Reflexiones Cristianas

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    Cuando ser bueno duele / Reflexiones cristianas

    11/02/2026 | 6 min
    Cuando ser bueno duele / Reflexiones cristianas

    ¿Alguna vez pensaste algo como esto?
    “Yo intento ser bueno… pero la gente siempre me falla.” Esa frase, aunque no siempre la digamos en voz alta, vive en muchos corazones. Porque la desilusión es una de las experiencias más dolorosas que atravesamos como seres humanos. No llega de golpe como una tragedia inesperada. Llega cuando algo se rompe por dentro. Cuando confiamos. Cuando esperamos. Cuando creemos en alguien… y esa confianza no es correspondida. La desilusión casi siempre nace de una traición. Y no hablo solamente de grandes traiciones dramáticas. A veces es algo más silencioso: una promesa implícita que no se cumplió, una lealtad que esperábamos y no llegó, un apoyo que creíamos seguro y simplemente no estuvo. Cada vez que nos relacionamos con alguien, aunque no lo digamos explícitamente, construimos ideales. De un amigo esperamos compañía cuando nos vaya mal. De una pareja esperamos cuidado y respeto. De un trabajo esperamos reconocimiento y estabilidad. Es natural. El problema no es esperar. El problema aparece cuando esos ideales se rompen. Nos llegó el testimonio de una mujer —la llamaremos María Paula— que decía algo muy fuerte. Contaba que creció con el mandato de “honrarás a tus padres o Dios te castigará”. Pero esos mismos padres la abusaron, la maltrataron, la explotaron emocionalmente. Hoy mantiene un trato correcto con ellos. Es una buena persona. Pero el dolor de esa infancia sigue ahí. Porque cuando quienes debían proteger son quienes dañan, la desilusión no es superficial. Es profunda. Marca la identidad. La mayoría de las personas atraviesan un ciclo bastante repetido: ilusión, desilusión, nueva ilusión. Nos entusiasmamos con alguien, confiamos, nos abrimos. Luego llega la decepción… y con el tiempo volvemos a intentarlo, quizás con otra persona. Pero hay quienes, después de una herida muy grande, toman otra decisión: “Nunca más.” Nunca más confiar. Nunca más depender. Nunca más ilusionarse. Y así, para no volver a sufrir, levantan un muro. El problema es que ese muro no solo detiene el dolor. También detiene el amor. Y poco a poco la persona deja de vincularse. No porque no quiera amar, sino porque tiene miedo de volver a ser lastimada. Ahora bien, la desilusión no siempre es un enemigo. A veces es una señal de crecimiento. Cuando te desilusionas con alguien, con un trabajo o con una situación, puede estar ocurriendo algo más profundo: estás madurando. Estás comprendiendo que pusiste tu esperanza en el lugar equivocado. El problema no es ilusionarse. El problema es con quién, cómo y desde dónde nos ilusionamos. Muchas veces depositamos nuestra expectativa en personas que, simplemente, no pueden darnos lo que esperamos. Y no porque sean malvadas necesariamente, sino porque nadie puede dar lo que no tiene. Cuando entendemos eso, dejamos de personalizar todo. Dejamos de interpretar cada falla como un ataque directo. Y empezamos a elegir mejor dónde ponemos el corazón. Aquí es donde entra algo muy importante: una fe sana. No una fe ingenua. No una fe que niega la realidad. Una fe sana mueve la ilusión de la gente hacia la visión. Es decir, deja de depender de la aprobación o del comportamiento de otros y comienza a apoyarse en un propósito más profundo. Tu esperanza no puede depender de lo que otros vean de vos o de lo que opinen sobre tus circunstancias. “Te fue mal.” “Te echaron.” “Estás enfermo.” Eso es lo visible. Pero la visión es otra cosa. La visión es la capacidad de ver más allá del momento actual. Es entender que tu valor no cambia porque alguien te haya fallado. Ser buena persona no garantiza reciprocidad. Y aceptar eso no te vuelve frío; te vuelve realista. No todos actuarán como tú actuarías. No todos responderán como tú responderías. Pero eso no significa que tengas que dejar de ser quien eres. Significa que necesitas límites. Y los límites no son dureza; son sabiduría. Una fe madura te permite amar sin perderte. Dar sin vaciarte. Confiar sin entregarte ciegamente. Cuando dejas de buscar desesperadamente la aprobación de la gente, algo cambia dentro de ti. Ya no estás mendigando reconocimiento. Ya no necesitas que todos validen tu bondad. Y cuando eso ocurre, la gente pierde el poder de herirte con la misma intensidad. Tal vez la desilusión no vino a destruirte, sino a enseñarte dónde no poner tu identidad. Tal vez vino a mostrarte que tu valor no depende de la respuesta de los demás. Y tal vez, cuando comprendes eso, tu fe deja de ser frágil y se vuelve firme. Porque al final, crecer no es dejar de confiar. Es aprender a confiar con sabiduría.
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    La batalla de nuestra mente contra la envidia / Reflexiones cristianas

    03/02/2026 | 5 min
    La batalla de nuestra mente contra la envidia / Reflexiones cristianas

    Déjame empezar con algunas preguntas sencillas. ¿Alguna vez sentiste envidia?
    ¿Alguna vez notaste que alguien te envidiaba? ¿Alguna vez alguien te lastimó…
    o fuiste vos quien lastimó a otro? La envidia es uno de esos sentimientos
    de los que casi nadie habla con honestidad. Porque rara vez se confiesa. Casi nadie dice:
    “Te envidio.” Lo que suele decir es otra cosa:
    “Estoy triste.”
    “Estoy enojado.”
    “Estoy molesto.”
    “O simplemente… te rechazo.” 
     La envidia suele esconderse. Cuando la nombramos,
    muchas veces lo hacemos en tono de broma: “¡Ay, cómo te envidio!” Pero eso, en realidad,
    es admiración. La verdadera envidia es otra cosa. Es un dolor interno
    que se transforma en enojo.
    Y ese enojo,
    en deseo de destruir
    lo que el otro tiene
    o lo que el otro es. Por eso la envidia no busca crecer.
    Busca rebajar. 
     La envidia tiene algo infantil. Lo vemos claramente en los niños:
    le damos un juguete a cada uno
    y aun así quieren el del otro. Pero lo inquietante
    es que muchos adultos
    nunca superan esa etapa. La envidia aparece entre pares,
    entre colegas,
    entre contemporáneos. Un periodista envidia a otro periodista.
    Un escritor a otro escritor.
    Un compañero de trabajo
    al que le va un poco mejor. Rara vez se envidia
    a alguien de otro tiempo. Se envidia a quien está cerca.
    A quien sentimos comparable. 
     Se puede envidiar casi todo. El dinero.
    El estudio.
    La familia.
    El carácter. Incluso la esperanza. Hay personas que no soportan
    ver a alguien relajado,
    con fe en el mañana,
    disfrutando un momento de paz. Y desean —consciente o inconscientemente—
    arruinarlo. A veces la pregunta
    “¿Cuánto ganás?”
    no es curiosidad. Es comparación. Es herida. 
     Hay algo que conviene aceptar temprano: Cuando a una persona le va bien,
    cuando logra algo,
    cuando avanza… aparecen dos tipos de personas. Los que se alegran.
    Y los que envidian. Y no siempre la envidia aparece
    por grandes éxitos. A veces surge
    por pequeños logros. Tal vez nadie envidia tu dinero,
    pero alguien envidia tu familia.
    O tu manera de hablar.
    O tu actitud frente a la vida. Si sos empático,
    si trabajás bien,
    si sos constante,
    si transmitís esperanza… es probable que alguien te envidie. No porque hagas algo mal,
    sino porque estás haciendo algo bien.
    El mecanismo es sencillo. Primero me comparo.
    Después siento que yo también podría tener eso.
    Y al no tenerlo, aparece la tristeza.
    La tristeza se vuelve enojo.
    Y el enojo se transforma en descalificación. No ataco lo que admiro.
    Ataco lo que me duele. Hay algunas ideas simples
    que pueden ayudarnos
    a no vivir atrapados en la envidia. La primera: compartir, no competir. Enseñemos —y aprendamos
    a competir solo con nosotros mismos.
    A superarnos.
    Pero con los demás, compartir. La segunda: preguntar cómo lo hizo. Cuando veas que a alguien le va bien,
    no lo envidies.
    Preguntá. Poné el foco en el proceso,
    no solo en el resultado. El éxito casi nunca es magia.
    Suele encontrarnos trabajando. La tercera: no perturbarse. Si alguien te envidia,
    seguí adelante. No detengas tu camino
    para convencer a quien decidió no alegrarse. La envidia ajena no es señal de que debas frenar,
    sino de que estás avanzando.  La envidia enferma.
    La admiración expande. Cuando admiramos,
    aprendemos.
    Cuando envidiamos,
    nos achicamos. Por eso es tan importante
    abrir caminos,
    compartir lo aprendido,
    enseñar a otros cómo avanzar. No guardarlo por miedo.
    No esconderlo por inseguridad.  Quizá nadie se vuelve fuerte
    en aguas tranquilas. Las críticas,
    las miradas incómodas,
    la incomprensión… también entrenan. Si sentís que te golpean de todos lados,
    tal vez no sea castigo,
    sino preparación. No envidies.
    Admira. Y rodeate de quienes
    no solo lloran con vos,
    sino de quienes saben alegrarse
    cuando te va bien. Porque ese —
    ese sí —
    es el verdadero amigo.
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    La lección de una niña de cinco años / Reflexiones cristianas

    24/01/2026 | 5 min
    La lección de una niña de cinco años /  Reflexiones cristianas

    A veces creemos que las grandes lecciones de la vida
    vienen de personas con experiencia,
    con estudios,
    con años encima. Pensamos que para enseñarnos algo importante
    hay que haber vivido mucho,
    haber sufrido mucho,
    haber entendido mucho. Pero de vez en cuando,
    la vida nos descoloca. Y nos recuerda
    que la sabiduría
    también puede venir
    de quien apenas está empezando a vivir. Hoy, la lección no viene de un adulto.
    Viene de una niña de cinco años. 
     Ella se llama Sunshine
    Asiste a una escuela en los Estados Unidos. En su colegio,
    los alumnos pagan una pequeña cuota mensual
    para poder tomar leche durante el día. Los padres de Sunshine cumplían con ese pago.
    Ella nunca había tenido problema. Pero un día, Sunshine se dio cuenta de algo. Una de sus amigas
    nunca tomaba leche. Al principio pensó que era casualidad.
    Luego entendió la razón. Los padres de su amiga
    no habían podido pagar. Y poco a poco,
    Sunshine descubrió algo todavía más duro: Su amiga no era la única.
    Había varios niños
    que pasaban hambre en su escuela. 
     Cada vez que podía,
    Sunshine compartía su vaso de leche. Un sorbo para ella.
    Un sorbo para su amiga. Pero había un problema. Eso no alcanzaba. Y Sunshine, con solo cinco años,
    entendió algo que muchos adultos no quieren ver: Si el problema es más grande,
    el gesto también tiene que crecer. 
     Entonces decidió hacer algo. Cada vez que recibía monedas —
    de sus padres,
    de su abuela —
    no las gastaba. No pedía juguetes.
    No pedía dulces. Iba directo a su alcancía
    y las guardaba. Pasaron los meses. Y un día,
    Sunshine le pidió a su abuela que la ayudara
    a romper la alcancía. Su abuela le preguntó, con una sonrisa: “¿Qué juguete te vas a comprar con tus ahorros?” Sunshine la miró
    y respondió con total naturalidad: “Es para la leche de la escuela.” La abuela, confundida, le dijo: “Pero si ya pagaron tu leche…” Y entonces llegó la frase
    que lo cambió todo: “Es para los niños
    que no tienen dinero para comer.”

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    Cuando darlo todo no depende de cuánto tienes / Reflexiones cristianas

    17/01/2026 | 5 min
    Cuando darlo todo no depende de cuánto tienes / Reflexiones cristianas

    Muchas veces pensamos que ayudar es un privilegio.
    Que hace falta tener dinero, tiempo, fuerza, influencia. Creemos que para marcar la diferencia
    hay que estar en el lugar correcto,
    tener los recursos correctos,
    ser la persona correcta. Y sin darnos cuenta,
    esa idea se convierte en una excusa silenciosa. “Yo no puedo.”
    “No es el momento.”
    “No está en mis manos.” Pero hoy vamos a conocer a una mujer
    que nos recuerda algo muy simple
    y muy incómodo: Cuando el corazón quiere ayudar,
    siempre encuentra el modo. 
     LA HISTORIA 
     Ella se llama Plaxedes Dillon.
    Tiene 71 años
    y vive en una comunidad llamada Icogo Magombo, en Mozambique. Su vida es humilde.
    Cada día se despierta a las cuatro de la mañana
    y recorre largas distancias vendiendo ropa
    para poder pagar su alquiler. No sobra nada.
    No hay margen.
    No hay comodidades. Hace algunos días, Mozambique fue golpeado por el ciclón Idai.
    Un desastre devastador. Más de 800 personas murieron.
    Miles resultaron heridas.
    Casi dos millones de personas quedaron afectadas. Faltaba agua.
    Comida.
    Refugio. El país entero estaba sumido en el dolor. 
     EL MOMENTO DE DECIDIR  Un día, Plaxedes regresaba a casa
    después de una jornada agotadora. Encendió la radio. Y escuchó la noticia. El desastre.
    Las víctimas.
    La urgencia. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Y en ese momento,
    pudo haber hecho lo que muchos hacemos: Suspirar.
    Apagar la radio.
    Seguir adelante. Pero no lo hizo. Plaxedes decidió no quedarse de brazos cruzados.

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    El hombre que el mundo dio por perdido / Reflexiones cristianas

    29/12/2025 | 6 min
    El hombre que el mundo dio por perdido / Reflexiones cristianas

    Hay guerras que terminan en los libros de historia.
    Y hay guerras que nunca terminan en el interior de quienes las vivieron. Algunas las recordamos a través de películas,
    de nombres grabados en monumentos,
    de cifras que ya no duelen porque se volvieron abstractas. Pero detrás de cada nombre…
    hubo una vida.
    Una familia.
    Una historia que no siempre tuvo un final claro. Hoy vamos a recordar una de esas historias.
    No por la guerra en sí,
    sino por lo que ocurre cuando una persona desaparece…
    y el mundo sigue adelante sin ella. 
     El protagonista de esta historia se llamaba John Robertson. Era soldado.
    Pertenecía a los Green Berets, las fuerzas especiales del ejército de Estados Unidos,
    durante la guerra de Vietnam. Estaba casado.
    Tenía dos hijas. El 20 de mayo de 1968,
    su helicóptero fue derribado durante una misión secreta sobre Laos. El ejército estadounidense,
    que intentaba cortar las líneas de suministro del Vietcong,
    no pudo organizar una misión de rescate. John Robertson fue declarado desaparecido en acción. Años después, en 1976,
    fue oficialmente dado por muerto en combate. Su nombre pasó a formar parte de una lista.
    Una más entre más de 60.000 nombres grabados en el monumento de Washington
    en honor a los soldados caídos en Vietnam. Para el mundo…
    John Robertson había dejado de existir. 
     Pero John nunca se fue de este mundo. Había sobrevivido al ataque. Fue capturado por guerrilleros vietnamitas,
    acusado de ser espía de la CIA
    y sometido a años de tortura física y psicológica. Cuatro años. Cuatro años de cautiverio, miedo y deshumanización. Hasta que logró escapar. Pero escapar no significó volver a casa. Se internó en la selva.
    Se escondió.
    Desapareció del mapa humano. Hasta que fue encontrado por una mujer vietnamita:
    la viuda de un soldado del sur, leal al gobierno que apoyaba a Estados Unidos. Era enfermera. Ella no lo denunció.
    No lo entregó.
    Lo cuidó. 
     Para sobrevivir, John hizo algo extremo: Asumió la identidad del marido fallecido de esa mujer,
    Dan Tak-Ngoc. Se declaró vietnamita de origen francés. Y poco a poco…
    empezó otra vida. Se casó.
    Tuvo cuatro hijos.
    Trabajó la tierra. Durante décadas,
    John Robertson vivió como un campesino vietnamita. Lejos de su idioma.
    Lejos de su nombre.
    Lejos de su país. Hasta que, en 2008,
    alguien lo encontró. 
     Un veterano estadounidense llamado Tom Fausen
    dedicaba su vida a buscar soldados desaparecidos en Vietnam. Cuando encontró a aquel campesino anciano,
    algo no encajaba. Robertson ya mostraba los primeros signos de demencia.
    Había olvidado incluso su inglés. Un psicólogo explicaría después
    que había perdido su idioma original
    porque ya no tenía sentido en el mundo que lo rodeaba. El lenguaje que no se usa…
    se apaga. Pero Fausen estaba convencido. Ese hombre olvidado
    era el soldado que el mundo había dado por muerto. 
     Fausen convenció a un cineasta, Michael Jorgensen,
    y juntos comenzaron a investigar. Un antiguo compañero de armas viajó a Vietnam
    y lo reconoció de inmediato. Le extrajeron una muela
    para probar que había crecido en Estados Unidos. En 2010,
    John acudió a la embajada estadounidense en Vietnam
    para identificarse mediante huellas dactilares. La respuesta fue devastadora: “No hay pruebas suficientes.” La última opción era una prueba de ADN. Pero sus dos hijas estadounidenses
    se negaron a realizarla. Tal vez por miedo.
    Tal vez por incredulidad.
    Tal vez porque aceptar la verdad
    era demasiado doloroso. 
     La última alternativa fue su hermana,
    Jen Robertson Holly,
    de 80 años. En 2012,
    la reunieron con John en Canadá. Ella no dudó. Lo miró…
    y supo. Ese campesino vietnamita
    era su hermano. El director del documental dijo una frase escalofriante: “No es que los vietnamitas no lo dejen ir…
    es que nuestro propio gobierno no lo quiere.” 
     John Robertson había recuperado su nombre.
    Había encontrado a su familia.
    Había vuelto, en teoría, a casa. Pero tomó una decisión inesperada. Regresó a Vietnam. No tenía intención de abandonar ese país. Tal vez porque su vida ya estaba allí.
    Tal vez porque su identidad se había dividido para siempre.
    Tal vez porque, después de tanto tiempo,
    ya no se pertenece por completo a ningún lugar. 
     Hay personas que desaparecen del mundo…
    pero no del todo. Viven entre nombres,
    entre lenguas olvidadas,
    entre recuerdos que se borran. Esta historia no habla solo de una guerra.
    Habla de identidad.
    De pertenencia.
    De lo que ocurre cuando el mundo decide que ya no existes. Y también de algo más silencioso: De cómo el ser humano puede reconstruir su vida
    incluso después de haberlo perdido todo. Tal vez no siempre volvemos al lugar del que salimos.
    Pero seguimos caminando. Y a veces,
    eso también es una forma de sobrevivir.

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