En abril de 1970, la misión Apolo 13 sufrió una explosión en pleno trayecto hacia la luna. Lo que debía ser una hazaña se convirtió en una emergencia crítica. A partir de ese momento, la tripulación y el equipo en tierra tuvieron que trabajar de manera coordinada para encontrar soluciones que permitieran su regreso seguro. Cada decisión fue tomada en conjunto. Cada ajuste dependía de la colaboración. Nadie operó de forma aislada.
La vida espiritual pierde fuerza cuando se vive en aislamiento. El Señor Jesús no formó seguidores individuales, sino una comunidad. Después de la resurrección, los discípulos aprendieron a caminar, orar y sostenerse unos a otros.
La fe compartida resiste mejor. La carga, cuando se reparte, se vuelve más ligera. La esperanza, cuando se expresa en comunidad, cobra nueva fuerza. La unidad no significa uniformidad, pero sí compromiso. Requiere gracia, paciencia y disposición para permanecer juntos aun en medio de diferencias.
No descuides la comunión. Muchas veces, Dios fortalece la fe personal a través de otros. La Biblia dice en Hebreos 10:24: “Considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras”. (RV1960).