Acabo de leer el último libro de Julian Barnes, último hasta la fecha pero también último en el sentido definitivo, pues con él cuelga los hábitos. El libro, que lleva el revelador título de 'Despedidas', se ocupa -como tantos de los suyos- de la memoria. Y se inicia hablando de un fenómeno neurológico, que responde a las siglas de IAM, y que consiste en que, en determinadas circunstancias, una sensación activa un recuerdo, y este recuerdo activa otro, disparando una reacción en cadena que despierta una cascada de recuerdos similares. Imagina que hueles en café de la mañana y, de pronto, se te encadenan los miles de cafés de máquina aguachirlados que te has embaulado a lo largo tu vida. El fenómeno es bonito si pensamos en Proust, ya de mayor, que mordisquea una magdalena y eso abre una esclusa de recuerdos, desplegando ante sus ojos todas las magdalenas que comió en su vida hasta alcanzar esa primera magdalena que probó siendo un niño. Pero también puede ser odioso: imagina que oyes por la calle una canción de verano y, de repente, se te vienen a las mientes King Africa, Georgie Dann, la Macarena y el Tiburón, todo de golpe.Leyendo a Barnes, me preguntaba qué pasaría si experimentáramos un IAM y nos pasaran por la cabeza todas las versiones que se han ido dando a cuento del accidente ferroviario durante los últimos días: primero renovación integral, luego renovación por tramos, que si avisó Adif, luego que si avisó Renfe… Si me dan a elegir, más que una magdalena de Proust, preferiría una magdalena tratada con sedantes que hiciera borrar la memoria de estos días.A veces, como dice Dante en la Divina comedia, la memoria sucumbe a tanto exceso, así que recordemos lo justo.