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- Dios es el único que puede dar vida, y Jesús es el reflejo perfecto del Padre. Todo lo que Él hace está en completa unidad con la voluntad de Dios. Su juicio es justo y perfecto porque no busca su propia voluntad, sino la del Padre.
Muchas veces, las crisis nos llevan a tomar decisiones importantes. Pero cuando buscamos verdaderamente a Jesús, dejamos de vivir para nuestros propios intereses y comenzamos a buscar la voluntad de Dios y el bien de los demás.
En este pasaje, Jesús presenta testimonios que confirman quién es Él: Juan el Bautista, sus propias obras, el testimonio del Padre y las Escrituras.
Juan fue una antorcha que ardía y alumbraba, un hombre que tenía clara su identidad y su propósito. De la misma manera, nosotros estamos llamados a ser luces que ardan por Dios y señalen a otros hacia Jesús.
Jesús confronta a quienes conocían las Escrituras, pero no podían reconocerlo. Habían estudiado la Palabra, pero no querían acercarse a Aquel de quien hablaba.
Podemos conocer mucho de la Biblia y aun así no tener una relación verdadera con Jesús. La vida eterna no está simplemente en acumular conocimiento, sino en venir a Cristo y creer en Él.
El problema no es que Jesús no esté dispuesto a recibirnos, sino que muchas veces nosotros no queremos ir a Él. La mesa está servida, pero necesitamos tomar la decisión de acercarnos.
Dios conoce nuestro corazón y sabe cuánto lo amamos. A veces hemos puesto otras cosas en el lugar que solo le corresponde a Él. El amor no se sostiene únicamente en emociones o experiencias pasajeras; también se expresa en decisiones y obediencia.
Si amas a Dios, comienza a vivir de una manera que refleje ese amor.
Muchas veces dejamos de avanzar en nuestra relación con Dios porque nos preocupa más la opinión y el reconocimiento de las personas que agradarle a Él.
Hoy Jesús nos invita a dar el siguiente paso: dejar de buscar nuestra propia gloria, rendir nuestra voluntad y acercarnos verdaderamente a Él.
No basta con escuchar acerca de Jesús, necesitamos reconocerlo, creer en Él y vivir para Él.
¿Estás escuchando la Palabra, pero sin ver realmente a Jesús? ¿Qué está ocupando en tu corazón el lugar que solo le corresponde a Dios?
Jesús es la vida. No te quedes solo con el conocimiento de Él; acércate, conócelo y permite que transforme tu corazón. - Cuando nuestros problemas parecen enormes, muchas veces es porque hemos dejado de mirar la grandeza de Dios.
Hay momentos en los que las circunstancias nos abruman, nos sentimos pequeños y olvidamos quién es Aquel que está con nosotros. Pero Dios nos invita a levantar la mirada, recordar su fidelidad y descansar en Él.
En Isaías 50 vemos una profecía del sufrimiento de Jesús, cumplida siglos después. Desde el principio, Dios tenía un plan de salvación para nosotros. Jesús vino a rescatarnos, no por nuestros méritos ni por nuestras fuerzas, sino por su gracia, recibida mediante la fe.
Recordar lo que Dios ha hecho en nuestra vida nos devuelve a un corazón humilde. Nos recuerda de dónde nos sacó, cómo nos sostuvo y que nunca hemos caminado solos.
En Isaías 51, Dios nos recuerda que su obra no termina cuando nos rescata. Él sigue consolándonos, transformándonos y tratando con nuestro corazón. Es capaz de convertir nuestros desiertos en huertos y nuestra soledad en lugares llenos de vida y esperanza.
No tenemos que vivir dominados por el temor cuando su Palabra habita en nuestro corazón.
Nuestra seguridad no está en lo que sucede a nuestro alrededor, sino en Aquel que nos sostiene.
Somos suyos, Él está por nosotros y su salvación permanece para siempre.
Hoy, en medio de cualquier circunstancia, volvamos nuestra mirada a Jesús. Recordemos su fidelidad, confiemos en sus promesas y descansemos en su amor.
«Porque Jehová consolará a Sion; consolará todas sus soledades, y cambiará su desierto en paraíso, y su soledad en huerto de Jehová».
— Isaías 51:3 (RVR1960)
No importa qué tan grande parezca tu circunstancia; recuerda que Dios es más grande y que nunca ha dejado de sostenerte. - Jesús no vino solamente a solucionar nuestras circunstancias o enfermedades; Jesús vino a solucionar el problema más profundo del ser humano: la muerte. Vino a darnos vida.
El cristianismo no se trata de argumentos, ideas o religión. Se trata de una persona: Jesús.
Lo que el ser humano necesita es conocer verdaderamente quién es Dios. Y si queremos conocer a Dios, necesitamos mirar a Jesús, porque Jesús es el perfecto reflejo de Dios en la tierra.
Los fariseos querían matar a Jesús porque llamaba a Dios su Padre, haciéndose igual a Dios. Por eso, a partir de Juan 5:19, Jesús comienza a revelar con claridad quién es Él y cuál es su relación con el Padre.
No puedes ver a Jesús sin estar viendo quién es Dios.
El Padre ama al Hijo y existe una perfecta unidad entre ellos. Jesús hace las obras del Padre, da vida como el Padre da vida, recibe honra y también tiene autoridad para juzgar.
Podemos maravillarnos por lo que Jesús hace y aun así no conocerlo verdaderamente. No basta con admirar sus milagros; necesitamos nacer de nuevo y creer en Él.
Jesús tiene poder para dar vida. Y dar vida es algo que solamente Dios puede hacer.
También el juicio pertenece a Dios, pero el Padre ha dado al Hijo autoridad para juzgar. Jesús cargó por amor nuestro juicio en la cruz, pero llegará el día en que Él mismo será el Juez. Por eso, no podemos decir que honramos a Dios si no honramos a Jesucristo.
Jesús lleva todo esto de los argumentos a algo completamente personal:
El que oye su Palabra y cree, tiene vida eterna.
Creer en Jesús significa reconocer que Él fue enviado por el Padre, que revela perfectamente a Dios, que tiene vida en sí mismo, que merece toda la honra y que tiene autoridad sobre la vida y el juicio.
Cuando creemos en Jesús sucede algo que nadie más puede hacer por nosotros: Pasamos de muerte a vida.
Crees en Jesús → recibes vida → pasas de un reino a otro → tu vida comienza a cambiar.
Ya no vivimos simplemente tomando decisiones según lo que queremos o sentimos. Ahora podemos preguntarnos:
¿Con esto honro a Dios? ¿Con esto estoy amando a mi prójimo?
Porque cuando Jesús nos da vida, esa nueva vida también comienza a verse en la manera en la que vivimos.
Jesús no vino solamente a mejorar nuestra vida; vino a darnos una vida que antes no teníamos. - Isaías 49 nos presenta a Jesús, el Mesías escogido por Dios para traer salvación, restauración, luz y libertad. Él vino a mostrarnos una vida completamente rendida al Padre y ahora nos llama, como iglesia, a llevar Su luz hasta lo último de la tierra.
En el camino podemos cansarnos, desanimarnos o pensar que nuestro esfuerzo ha sido en vano. Incluso las circunstancias pueden hacernos sentir que Dios está lejos o que se ha olvidado de nosotros. Pero Su Palabra nos recuerda que Él sigue obrando, nos oye, nos ayuda, nos guarda y nos consuela.
No te adelantes a sacar conclusiones sobre lo que Dios está haciendo en tu vida. Nuestra recompensa está en Él y todo lo que hacemos para el Señor tiene propósito.
Aprende a esperar en Dios. Él todavía puede sorprenderte y no te va a fallar.
No estás solo. Dios no se ha olvidado de ti. - Muchas veces llegamos a Jesús movidos por una necesidad. Así ocurrió con el hombre que buscó a Jesús porque su hijo estaba enfermo y con el paralítico de Betesda. Ambos llegaron a un punto donde sus recursos y posibilidades no eran suficientes.
Pero Jesús quiere llevarnos más allá de lo que puede hacer por nosotros: quiere que reconozcamos quién es Él, creamos en Su palabra y pongamos nuestra confianza en Él.
Los milagros son señales que apuntan a Jesús. Nuestra esperanza no está en nuestras fuerzas, recursos, influencias o circunstancias, sino en Cristo.
El paralítico estaba en un lugar relacionado con la misericordia, pero la gracia que necesitaba no estaba en un estanque ni dependía de que alguien lo ayudara a llegar a él. La gracia llegó hasta donde él estaba en la persona de Jesús.
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