Durante décadas, la palabra ovni ha vivido en una zona extraña de nuestra cultura. Ha sido chiste, miedo, religión moderna, conspiración, expediente militar, obsesión de madrugada y, de vez en cuando, noticia seria. Ha servido para imaginar platillos volantes sobre desiertos, luces imposibles sobre portaaviones, cuerpos ocultos en hangares secretos, pactos entre gobiernos y visitantes de otros mundos. Pero también ha servido para nombrar algo mucho más humilde y, quizá por eso, más perturbador: objetos o fenómenos que los sensores, los pilotos o los analistas no han podido explicar todavía.
Ahora, esa zona gris acaba de recibir una nueva sacudida. En las últimas horas, el Pentágono ha empezado a publicar una nueva tanda de archivos desclasificados sobre fenómenos anómalos no identificados, conocidos oficialmente como UAP por sus siglas en inglés, o FANI en español. La palabra ovni sigue siendo la más popular, pero el lenguaje oficial ha cambiado porque el fenómeno ya no se limita a “objetos voladores”. Puede incluir luces, firmas térmicas, ecos de radar, formas fugaces en imágenes infrarrojas, fenómenos atmosféricos, drones, globos, basura espacial, errores de sensor o, en el extremo más especulativo, algo que todavía no sabemos nombrar.