La confesión no es un trámite ni una “tintorería”, sino un encuentro real con la misericordia que sana heridas.
No necesitamos esperar a “estar muertos” para enfrentar la verdad de nuestra vida: Cristo nos ofrece hoy el perdón.
Como el pueblo que subía a Jerusalén para purificarse, también nosotros estamos llamados a volver a Dios con sinceridad.