Un Minuto Con Dios - Dr. Rolando D. Aguirre
Rolando D. Aguirre

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- Entre 1880 y 1930, millones de personas cruzaron el Atlántico hacia América Latina huyendo de guerras, hambre y falta de tierra en Europa. Llegaron a Argentina, a Brasil, a Chile, sin hablar bien el idioma, sin garantías de nada, cargando apenas lo que cabía en un baúl. Muchas familias hispanoamericanas de hoy existen porque un bisabuelo decidió subirse a un barco sin saber qué encontraría del otro lado.
Nadie migra por capricho. Se migra porque quedarse ya no es una opción real, y porque alguien decide, contra toda comodidad, que sus hijos merecen un futuro que la tierra de origen ya no puede ofrecerles. Esa decisión, incierta y casi siempre solitaria, es la raíz invisible de millones de vidas que hoy dan por sentado el lugar donde nacieron.
Abraham hizo lo mismo mucho antes: salió sin saber a dónde iba, confiando en una promesa que no vería cumplida en su propia vida, sino en la de sus descendientes.
La próxima vez que te sientas extranjero en algún lugar, recuerda que alguien en tu propia historia ya cruzó ese mismo mar por ti.
La Biblia dice en Hebreos 11:13: "Conforme a la fe murieron todos éstos sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, y creyéndolo, y saludándolo, y confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra". (RV1960). - Muy pocas veces un agricultor cosecha algo que sembró completamente solo. Antes de que la semilla llegara a su mano, alguien desarrolló esa variedad, alguien más construyó el sistema de riego, otro predijo la lluvia con semanas de anticipación. Lo que se recoge en una cosecha rara vez es obra de una sola persona, aunque solo una reciba el crédito al final.
Israel entendía esto mejor que muchas culturas modernas. La ley mosaica ordenaba dejar los bordes del campo sin cosechar, para que los pobres y los extranjeros pudieran recoger algo también. No era caridad opcional; era parte del diseño de la cosecha misma. Nadie tenía derecho a quedarse con el cien por ciento de lo que la tierra producía, porque la tierra, en primer lugar, no le pertenecía del todo.
Esa misma lógica aplica a lo que cosechas hoy en tu vida: una carrera, una familia, una fe madura. Ninguna de esas cosechas creció aislada de las manos de otros que sembraron antes de que tú llegaras.
Da gracias hoy no solo por lo que tienes, sino por todos los que ayudaron, sin que lo supieras, a que llegara hasta ti.
La Biblia dice en Deuteronomio 8:10: "Y comerás y te saciarás, y bendecirás a Jehová tu Dios por la buena tierra que te habrá dado". (RV1960). - En 1944, un agrónomo estadounidense llamado Norman Borlaug llegó a México para trabajar en algo que sonaba modesto: mejorar la producción de trigo de un país que llevaba años importando gran parte de su alimento. Pasó más de una década cruzando variedades, probando semillas, fracasando y volviendo a intentar en los campos áridos del centro del país.
En 1956, México dejó de importar trigo. Se había vuelto autosuficiente gracias a una nueva variedad, más resistente y de mayor rendimiento, que Borlaug desarrolló casi grano por grano. Ese mismo método, llevado después a India y Pakistán, ayudó a evitar hambrunas que amenazaban a millones de personas. En 1970 recibió el Premio Nobel de la Paz, no por firmar ningún tratado, sino por alimentar a quienes ningún tratado alcanzaba a proteger.
Nadie hace un titular de un agrónomo cruzando semillas en un campo mexicano durante doce años. Pero ese trabajo paciente terminó salvando, según cálculos posteriores, cientos de millones de vidas.
El Señor Jesús multiplicó panes para una multitud hambrienta en un instante. Dios también multiplica el pan a través de años de trabajo constante que nadie aplaude mientras ocurre.
La Biblia dice en 2 Corintios 9:10: "Y el que da semilla al que siembra, y pan al que come, proveerá y multiplicará vuestra sementera". (RV1960). - Hoy, en el hemisferio norte, el día y la noche duran casi lo mismo. Es el equinoccio de septiembre, el punto exacto en que la Tierra deja de inclinarse hacia el verano y empieza a inclinarse hacia el invierno. Nadie tuvo que anunciarlo ni pedir permiso. Simplemente ocurre con precisión, desde antes de que existiera un calendario para nombrarlo.
Génesis registra una promesa que Dios hizo tras el diluvio, cuando la tierra entera parecía haber perdido su orden. Es decir, mientras la tierra permanezca, habrá siembra y siega, frío y calor, verano e invierno, día y noche y nada de eso cesará. No fue una promesa para consolar solo a Noé; fue una declaración sobre cómo Dios sostiene el mundo entero, estación tras estación, sin que nadie tenga que vigilar que el sistema no falle.
Miles de años después, el equinoccio llega justo cuando debe. Ninguna guerra, ninguna crisis, ha logrado nunca romper ese ritmo. Así que, si Dios cumple con esa exactitud una promesa hecha a la creación entera, no hay razón para dudar de que cumplirá también las que te hizo a ti.
La Biblia dice en Génesis 8:22: "Mientras la tierra permanezca, no cesarán la sementera y la siega, el frío y el calor, el verano y el invierno, y el día y la noche". (RV1960). - Hoy, en el hemisferio norte, el día y la noche duran casi lo mismo. Es el equinoccio de septiembre, el punto exacto en que la Tierra deja de inclinarse hacia el verano y empieza a inclinarse hacia el invierno. Nadie tuvo que anunciarlo ni pedir permiso. Simplemente ocurre con precisión, desde antes de que existiera un calendario para nombrarlo.
Génesis registra una promesa que Dios hizo tras el diluvio, cuando la tierra entera parecía haber perdido su orden. Es decir, mientras la tierra permanezca, habrá siembra y siega, frío y calor, verano e invierno, día y noche y nada de eso cesará. No fue una promesa para consolar solo a Noé; fue una declaración sobre cómo Dios sostiene el mundo entero, estación tras estación, sin que nadie tenga que vigilar que el sistema no falle.
Miles de años después, el equinoccio llega justo cuando debe. Ninguna guerra, ninguna crisis, ha logrado nunca romper ese ritmo. Así que, si Dios cumple con esa exactitud una promesa hecha a la creación entera, no hay razón para dudar de que cumplirá también las que te hizo a ti.
La Biblia dice en Génesis 8:22: "Mientras la tierra permanezca, no cesarán la sementera y la siega, el frío y el calor, el verano y el invierno, y el día y la noche". (RV1960).
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