¿A qué huele hoy tu vida delante de Dios?
La Biblia dice que María derramó un perfume tan puro y tan costoso que toda la casa se llenó de su fragancia. No fue un gesto impulsivo, fue una entrega total. Ese perfume representaba lo mejor que tenía, guardado con cuidado, protegido… pero destinado a ser derramado a los pies de Jesús.
Dios también ha puesto un perfume dentro de nosotros: dones, fe, amor, adoración, carácter, tiempo y obediencia. Es valioso, profundo y real. Pero así como el nardo, es frágil. Una sola “mosca” —una palabra mal dicha, una decisión incorrecta, una actitud no rendida— puede contaminar la fragancia. No porque el perfume no sea bueno, sino porque no fue cuidado.
El frasco de alabastro habla de nosotros. Hermoso por fuera, valioso, pero inútil mientras permanezca cerrado. Para que el perfume salga, algo tiene que romperse: el orgullo, las excusas, el miedo, el control, las heridas guardadas. Romper el frasco duele… pero llena la casa.
Lo valioso siempre cuesta. Amar cuesta. Perdonar cuesta. Adorar de verdad cuesta. Pero aquello que se entrega sin reservas conmueve el corazón de Dios y deja una huella eterna.