Isaías 5 es como una canción triste, pero necesaria.
Dios presenta a Israel como una viña que Él mismo plantó con amor, cuidado y propósito. La preparó, la protegió y esperaba buen fruto… pero en lugar de uvas buenas, la viña produjo uvas silvestres. El problema no fue la viña, fue el corazón del pueblo.
Dios había hecho todo lo necesario. No faltó provisión, ni dirección, ni cuidado. Sin embargo, Su pueblo respondió con injusticia, violencia y falta de temor de Dios. No fue un problema de oportunidades, sino de un corazón que se apartó del Señor.
La Biblia deja claro un principio: todo lo que hacemos trae consecuencias.
Cuando el pueblo dejó de conocer verdaderamente a Dios y de escuchar Su Palabra, el resultado fue cautiverio y ruina espiritual.
Después aparecen los “ayes”, donde Dios confronta pecados específicos:
Ambición desmedida
Injusticia social
Borracheras y excesos
Corrupción
Llamar bueno a lo malo y malo a lo bueno
Orgullo y autosuficiencia
El mayor problema no era solo lo que hacían, sino que perdieron sensibilidad espiritual. Hicieron a un lado la Palabra de Dios y endurecieron su corazón.
📖 “Por esta causa se encendió el furor de Jehová contra su pueblo…” (Isaías 5)
Isaías nos recuerda que Dios es paciente, pero también justo. Cuando el hombre rechaza la corrección, las consecuencias llegan, no porque Dios sea malo, sino porque Él es santo.
Este capítulo nos lleva a una pregunta personal:
👉 ¿Qué fruto está dando mi vida?
En Juan 15, Jesús nos muestra el camino para dar buen fruto. Él es la vid verdadera. Dios limpia, cuida y nutre la viña. A nosotros nos corresponde permanecer en Cristo, guardar Su Palabra y obedecerla.
Cuando permanecemos en Él, el fruto no es forzado:
es el resultado natural de una vida rendida a Dios.