La vergüenza y el pecado han dejado huellas en nuestros cuerpos, pero en Cristo hay salida: “¿Quién me librará de este cuerpo…? Gracias a Dios por Jesucristo” (Ro 7:21–25). Por eso, no dejen que el pecado reine en su cuerpo ni ofrezcan sus miembros al mal, sino como instrumentos de justicia (Ro 6:12–13). El camino es andar en el Espíritu para no satisfacer la carne (Gá 5:16–17) y honrar a Dios porque el cuerpo es templo del Espíritu Santo (1 Co 6:19–20); preséntenlo como sacrificio vivo (Ro 12:1).
Hoy: 1) Arrepiéntete en concreto: nómbralo y no lo encubras (Pr 28:13). 2) Haz un plan de consagración de tus miembros (ojos, oídos, boca, manos, vientre—contra “cuyo dios es el vientre”, Fil 3:19). 3) Aplica la pregunta filtro: “¿Esto glorifica a Dios con mi cuerpo?” (1 Co 10:31). 4) Practica ayuno/templanza esta semana y ordena hábitos. 5) Si hace falta, restituye/pon límites y busca apoyo. Fuiste hecho a imagen de Dios: usa tu cuerpo para amar, servir y adorar.