La batalla de nuestra mente contra la envidia / Reflexiones cristianas
Déjame empezar con algunas preguntas sencillas. ¿Alguna vez sentiste envidia?
¿Alguna vez notaste que alguien te envidiaba? ¿Alguna vez alguien te lastimó…
o fuiste vos quien lastimó a otro? La envidia es uno de esos sentimientos
de los que casi nadie habla con honestidad. Porque rara vez se confiesa. Casi nadie dice:
“Te envidio.” Lo que suele decir es otra cosa:
“Estoy triste.”
“Estoy enojado.”
“Estoy molesto.”
“O simplemente… te rechazo.”
La envidia suele esconderse. Cuando la nombramos,
muchas veces lo hacemos en tono de broma: “¡Ay, cómo te envidio!” Pero eso, en realidad,
es admiración. La verdadera envidia es otra cosa. Es un dolor interno
que se transforma en enojo.
Y ese enojo,
en deseo de destruir
lo que el otro tiene
o lo que el otro es. Por eso la envidia no busca crecer.
Busca rebajar.
La envidia tiene algo infantil. Lo vemos claramente en los niños:
le damos un juguete a cada uno
y aun así quieren el del otro. Pero lo inquietante
es que muchos adultos
nunca superan esa etapa. La envidia aparece entre pares,
entre colegas,
entre contemporáneos. Un periodista envidia a otro periodista.
Un escritor a otro escritor.
Un compañero de trabajo
al que le va un poco mejor. Rara vez se envidia
a alguien de otro tiempo. Se envidia a quien está cerca.
A quien sentimos comparable.
Se puede envidiar casi todo. El dinero.
El estudio.
La familia.
El carácter. Incluso la esperanza. Hay personas que no soportan
ver a alguien relajado,
con fe en el mañana,
disfrutando un momento de paz. Y desean —consciente o inconscientemente—
arruinarlo. A veces la pregunta
“¿Cuánto ganás?”
no es curiosidad. Es comparación. Es herida.
Hay algo que conviene aceptar temprano: Cuando a una persona le va bien,
cuando logra algo,
cuando avanza… aparecen dos tipos de personas. Los que se alegran.
Y los que envidian. Y no siempre la envidia aparece
por grandes éxitos. A veces surge
por pequeños logros. Tal vez nadie envidia tu dinero,
pero alguien envidia tu familia.
O tu manera de hablar.
O tu actitud frente a la vida. Si sos empático,
si trabajás bien,
si sos constante,
si transmitís esperanza… es probable que alguien te envidie. No porque hagas algo mal,
sino porque estás haciendo algo bien.
El mecanismo es sencillo. Primero me comparo.
Después siento que yo también podría tener eso.
Y al no tenerlo, aparece la tristeza.
La tristeza se vuelve enojo.
Y el enojo se transforma en descalificación. No ataco lo que admiro.
Ataco lo que me duele. Hay algunas ideas simples
que pueden ayudarnos
a no vivir atrapados en la envidia. La primera: compartir, no competir. Enseñemos —y aprendamos
a competir solo con nosotros mismos.
A superarnos.
Pero con los demás, compartir. La segunda: preguntar cómo lo hizo. Cuando veas que a alguien le va bien,
no lo envidies.
Preguntá. Poné el foco en el proceso,
no solo en el resultado. El éxito casi nunca es magia.
Suele encontrarnos trabajando. La tercera: no perturbarse. Si alguien te envidia,
seguí adelante. No detengas tu camino
para convencer a quien decidió no alegrarse. La envidia ajena no es señal de que debas frenar,
sino de que estás avanzando. La envidia enferma.
La admiración expande. Cuando admiramos,
aprendemos.
Cuando envidiamos,
nos achicamos. Por eso es tan importante
abrir caminos,
compartir lo aprendido,
enseñar a otros cómo avanzar. No guardarlo por miedo.
No esconderlo por inseguridad. Quizá nadie se vuelve fuerte
en aguas tranquilas. Las críticas,
las miradas incómodas,
la incomprensión… también entrenan. Si sentís que te golpean de todos lados,
tal vez no sea castigo,
sino preparación. No envidies.
Admira. Y rodeate de quienes
no solo lloran con vos,
sino de quienes saben alegrarse
cuando te va bien. Porque ese —
ese sí —
es el verdadero amigo.