Antes de empezar, hoy es mi cumple 🥳🥳🥳
Esta semana hemos visto a un ministro de Singapur publicar código mientras España busca talento, a Barcelona tratar la IA como política pública y no como escaparate, a Lakshminarayan recordarnos que la meritocracia también puede ser una frontera, y a la diplomacia tech sentar a CEOs y presidentes en la misma mesa como si el mundo fuera una junta de accionistas; también he leído sobre gobiernos que meten alucinaciones de IA en documentos oficiales, grandes tecnológicas redactando su propia Constitución de la IA, Fitbit entrando en la salud por la muñeca, Sam Altman descubriendo que la renta básica está bien como propuesta pero no como solución, trabajadores quemados por supervisar agentes y Palantir acercándose al corazón de los datos del NHS porque el papeleo molesta. En conjunto, la semana va de esto: la IA ya no automatiza tareas, redistribuye autoridad, y la pregunta empieza a ser menos qué puede hacer la tecnología y más quién controla el criterio, el dato y la factura.
Puedes leerlo todo a continuación y, si te interesa, compartirlo o comentar (aunque un like también me vale 😅)
De cosecha propia
La transparencia era esto
Singapur no ha dado una rueda de prensa sobre IA responsable. Ha hecho algo bastante más incómodo para todos los demás. Un ministro ha usado una herramienta propia, la ha convertido en parte de su trabajo y ha publicado el código. La transparencia aquí no es un principio decorativo, es una práctica que se puede mirar, copiar y discutir.
España aparece en la otra escena, buscando talento para entender una transformación que ya gobierna procesos, datos y decisiones. Y claro, está bien fichar. Pero la ironía es evidente. Singapur enseña cómo opera su IA mientras nosotros seguimos preparando el casting. La cuestión no es técnica, es de poder institucional. Quien no sabe construir acaba comprando criterio. Y en IA pública eso significa depender de otros para decidir cómo recordamos, clasificamos y actuamos.
Barcelona piensa la IA mientras otros la presumen
Resulta casi impensable que en 2026 todavía haya que explicar que la inteligencia artificial en lo público es una cuestión de gobernanza, no de catálogo tecnológico. Pero ahí estamos. Y mientras media España publica notas de prensa con ChatGPT en el titular, Barcelona lleva desde 2020 cocinando estrategia, protocolo, consejo asesor y ahora 9,4 millones con calendario real. Un presupuesto pensado para gastarse de verdad y no para decorar un PDF institucional.
Lo más trasladable de la entrevista con Emili Rubió son sus declaraciones sobre que vieron que el personal municipal usaba Copilot o GPT en casa y aun así no entendía qué es la IA cuando se utiliza para diseñar un servicio. De ahí los planes de formación y gobernanza. Esto vale para cualquier organización que confunde tener la app con tener la cultura. Y luego está la soberanía honesta, ni tecnofeudalismo resignado ni autarquía ingenua. Eso sí, mientras Barcelona piensa, otros seguirán comprando licencias y llamándolo transformación.
Cuando la meritocracia se convierte en frontera
Lakshminarayan no inventa una distopía, lleva al límite lo que ya intuimos. Apex City divide a sus habitantes entre Virtuals y Analogs, y la frontera no la marca un apellido ni un decreto, la marca una puntuación. Y es que ahí está el truco, la meritocracia parece justa porque parece medida, pero tengamos en cuenta que quien diseña el panel de control diseña también el campo de juego.
El caso es que la novela muestra con claridad a donde va la cultura empresarial, donde cada indicador esconde una teoría sobre lo que importa. Si solo medimos productividad, el duelo, la enfermedad o el aprendizaje lento se vuelven sospechosos. La gran advertencia no es que las máquinas nos gobiernen, sino que aceptemos sistemas injustos porque nos hablan en el idioma de la eficiencia.
Cuando el avión presidencial se parece a una junta de accionistas
Resulta que la diplomacia del siglo XXI viaja en el mismo charter que los CEO de Nvidia, Apple, Tesla, Boeing y BlackRock, y a nadie le parece raro. Sentar a Huang junto a Trump y Xi no es protocolo, es admitir que el Estado ya no tiene capacidad técnica para negociar lo que negocia. La fotografía oficial necesita asesores que entiendan qué demonios es un imán de neodimio.
Y aquí viene la parte que conviene mirar de frente para quienes hablan de soberanía digital con la boca llena. Washington aprieta con chips, Pekín responde con tierras raras, y Europa mira el partido desde la grada con entradas de pie. Vigo, Pamplona y Martorell descubrirán pronto que su autonomía estratégica depende de un refinado que ocurre a nueve mil kilómetros. La diplomacia tech no es un formato nuevo, es la vieja diplomacia confesando por fin quién manda.
Noticias
La IA también inventa expedientes
La escena tiene algo de comedia administrativa si no fuera porque hablamos de gobiernos. Sudáfrica retiró una política nacional de IA por incluir fuentes falsas, la Casa Blanca habló de errores de formato, Deloitte corrigió informes en Australia y Canadá, y ENISA tuvo que admitir referencias inventadas. La máquina no firmó nada, pero alguien decidió que aquello podía pasar a documento oficial.
El problema no es que la IA se equivoque. Eso ya lo sabíamos. La cuestión es que las instituciones están delegando la capa de verdad sin controles básicos. En política pública, una cita falsa no es una errata elegante. Es una grieta en la confianza. Automatizar sin verificar convierte la eficiencia en coartada y deja una pregunta incómoda sobre la mesa. Si nadie revisa, ¿quién gobierna realmente el documento?
👉🏻 Five times AI hallucinations embarrassed governments
La constitución de los que ya mandan
Que Apple, Google, Microsoft y compañía quieran redactar una especie de Constitución de la IA suena tranquilizador hasta que uno recuerda un detalle menor. Las constituciones suelen hacerlas los pueblos, no los proveedores de infraestructura que después las venderán como estándar de facto. La autorregulación queda muy bien en los comunicados porque evita algo tan incómodo como la deliberación pública.
El problema no es que haya compromisos de seguridad. El problema es quién se sienta en la mesa y quién mira desde fuera. Quedan fuera las empresas pequeñas, que tendrán que adaptarse a reglas diseñadas por sus competidores. Quedan fuera muchas administraciones, llamadas luego a aplicar lo que no negociaron. Y, por supuesto, quedan fuera las personas usuarias, que otra vez serán protegidas sin haber sido escuchadas.
👉🏻 Big Tech’s Truce , Apple, Google, and Microsoft Jointly Draft an “AI Constitution”
IA en tu muñeca, prima de salud a medida
Fitbit deja de ser el reloj que cuenta pasos y pasa a ser la antesala de Google Health. En el artículo, Google promete un entrenador con Gemini capaz de leer sueño, ejercicio, nutrición, ciclo, bienestar mental y hasta registros médicos. Muy práctico, claro. También muy oportuno para recordar que cuando la salud se convierte en panel de control, el dato deja de ser neutro.
La pregunta no es si queremos una app que nos diga por qué dormimos mal. La pregunta es cuánto tardaremos en ver a una mutua sugerir, con esa elegancia contractual tan suya, que conectar un Fitbit ayuda a ajustar la cuota. Primero será comodidad. Luego incentivo. Después precio personalizado según obediencia biométrica. Google entra en el cuerpo por la muñeca y el mercado ya irá encontrando la puerta de facturación.
👉🏻 Fitbit becomes Google Health
Comunismo con cap table
Sam Altman ha hecho una pirueta ideológica bastante propia de Silicon Valley. Después de financiar un gran experimento sobre renta básica, ahora dice que la idea es útil, pero insuficiente para la fase que viene con la IA. Traducido al cristiano tecnológico dar dinero ayuda, pero no cambia quién posee la máquina.
Lo interesante no es si Altman se ha vuelto comunista. Spoiler razonable, no parece. Lo interesante es que empieza a hablar de propiedad colectiva justo cuando la IA concentra valor, datos y poder en muy pocas manos. La renta básica calma el síntoma. La propiedad toca el reparto. Y ahí aparece la pregunta que el capitalismo de plataforma preferiría esquivar colectivo para todos o colectivo para quienes puedan entrar en el club. Porque una cosa es compartir prosperidad y otra repartir participaciones cuando el ascensor ya ha subido.
👉🏻 Sam Altman Put $14M Into Studying Universal Basic Income. Now Says It’s Useful, But Not ‘What We’re Really Going To Need For This Next Phase’
El cuello de botella ahora eres tú
Boston Consulting Group ha puesto número a algo que sospechábamos mientras orquestábamos cuatro agentes a la vez. Catorce por ciento de los trabajadores con IA reportan brain fry, un 39% más de errores y un 39% más de ganas de irse. Y el predictor más fuerte no es cuántas herramientas usas, sino cuánto tienes que supervisarlas. O sea, cuanto más delegas, más cerebro gastas vigilando.
Aquí está el truco político de la historia. La industria vende escala infinita, monta diez instancias con dos clics, mientras tu memoria de trabajo sigue siendo la del Pleistoceno. El coste cognitivo lo absorbe el trabajador, pero la métrica de productividad la sigue cobrando la empresa. Y eso sí, no somos pulpos. Por mucho que el siguiente modelo prometa multiplicar capacidad, la biología no se actualiza con un release. El cuello de botella, sencillamente, eres tú.
Cuando el papeleo molesta más que la soberanía sanitaria
Resulta que pedir permiso caso a caso para acceder a datos sanitarios identificables era, según el propio briefing interno del NHS, demasiado incómodo. La solución es elegante. Convertir a empleados de Palantir y consultoras varias en administradores con acceso ilimitado al repositorio nacional de pacientes británicos. Lo de pseudonimizar después ya tal.
Y aquí está el detalle político que nadie quiere subrayar. Hablamos de una empresa con contrato de 330 millones de libras, vínculos públicos con ICE y un historial que no necesita presentación. El propio documento reconoce el riesgo de perder la confianza pública, pero recomienda como gran salvaguarda poner un tope al número de administradores externos. Tranquilizador. La soberanía sanitaria se rinde por ahorrar formularios y la pregunta de fondo es quién decide qué se hace con los datos de millones de personas cuando el supuesto responsable del tratamiento actúa como invitado en su propia casa.
👉🏻 Palantir to be granted ‘unlimited access’ to NHS patient data
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