, cómo honrar lo perdido sin fingir que no pasó nada. No hubo un plan perfecto desde el primer día, sino años de duelo colectivo antes de que algo nuevo pudiera levantarse con sentido.
Dios trabaja parecido en el corazón de una persona. No apura el duelo, ni exige que el dolor se vuelva fortaleza de inmediato. David, que conoció más de un derrumbe en su propia vida, escribió que Dios está cerca precisamente de los quebrantados, no lejos de ellos esperando a que se recompongan solos.
Si todavía cargas un derrumbe reciente, no te apresures a reconstruir antes de tiempo. Dios ya está trabajando en los cimientos, aunque el terreno todavía se vea como escombro.
La Biblia dice en Salmos 34:18: "Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón; y salva a los contritos de espíritu". (RV1960). - Welles Crowther trabajaba en el piso 104 de la Torre Sur cuando el segundo avión impactó, la mañana del 11 de septiembre de 2001. Tenía formación como bombero voluntario, aunque ese día vestía traje de oficina. Cuando el humo cubrió el piso 78, apareció entre los escombros con el rostro cubierto por un pañuelo rojo y guio a un grupo de sobrevivientes hasta una escalera que nadie más había encontrado.
Los bajó. Y volvió a subir, al menos tres veces, por un edificio que ya se desmoronaba por dentro, hasta que la torre colapsó con él adentro. Durante meses nadie supo su nombre; solo se hablaba del "hombre del pañuelo rojo". Su madre lo identificó casi un año después, al leer un testimonio con ese detalle.
Nadie le pidió que volviera a subir; pudo salir con el primer grupo y nadie lo habría culpado. Pero algo en él —quizás el mismo instinto que lo hizo bombero desde niño— no le permitió irse mientras hubiera alguien más adentro.
El Señor Jesús dijo que no hay amor más grande que dar la vida por los amigos. Crowther nunca conoció a la mayoría de quienes salvó.
La Biblia dice en Juan 15:13: "Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos". (RV1960). - Hay cosas que un abuelo deja sin escribir un solo documento. No aparecen en ningún testamento porque no son propiedades ni cuentas bancarias: la manera de orar antes de comer, una frase repetida tantas veces que ya es de familia, el modo particular de recibir una mala noticia sin desesperarse. Nadie firma nada, y sin embargo se hereda igual, casi sin notarse.
El salmista, ya entrado en años, no pedía a Dios más fuerza para sí, sino tiempo suficiente para anunciar Su poder a la generación siguiente. Sabía que la vejez no era el final de su utilidad, sino quizá su etapa más importante: la de transmitir lo aprendido a punta de años vividos.
En una cultura que a veces aparta a los mayores por considerarlos ya no productivos, algo se pierde con esa distancia, aunque cueste nombrarlo. Los abuelos no siempre enseñan con discursos; enseñan con la forma en que envejecen, con lo que sostienen aun cuando el cuerpo ya no acompaña como antes.
¿Qué heredaste tú sin que nadie te lo explicara? Y más importante: ¿qué estás dejando tú, sin darte cuenta, en quienes te observan?
La Biblia dice en Salmos 71:18: "Y aun hasta la vejez y las canas; oh Dios, no me desampares, hasta que anuncie tu poder a la posteridad". (RV1960). - En 1903, una joven maestra llamada Jovita Idár llegó a un pequeño pueblo del sur de Texas para dar clases a niños México-americanos. Encontró un salón sin materiales suficientes, sin libros, con menos recursos que las escuelas cercanas destinadas a otros estudiantes. Renunció al poco tiempo, no por falta de vocación, sino porque no soportaba enseñar sin poder ofrecer lo necesario.
En vez de resignarse, tomó la pluma. Se unió al periódico de su familia en Laredo y, durante años, escribió sobre la desigualdad educativa, la violencia y la dignidad de su comunidad, en un tiempo en que pocas mujeres firmaban artículos con su propio nombre. No buscaba fama; buscaba que su gente dejara de ser invisible en la prensa que hablaba de ellos sin escucharlos.
La dignidad, muchas veces, no se recibe: se defiende con lo que uno tiene a la mano, sea una pluma, una voz o un puesto de maestra que nadie más quiso ocupar. Dios no necesita que grites para que Él te escuche, pero sí honra a quien se atreve a hablar por los que no pueden hacerlo.
La Biblia dice en Proverbios 31:8: "Abre tu boca por el mudo, en el juicio de todos los desvalidos". (RV1960).
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