Fueron impresionantes las imágenes del Vía Crucis en torno al Coliseo de Roma, con el Papa León llevando la cruz a lo largo de las catorce estaciones. El Papa decidió no hablar, ni siquiera al final del recorrido.
En realidad, su propia figura con el rostro oculto tras el madero, caminando por el mismo lugar en el que los primeros mártires prefirieron seguir a Cristo antes que ceder al poder el emperador, pesaba más que cualquier discurso. Como si dijera, ante el desbarajuste del mundo, que el único poder real de la Iglesia es la cruz y el fruto que ha nacido de ella.
A cuatro mil kilómetros de allí, en la basílica del Santo Sepulcro de Jerusalén, el cardenal Pizzaballa, rodeado de apenas una veintena de cristianos, pronunció su homilía en la Vigilia Pascual: “ninguna tierra está eternamente en disputa, ninguna herida es eternamente incurable, ningún recuerdo está eternamente cautivo del odio”, dijo el Patriarca latino de Jerusalén. “No porque sea fácil, subrayó ...