La Virgen nos recuerda que la oración y el ayuno preparan nuestro corazón como una tierra labrada, abierta a la gracia de Dios. Somos libres de elegir el bien o el mal, y por eso ella nos invita a orar, ayunar y sembrar alegría. Cuando permitimos que Dios trabaje nuestra tierra interior, crecen frutos de paz, alegría y amor que otros pueden recibir a través de nuestra vida.