SÁBADO DE TARDE, 07 DE FEBRERO
UNA CIUDADANÍA CELESTIAL
La obediencia a las leyes de Dios desarrolla en el hombre un carácter hermoso que está en armonía con todo lo puro, lo santo, y lo incontaminado. En la vida de tales hombres se revela el evangelio de Cristo. Al aceptar la misericordia de Cristo y su sanamiento del poder del pecado, el hombre queda en correcta relación con Dios. Su vida, purificada de la vanidad y el egoísmo, se llena del amor del Padre. Su diaria obediencia a la ley del Señor le brinda un carácter que le asegura la vida eterna en el reino de Dios. En su vida terrenal el Salvador nos da ejemplo de la vida santificada que podemos poseer si dedicamos nuestros días a hacer el bien a las almas que necesitan nuestra ayuda. Es nuestro privilegio brindar alegría a los sufrientes, luz a los que están en tinieblas, y vida a los que perecen. El mensaje del Señor nos llega con estas palabras: "¿Por qué permanecéis todo el día ociosos? Trabajad mientras es de día; porque la noche viene cuando nadie puede obrar". Cada palabra que hablemos, cada acto que realicemos, que propenda a la felicidad de los demás, propenderá a la nuestra también, y hará que nuestra vida sea semejante a la de Cristo. Nuestras diarias tareas debieran ser aceptadas con alegría y realizadas alegremente también. Nuestro deber más importante consiste en revelar mediante nuestras palabras y nuestro comportamiento una vida que manifieste los atributos del cielo. Se nos da la Palabra de vida para que la estudiemos y la practiquemos. Nuestros actos debieran estar en estricta conformidad con las leyes del reino de los cielos. Entonces el cielo podrá aprobar nuestra obra; y los talentos que empleemos en su servicio se multiplicarán para que seamos más útiles todavía. La vida consagrada alumbrará en medio de las tinieblas morales del mundo, guiando a las almas que perecen hacia la verdad de la Palabra... En su Dádiva al mundo, el Señor ha revelado cuán solícito es en que llevemos en nuestras vidas las marcas de nuestra ciudadanía celestial, dejando que cada rayo de luz que hemos recibido brille en buenas obras para nuestros semejantes (Sons and Daughters of God, p. 42; parcialmente en Hijos e hijas de Dios, 5 de febrero, p. 44). Que cada uno de nosotros considere personalmente lo que está anotado en los libros del cielo acerca de su vida y carácter, y acerca de nuestra actitud hacia Dios. ¿Ha ido en aumento nuestro amor a Dios durante este año que pasa? Si en realidad Cristo mora en nuestros corazones, amaremos a Dios, nos deleitaremos en obedecer sus mandamientos, y nuestro amor se profundizará y fortalecerá continuamente. Si representamos a Cristo ante el mundo, la pureza se manifestará en nuestro corazón, en nuestra vida y en nuestro carácter; nuestras conversaciones serán santas; y no se revelará ningún engaño en nuestros corazones ni en nuestros labios. Examinemos nuestra vida pasada y veamos si hemos dado evidencia de nuestro amor al Señor Jesús al esforzarnos por asemejarnos a él, al trabajar como él lo hizo, con el fin de salvar a aquellos por quienes murió. El registro bíblico declara que Jesús no se avergüenza de llamar hermanos a sus discípulos fervorosos y sacrificados: tanto se habían identificado con él y manifestado su Espíritu. Mediante sus obras testificaban constantemente que este mundo no era su hogar; su ciudadanía estaba en lo alto; buscaban una patria mejor, la celestial. Su conversación y sus afectos estaban enfocados en las cosas del cielo. Estaban en el mundo, pero no eran del mundo; tanto en espíritu como en práctica estaban separados de sus intereses y costumbres. Su ejemplo cotidiano daba testimonio de que vivían para la gloria de Dios. Su interés más elevado, como el de su Maestro, consistía en la salvación de las almas. Este era el propósito de sus trabajos y sacrificios, y ni siquiera consideraban sus propias vidas demasiado caras.