La misión arqueológica de la Universidad de Barcelona en Al-Bahnasa, a orillas del Nilo, ha hallado una momia cuyo cartonaje conserva fragmentos de la Ilíada. Desde los tiempos de Alejandro hasta los de Cleopatra, cundió la mezcla, el sincretismo, de manera que las culturas se superponían. Lo que para unos era Deméter era para otros Isis y lo que unos llamaban Zeus lo llamaban otros Amón (el Dios egipcio, digo, no Rubén). La imagen de la momia envuelta en textos homéricos nos enseña que la literatura no redime, sino que, a lo sumo, nos pone una venda sobre las heridas. La verdad es la verdad, la diga Agamenón o Tutankamón. La momia requiere siglos y el momio, solo marketing. Y en tiempo de beatería cultural, cuando está de moda decir que los libros nos salvan y nos hacen mejores, como si fuera mejor persona quien lee a Murakami que quien juega al FIFA, bueno es recordar que la literatura, más que un bálsamo, puede ser un embalsamamiento. A veces nos sepulta bajo pesadas páginas: pero a veces nos acompaña, como un vendaje invisible, porque solo un buen libro es capaz de arroparnos hasta en la huesa.