30 Junio
Los Primeros Santos Mártires de la Iglesia Romana
Amós 3, 1-8; 4, 11-12: “El Señor ha hablado, ¿quién no profetizará?
Salmo 5: “Enséñame, Señor, tu santidad”
San Mateo 8, 23-27: “Dio una orden terminante a los vientos y al mar, y
sobrevino una gran calma”
¿Nos ha acontecido alguna vez que le hemos gritado al Señor y le hemos
preguntado dónde se esconde pues solamente vemos tempestades y
oscuridad? ¿Hemos tenido la tentación de pensar que el Señor está dormido y
no hace caso a los graves peligros que amenazan a sus seguidores? Es
curioso. Apenas ha manifestado a quienes pretenden seguirlo todos los riesgos
que implica el ir tras sus pasos, cuando aparecen las tempestades. Y lo más
triste es que Jesús estaba dormido. La tranquilidad que manifiesta Jesús en la
narración contrasta con los azotes que recibe la barca y con los temores que
agobian a sus discípulos. Me parece que la tempestad del evangelio tiene un
simbolismo muy cercano en nuestros días por las situaciones que amenazan a
los discípulos de Jesús, a tal grado que muchos se preguntan si todavía sigue
en la barca Jesús, si está dormido o si será mejor abandonar también la
empresa. Dos actitudes muy bellas se nos ofrecen como respuesta.
Primeramente, la oración angustiosa, elevada, gritada, por sus discípulos.
Parecería inútil gritar a quien está junto a ellos en el mismo peligro, sin
embargo, es la señal de ponerse en sus manos: “Sálvanos, que perecemos”.
Es reconocer la impotencia y la debilidad frente a las tormentas y confiarse al
poder y al amor de Jesús. El pesimismo, la negatividad y el fatalismo son
tentaciones de quien no se ha dado cuenta de que Jesús camina a su lado.
Sólo cuando se reconoce la propia inutilidad se está en posibilidades de
abandonarse en manos de Dios. La respuesta por parte de Jesús es también
una respuesta a las angustias y a las dificultades presentes: ¿por qué tienen
miedo, hombres de poca fe? Son las dos características del hombre actual: el
miedo y la falta de fe. ¿Una, consecuencia de la otra? ¿Una primero que la
otra? Son las realidades que, al hombre moderno que tanto se ufana de sus
seguridades, más le atormentan. Miedo al futuro, miedo a los peligros, miedo a
los otros, miedo al sufrimiento. Y quizás en la raíz de todos estos miedos esté
la falta de fe. De una verdadera fe que es entrega y compromiso, que es
donación plena de la vida, y seguridad en quien hemos confiado. Que este día
también nosotros estemos dispuestos a afrontar las tempestades no confiados
en nuestras propias fuerzas ni con nuestros propios métodos, sino confiando
en el amor y la cercanía de Jesús.