10 Junio
I Reyes 18, 20-39: “Que todo el pueblo sepa que tú, Señor, eres del Dios
verdadero, puedes cambiar sus corazones”
Salmo 15: “Protégeme, Dios mío, pues eres mi refugio”
San Mateo 5, 17-19: “No he venido a abolir la ley, sino a darle plenitud”
Quienes viven en contacto con la naturaleza tienen una forma especial de
sentir y expresar las realidades. Viendo las lluvias torrenciales que en algunos
sitios sucedieron, me comentaban que las lluvias pueden ser para la tierra
como una persona lo es para las otras personas. Hay quienes llegan como una
tormenta, tienen gran fuerza, traen mucha agua y mucho viento, pero todo
descontrolado. Esa agua acaba siendo destrucción a pesar de tener tanta
riqueza. Así hay personas que tienen muchas cualidades, mucha fuerza y
mucha riqueza, pero acaban destruyendo y aniquilando al otro. No le dan
oportunidad de ser, de enriquecerse, lo desprecian y lo anulan. Otras, por el
contrario, son como esas aguas ausentes que nunca llegan. Se tardan y se
hace eterna la espera. Un día y otro día con mucha ansiedad y no se da el
encuentro. Y las tierras quedan áridas, resecas, inútiles. Así pasa con las
personas, no se da el encuentro, nunca llegan al corazón del otro, no se
acercan, no fertilizan, viven indiferentes frente a los demás y no pueden
producir frutos. En cambio, hay lluvias y personas, que son una bendición. Esa
lluvia que llega abundante pero no amenazante, que cala hondo, que fecunda
el interior, que lentamente va invadiendo sin destruir. Esas son las lluvias
mejores, las que dan el tiempo para sembrar, para cultivar, para que el sol
caliente. Así también hay personas que calan hondo, que se meten poco a
poco pero profundo, que respetan tiempos, costumbres y situaciones, pero son
fecundas, que hacen crecer, que enriquecen. Hoy Jesús nos dice que Él
también es así: no viene a destruir sino a dar vida; no viene a condenar, sino a
dar la oportunidad de conversión; no viene a criticar o quitar leyes, sino a darles
vida. Señor Jesús, que sea yo capaz de comprender que tú eres la verdadera
lluvia que necesito para tener vida. Que abra mi corazón para que penetre tu
palabra, tu luz y tu vida. Señor Jesús, que también yo aprenda a ser lluvia
fecunda, no tormenta destructora o sequía aniquiladora. Señor Jesús, que sepa
yo dar vida.