La Palabra de Dios es clara: no fuimos creados para vivir aislados. Aunque muchos reducen “no dejar de congregarse” a simplemente asistir a un servicio dominical, el llamado bíblico va mucho más allá. Somos miembros de un mismo Cuerpo, unidos bajo una sola Cabeza que es Cristo, y nuestras decisiones, luchas, avances y tropiezos impactan a otros, incluso con alcance eterno.
En este episodio hablamos del peligro del aislamiento disfrazado de comodidad espiritual, de cómo la carne busca encerrarse en su zona de confort, y de cómo el Señor usa relaciones reales para animarnos, confrontarnos y ensanchar nuestra vida. La vida de Cristo en nosotros no se estanca, se expande. Y en ese proceso, Dios forma humildad y amor en medio de relaciones que nos retan, nos bendicen y nos transforman.