En Isaías 17 y 18 vemos que el camino hacia Jesús también incluye entender el juicio de Dios. Él no solo es amor, también es justo. Y su juicio comienza con su pueblo y alcanza a las naciones.
En el capítulo 17, Dios anuncia juicio sobre Damasco, una ciudad fuerte y estable, mostrando que nadie está fuera de su alcance. Israel también es sacudido, pero no destruido por completo, porque Dios siempre preserva un remanente.
El propósito del juicio no es destruir, sino restaurar. Dios permite procesos para que dejemos de confiar en nuestras fuerzas, en lo material o en lo que creemos seguro, y volvamos nuestros ojos a Él.
Muchas veces Dios habla, pero no escuchamos. El problema no está afuera, sino en el corazón: olvidarnos de Dios. Por eso, en medio de cualquier situación, la pregunta correcta es:
¿Qué me quieres enseñar, Señor?
Dios nos llama a entender que no basta con dejar lo malo, necesitamos volver a Él. Nuestra confianza no puede estar en lo que construimos, sino en quien Él es.
En el capítulo 18 vemos algo clave: aunque todo parezca en silencio, Dios está obrando. Él interviene en el momento perfecto. Nunca llega tarde.
Dios no solo permite el proceso, también provee la solución.
Y la solución siempre es la misma: volver a Él.
Si hoy necesitas gozo, dirección o refugio, no busques primero una respuesta…
busca a Dios. Porque cuando Él está en el centro, todo encuentra su lugar.
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