Imagina una casa en remodelación. Durante años se pintaron las paredes, se cambiaron las ventanas y se colocaron nuevas puertas. Desde afuera, parecía una casa renovada.
Algo parecido ocurrió con los derechos de las mujeres en México.
Durante décadas, el feminismo impulsó cambios importantes: nuevas leyes, instituciones, políticas públicas y espacios de participación. Se construyó una estructura que prometía igualdad y reconocimiento.
Pero al entrar a la casa, la historia era otra. Los cimientos seguían agrietados. La violencia contra las mujeres continuaba creciendo, la brecha salarial permanecía abierta y millones de mujeres seguían viviendo en condiciones de pobreza y exclusión.
Entonces surge una pregunta incómoda: ¿qué pasa cuando los cambios llegan primero a las leyes y después —o nunca— a la vida cotidiana?
Platicamos con Rosalinda Ávila Selvas, socióloga, integrante de Mujeres Trabajadoras Unidas AC (Mutuac) y una de las cofundadoras de la Red Nacional Mujeres en Plural.
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