“Dile sí a los tratos de Dios” nos recuerda que el destino espiritual de una persona no se alcanza solo por creer, sino por responder con rendición a la manera en que Dios trata con nuestra vida.
La fe cristiana no es únicamente un sistema de creencias heredadas, sino una relación viva y activa con un Dios personal, que habla, guía, corrige, afirma y forma nuestro carácter. Dios no es una idea abstracta; es una presencia real que actúa en nosotros a través de Su Palabra y Su Espíritu.
A lo largo de la vida, Dios nos pide enfocarnos en ciertas áreas, nos invita a cultivar actitudes, y en ocasiones incluso nos dice “no”, cerrando puertas que deseábamos cruzar. Esos momentos no son rechazo, sino dirección amorosa. Rendirse a esos tratos es la clave para caminar con Dios y llegar al llamado que Él ha preparado.
La vida espiritual madura cuando aprendemos a responder correctamente a las circunstancias cotidianas. No todo lo que enfrentamos es una prueba enviada por Dios o un ataque espiritual; muchas veces es simplemente la vida. Pero la manera en que respondemos —eligiendo el perdón, la obediencia, la humildad y el amor— profundiza nuestra comunión con Él.
La historia de José es un ejemplo poderoso. Traicionado por sus hermanos, acusado injustamente y olvidado en prisión, José decidió honrar a Dios en cada etapa. Los nombres que dio a sus hijos revelan su proceso interior: Manasés, dejar ir el dolor; Efraín, dar fruto aun en la tierra de aflicción. Detrás de todo, José reconoció que fue Dios quien transformó su historia.
La Escritura compara nuestra relación con Dios a la del alfarero y el barro. Los tratos soberanos de Dios buscan un corazón dócil y maleable. Antes de ser moldeados en Sus manos, debemos estar rendidos a Sus pies. Eso es adoración: un lugar donde Dios forma nuestro carácter, elimina impurezas y nos prepara para Su propósito.
Este mensaje nos invita a decir sí a los procesos de Dios, a humillarnos bajo Su poderosa mano y a confiar en que, a Su debido tiempo, Él nos levantará. La verdadera vida cristiana florece cuando aprendemos a rendirnos y respondemos a Dios cada vez que Él trata con nosotros.