Jesús, al conversar con su Padre la noche del Jueves Santo, le pide por nosotros diciéndole: “No te pido que los saques del mundo, sino que los preserves del mal. Ellos no son del mundo”. Estamos en el mundo, pero no somos del mundo. Tenemos conciencia de no tener aquí nuestra ciudad permanente. Esto nos plantea la necesidad de ser coherentes: usa las cosas del mundo, pero sin perder la mirada en la eternidad. Tener a flor de piel las cosas esenciales.