Dios nos ha llamado a vivir vidas diligentes, con sabiduría y estrategia. Y vivir de de esta forma produce frutos visibles y profundos.
Aunque hay que sembrar con paciencia y cuidado, el fruto siempre se manifiesta a su tiempo. Y este es uno de los frutos más dulces en la vida, porque es muy satisfactorio ver el resultado de un trabajo bien hecho y diligente.