Dios no necesita un pueblo. Pero eligió tener uno.
Todo ser humano carga con los mismos deseos profundos: ser alguien importante, hacer algo que valga la pena, pertenecer a algo más grande, y que la vida no termine en la nada.
El Evangelio responde a cada uno de esos deseos. En este episodio hablamos de por qué Dios decidió abrirse hacia afuera, compartir su gloria y construir una familia. Desde Adán y Eva hasta la Iglesia, la historia bíblica es la historia de un Dios que quiere estar con su pueblo, que remueve todo obstáculo para lograrlo, y que no va a detenerse hasta que esa convivencia sea perfecta y eterna.
Hablamos de lo que significa ser parte de la familia del Padre, prepararse como esposa para el Hijo y vivir como templo del Espíritu Santo. Como realidades que deberían transformar cómo vivimos hoy. Porque fuimos hechos para convivir.
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