El camino hacia Dios no es la autoexaltación, sino la humildad. No es la exhibición de méritos, sino la confesión de nuestra necesidad.
El fariseo se presentó delante de Dios con su justicia y regresó igual, o quizás peor. Pero, el publicano se presentó con su pecado… y regresó justificado. Y esa diferencia lo cambia todo.