En esta Carta IX, Séneca aclara una de las afirmaciones más citadas —y peor entendidas— del estoicismo: “el sabio se contenta consigo mismo”. Lejos de justificar el aislamiento o la frialdad emocional, Séneca explica que la autosuficiencia del sabio no consiste en rechazar a los demás, sino en no hacer depender su felicidad de aquello que puede perderse.
A lo largo de la carta, se distingue con precisión entre amistad y conveniencia. El sabio quiere tener amigos, no porque los necesite para sostenerse, sino porque la amistad es una virtud que se practica dando, no asegurándose apoyos. Las amistades fundadas en el interés propio duran lo que dura la utilidad; las auténticas resisten la prueba de la adversidad.
Séneca también matiza el concepto estoico de apatheia: el sabio siente el dolor, pero no se deja destruir por él. Puede perder bienes, salud o compañía sin perder lo esencial: su criterio, su dignidad y su equilibrio interior.
Esta carta interpela directamente al presente: en una época donde los vínculos se confunden con redes de apoyo, contactos o beneficios mutuos, Séneca recuerda que la verdadera amistad no se busca para recibir, sino para compartir la vida, incluso cuando cuesta.
Un episodio sobre la madurez emocional, la independencia interior y la diferencia entre necesitar a alguien… y elegirlo.