Un Minuto Con Dios - Dr. Rolando D. Aguirre
Rolando D. Aguirre

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- En el año 1883, un joven arquitecto llamado Antoni Gaudí asumió la construcción de un templo apenas comenzado en Barcelona conocido como la Sagrada Familia. Cuando le preguntaban por qué avanzaba tan despacio, respondía siempre lo mismo: "Mi cliente no tiene prisa". No hablaba del promotor de la obra, sino de Dios. Desde el principio, Gaudí sabía que jamás vería terminado lo que estaba construyendo.
Finalmente murió en el año 1926, atropellado por un tranvía, habiendo visto completa apenas una fachada. Durante el siglo siguiente, arquitectos que él nunca conoció continuaron el plano piedra sobre piedra, guiados por los bocetos que él dejó. Apenas este año, cien después de su muerte, se terminó la torre central que corona el templo entero.
Gaudí no vivió para ver su obra más grande y aun así trabajó con la misma minuciosidad como si fuera a inaugurarla al día siguiente. Esa es la siembra que Dios honra, la que se entrega por completo a un fruto que otra generación recogerá.
El apóstol Pablo lo dijo de otra forma: unos plantan, otros riegan y es Dios quien da el crecimiento. Ninguna siembra fiel se pierde, aunque el sembrador nunca vea la cosecha entera.
La Biblia dice en Salmos 78:4-6: “No las encubriremos a sus hijos, contando a la generación venidera las alabanzas de Jehová... para que lo sepa la generación venidera”. (RV1960). - Timoteo no llegó a la fe por su cuenta. Pablo se lo recuerda con una frase breve, pero cargada de peso al decirle: la fe que hay en ti habitó primero en tu abuela Loida y en tu madre Eunice. No hay milagro registrado, ni sermón famoso. Solo dos mujeres que, generación tras generación, sostuvieron algo que después le pertenecería a él.
Así funciona casi siempre la herencia espiritual. No por decreto, sino por costumbre, por una Biblia leída en voz alta, por una oración repetida tantas veces que termina habitando también en quien la escucha. Muchos creemos hoy no porque investigamos la fe desde cero, sino porque alguien, antes, decidió no soltarla.
Algo se está sembrando ahora mismo en los que vienen detrás, aunque todavía no se note. Es decir, en un hijo, un sobrino, un nieto los cuales no necesitan un discurso perfecto sobre Dios; necesitan ver una fe sostenida en lo cotidiano y sin adornos. Eso es lo único que de verdad se hereda.
Por lo tanto, da gracias hoy por quien te entregó su fe sin saber cuánto duraría en ti y pregúntate a quién se la estás entregando tú. La Biblia dice en 2 Timoteo 1:5: "Trayendo a la memoria la fe no fingida que hay en ti, la cual habitó primero en tu abuela Loida, y en tu madre Eunice". (RV1960). - El baobab africano puede vivir más de mil años en algunas de las tierras más secas del planeta. Cuando llega la sequía y no cae una gota en meses, el árbol no muere, porque sus raíces almacenaron el agua de las lluvias anteriores y ahora la liberan poco a poco, tronco adentro, hasta que el cielo vuelve a abrirse. Nada de lo que lo sostiene ocurre a la vista.
Septiembre suele llegar cargado de comienzos: de escuela, de rutinas, de propósitos que se renuevan con el cambio de estación. Antes de pensar en lo que se construirá hacia arriba este mes, conviene preguntarnos de qué raíz estamos sosteniéndonos. El Señor Jesús no exigió a Sus discípulos un fruto inmediato. Primero los arraigó en Su presencia, en Su Palabra, en una relación sostenida día tras día. Sin esa raíz, lo demás es fachada.
Este mes hablará de herencia, de identidad, de lo que se recibe de quienes vinieron antes. Pero todo empieza en una pregunta sencilla: ¿de qué agua vives hoy? Si la raíz está firme en Cristo, ninguna sequía tiene la última palabra. La Biblia dice en Colosenses 2:6-7: “Andad en él; arraigados y sobreedificados en él, y confirmados en la fe”. (RV1960). - En el centro exacto de todo huracán existe una región conocida como el ojo, donde los vientos se calman por completo y el cielo puede incluso despejarse, mientras a su alrededor continúan girando las bandas más violentas de la tormenta. Los pilotos que estudian huracanes describen ese lugar como una calma casi inexplicable en medio del caos total.
La presencia de Dios funciona como ese centro inmóvil en medio de la tempestad más intensa. El Señor Jesús ofreció Su paz precisamente en contextos de mayor turbulencia, una paz que no depende de que el viento exterior se detenga, sino de permanecer cerca del centro donde Él habita.
Al cerrar este mes, permite que Dios sea tu centro estable, sin importar cuántas bandas de tormenta sigan girando alrededor de tu vida en este momento.
Firmes en la tormenta, porque Dios es el centro que no se mueve.
La Biblia dice en Salmos 91:1-2: "El que habita al abrigo del Altísimo morará bajo la sombra del Omnipotente. Diré yo a Jehová: Esperanza mía, y castillo mío; mi Dios, en quien confiaré". (RV1960). - En 1945, tras el hundimiento del USS Indianapolis en el océano Pacífico, cientos de tripulantes sobrevivieron varios días a la deriva en aguas infestadas de tiburones, sosteniéndose mutuamente hasta que finalmente fueron localizados por casualidad. Muchos atribuyeron su supervivencia a mantenerse unidos en lugar de dispersarse por el pánico.
Las aguas profundas de la vida rara vez se atraviesan en completa soledad si se elige permanecer cerca de otros creyentes. El Señor Jesús prometió estar presente donde dos o tres se reúnen en Su nombre, ofreciendo una presencia constante incluso en las circunstancias más desesperadas y prolongadas.
Quizá te sientes a la deriva en aguas que parecen no tener fin visible desde donde estás. Mantente cerca de quienes también confían en Dios; la supervivencia rara vez depende de nadar más rápido que los demás, sino de no soltarse jamás de la compañía correcta.
En las aguas profundas, mantente cerca de los tuyos.
La Biblia dice en Juan 16:33: "Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo". (RV1960).
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