A veces intentamos correr para escapar del destino, cambiando de rumbo como si pudiéramos engañar al viento. Pero hay tormentas que no están en el mapa, sino en el espejo. No importa qué tan rápido huyas, el polvo te sigue porque nace de tus propios pasos. Ese momento inevitable en el que dejas de correr y decides, por fin, atravesar tu propia arena. Porque al salir de ella, ya no serás la misma persona que entró.
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