La mayoría de las personas no abandona la fe; simplemente la vive sin intención. Se avanza por costumbre, se decide por inercia y se llena la agenda sin preguntarse si el corazón sigue alineado con Dios. Por eso, vivir con intención no es un lujo espiritual, es una necesidad para no perder el rumbo mientras seguimos ocupados.
El Señor Jesús no vivió reaccionando a las circunstancias; caminó con dirección clara. Sabía cuándo avanzar, cuándo detenerse y cuándo decir no. De modo que, la intención no elimina los imprevistos, pero sí ordena las prioridades. Cuando se pierde la intención, se vive cansado; cuando se recupera, se vive enfocado.
Un corazón intencional discierne mejor qué aceptar y qué soltar.
Tal vez sea momento de revisar hábitos, compromisos o ritmos que ya no aportan vida. Con honestidad delante de Dios, vale la pena preguntar qué necesita ser ajustado. Vivir con intención no es rigidez, es fidelidad diaria. Cada decisión pequeña, cuando se toma con conciencia, se convierte en un acto de adoración.
Vive con intención. Dios honra los pasos que se dan con propósito. La Biblia dice en Efesios 5:15–16: “Mirad, pues, con diligencia cómo andéis… aprovechando bien el tiempo”. (RV1960).