Isaías 22 muestra algo fuerte: el juicio de Dios comienza con Su propio pueblo. Jerusalén tenía visión, conocía la verdad y había visto la fidelidad de Dios, pero decidió ignorarlo y confiar en otras cosas. El problema no era externo, era espiritual.
En medio del alboroto, la prosperidad y una vida aparentemente normal, no se daban cuenta de la destrucción que venía. Y así pasa muchas veces con nosotros: vivimos distraídos, conectados a todo menos a Dios, buscando identidad, propósito y dirección en un mundo que no puede responder esas preguntas.
Solo Dios puede decirnos quiénes somos, para qué estamos aquí y hacia dónde vamos. Cuando el hombre intenta definir su identidad lejos de Dios, termina perdido. Pero Jesús vino precisamente para llamarnos de regreso a Él.
Isaías llora por Jerusalén porque el juicio no nace de un Dios indiferente, sino de un Dios que ama. A Dios le duele nuestra rebeldía. Por eso Jesús también lloró sobre Jerusalén y abrió Sus brazos en la cruz para traer salvación y restauración.
El llamado sigue siendo el mismo: dejar de ignorar a Dios, volvernos a Él y poner nuestra confianza no en nuestras obras, sino en Jesús. Porque cuando Dios es removido del centro, todo termina derrumbándose; pero cuando Él es nuestra esperanza, aun en medio de la angustia hay vida eterna.
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