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kaizen con Jaime Rodríguez de Santiago

Jaime Rodríguez de Santiago
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  • kaizen con Jaime Rodríguez de Santiago

    #273 Historias kaizen: el genio olvidado de Claude Shannon

    09/06/2026 | 21 min
    📝 Notas y enlaces del capítulo aquí: https://www.jaimerodriguezdesantiago.com/kaizen/273-claude-shannon/

    Imagina esta escena. Es mediados de los años 50 y estamos en el que seguramente era el lugar más avanzado del mundo por entonces: los Bell Labs. Un sitio plagado de los mejores ingenieros del mundo. La gente que inventó el transistor, el láser, las células solares y buena parte de lo que después sería internet.

    Por uno de esos pasillo aparece un hombre delgado y despeinado, con la misma mirada que ponen los niños cuando se concentran en un juego difícil. Normal, porque el señor está montado en un monociclo. Y mientras pedalea hace malabares con tres pelotas.

    A su paso, sus colegas ni se inmutan. Llevan años acostumbrados.

    En su despacho le esperan algunos de sus juguetes. El más raro de todos es una caja de madera barnizada. Por fuera no tiene nada, sólo un interruptor. Si lo pulsas, la tapa se abre con un pequeño crujido, sale una mano mecánica, apaga el interruptor y se vuelve a esconder dentro de la caja. Eso es todo. Una caja que sólo sirve para apagarse a sí misma. Él la llama "la máquina definitiva".

    En otra mesa hay un ratoncito mecánico, hecho de cobre, con tres ruedas y unos bigotes de alambre. Se llama Teseo, en honor al héroe griego que se perdió en el laberinto del Minotauro. Pero este Teseo no se pierde. Cuando lo sueltas en un laberinto, la primera vez lo recorre como puede, chocándose con todas las paredes hasta encontrar la meta. Pero si lo vuelves a colocar al principio, va directo, sin equivocarse en una sola curva. Recuerda estamos en 1950, más o menos. Esto, por entonces, es casi ciencia ficción.

    Casi nadie que viera a este hombre, con su monociclo, sus malabares, su ratón mecánico y su caja inútil imaginaría que es, seguramente, el científico más influyente del siglo XX y uno de los más desconocidos. Sin él, seguramente no existiría nada de lo digital que hoy te rodea. Ni los móviles, ni internet, ni las redes WiFi, ni ninguno de los caminos que sigue este podcast hasta llegar hasta ti. Por supuesto, tampoco existirían las inteligencias artificiales de las que tanto hablamos últimamente. Hasta el punto de que una de las más conocidas lleva su nombre. Porque hoy, por fin, le dedicamos un capítulo a alguien que ha salido varias veces en el podcast: Claude Shannon.
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  • kaizen con Jaime Rodríguez de Santiago

    Encuentro Universo 42: ¿Qué es la verdad?

    02/06/2026 | 1 h 10 min
    📝 Notas y enlaces del capítulo aquí: https://www.jaimerodriguezdesantiago.com/kaizen/b009-encuentro-universo-42-que-es-la-verdad/

    Hace unas semanas te contaba que lanzábamos un proyecto llamado Universo 42, una comunidad abierta, con formación y contenidos de divulgación, para personas que quieren pensar mejor. Bueno, pues el capítulo de hoy es especial, porquete traigo el primer encuentro online que organizamos en Universo 42. Nos juntamos los cuatro profes de las formaciones que ya hemos lanzado a charlar sobre un tema sencillito: «La verdad». Así, para abrir boca.

    Y la verdad es... que acabamos sin ponernos de acuerdo si quiera en si Brad Pitt es o no es guapo. Porque hablamos de cómo la verdad es una construcción humana necesaria aunque cambiante. Hablamos de lo mucho que nos cuesta cambiar de opinión y hasta dónde nos autocensuramos en el día a día.

    Y aunque al principio es un tema profundo y un poco metafísico, al final se nos hizo tan corto que dejamos melones abiertos de dimensiones descomunales para la próxima, como los límites de la libertad de expresión o la necesidad de optimismo en la sociedad.

    Y no me voy a extender más, porque lo que importa es la conversación y esta creo que merece mucho la pena. Ojalá la disfrutes tanto como nosotros.🙌 Patrocinan kaizen:
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  • kaizen con Jaime Rodríguez de Santiago

    #272 Las 1000 caras de Dios

    26/05/2026 | 19 min
    📝 Notas y enlaces del capítulo aquí: https://www.jaimerodriguezdesantiago.com/kaizen/272-las-1000-caras-de-dios/

    Hoy vamos a intentar caminar por una línea delgada y bastante peligrosa: la de reflexionar sobre Dios tratando de no ofender a nadie.

    Y vamos a arrancar con la historia de alguien que no consiguió hacerlo. Nos vamos al 27 de julio de 1656 a Amsterdam.

    Más concretamente, vamos a la sinagoga Talmud Torah, en el barrio judío de la ciudad, donde se ha reunido un buen grupo de personas.

    El ambiente es incómodo. A un lado hay un joven de 23 años. Al otro, todos los líderes de la comunidad, con un documento que han redactado con mucho cuidado y bastante rabia

    Ese documento es el cherem, la excomunión judía, más dura que habían dictado jamás en aquella comunidad. Era una excomunión total. Absoluta. Nadie podía hablarle. Nadie podía hacer negocios con él. Nadie podía acercarse a menos de dos metros de su cuerpo. Nadie podía leer nada que él hubiera escrito. Y todo eso incluía a su familia.

    Condenaban a ese joven por haber cometido «horribles herejías» y «actos monstruosos». Pero no especifican cuáles. No hay cargos concretos. De hecho, los historiadores llevan siglos buscándolos y siguen sin encontrarlos. Hoy, casi 400 años después, nadie sabe con exactitud qué dijo o hizo aquel joven para merecer aquello.

    Lo que sí sabemos es cómo respondió.

    No se desdijo. No pidió perdón. No se arrodilló. Salió de aquella sala y se fue a vivir a una habitación pequeña en las afueras. Y empezó a escribir.

    Pero no escribió contra Dios. Eso hubiera sido demasiado predecible. Lo que hizo fue algo mucho más raro: reimaginar a Dios desde cero. Construir uno propio, con herramientas de filósofo y de matemático. Un Dios que no elegía a ningún pueblo, que no partía mares, que no escuchaba rezos ni castigaba pecados. Un Dios que era exactamente lo mismo que el universo entero. Las leyes de la física. El océano. El árbol que crece en el jardín. Tú, en este momento, escuchando esto.

    En una ocasión, un rabino le preguntó al físico más famoso del mundo si creía en Dios. El físico se llamaba Albert Einstein. Y respondió: «Creo en el Dios de Spinoza».

    Porque así se llamaba aquel joven de veintitrés años. Baruch Spinoza.

    Y ahora, una pregunta: ¿era Spinoza creyente o ateo?
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  • kaizen con Jaime Rodríguez de Santiago

    #271 Sangre en la calle: comunicación y arte secuencial

    19/05/2026 | 18 min
    📝 Notas y enlaces del capítulo aquí: https://www.jaimerodriguezdesantiago.com/kaizen/271-sangre-en-el-canalon-comunicacion-y-arte-secuencial/

    Weimar, 1831.

    Johann Wolfgang von Goethe tiene 81 años. Le queda poco más de un año de vida, aunque él no lo sabe todavía. Es uno de los escritores más respetados de Europa. Una figura tan colosal que cuando muera, según cuenta la leyenda, sus últimas palabras serán "mehr Licht", más luz. La gente de su talla tiene hasta despedidas épicas.

    En esos últimos años de vida, cada semana, asistentes y secretarios filtran la enorme pila de cartas y manuscritos que recibe. La mayoría nunca llegan a sus manos.

    Pero un día llega algo diferente. No viene de ningún académico de renombre. El remitente es un maestro de escuela suizo completamente desconocido llamado Rodolphe Töpffer. El paquete contiene unas cuantas hojas dibujadas a mano: personajes caricaturizados, escenas distribuidas en viñetas de distintos tamaños, texto garabateado bajo cada imagen. No es una novela. No es un cuadro. No es un poema. Ni siquiera está claro que sea algo que tenga nombre, por aquel entonces.

    Goethe lo hojea.

    Y después lo vuelve a hojear.

    Y repite. No puede parar.

    El cuatro de enero de ese mismo año le escribe una carta de respuesta. Dice que Töpffer "brilla de talento y espíritu." Que "algunas de sus páginas no pueden superarse." Y que es el único talento que conoce que sea tan verdaderamente original.

    Goethe, que a sus 81 años podría estar perfectamente pensando en su legado, en el Fausto, en los libros que aún quiere escribir, dedica tiempo y energía a insistirle a ese maestro desconocido que publique sus historietas con urgencia.

    ¿Qué había visto Goethe en aquellas hojas que no veía nadie más?

    Töpffer tampoco lo entendía del todo. Aquellos dibujitos eran algo que hacía desde hacía unos años para entretener a sus alumnos en Ginebra. Los trazaba con pluma y tinta, los cosía como libretitas y los pasaba de mano en mano entre conocidos. Tenía problemas de visión que le habían impedido dedicarse a la pintura de verdad, así que aquel estilo caricaturesco era más una limitación que una elección artística. A él le parecía una tontería sin demasiada trascendencia.

    Lo cierto es que Goethe murió en 1832 sin ver publicada ninguna de aquellas historietas. Töpffer murió en 1846, sin ser consciente del impacto de lo que había creado.

    Hoy, casi dos siglos después, la industria que aquellos garabatos ayudaron a fundar mueve cientos de miles de millones al año. Genera películas, series, coleccionables, ropa, videojuegos. Ha producido algunas de las historias más influyentes de la cultura popular del siglo XX. Y sin embargo, muy poca gente se ha preguntado por qué funciona. Por qué el cómic, un lenguaje hecho de imágenes estáticas y espacios en blanco, puede atraparnos, emocionarnos y hacernos creer en mundos que no existen.

    Goethe lo intuyó. El resto, tardamos casi dos siglos en entenderlo del todo
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  • kaizen con Jaime Rodríguez de Santiago

    #270 Saltos al vacío: el arrepentimiento y las decisiones que nos cuesta tomar

    12/05/2026 | 16 min
    📝 Notas y enlaces del capítulo aquí: https://www.jaimerodriguezdesantiago.com/kaizen/270-saltos-al-vacio-el-arrepentimiento-y-las-decisiones-que-nos-cuesta-tomar/

    Un teniente joven, recién salido de la academia, sube a lomos de su caballo hacia el lugar al que nadie quiere ir: la Fortaleza Bastiani, un puesto militar al borde de un desierto. Más allá no hay nada. O más bien: nada conocido.

    Su nombre es Giovanni Drogo. Tiene veintidós años y se ha dicho a sí mismo que su paso por la fortaleza va a ser algo temporal. Que pedirá el traslado en cuanto llegue. Hará méritos, demostrará lo que vale y en unos meses estará de vuelta en la ciudad, cerca de los suyos, con una brillante carrera por delante.

    Cuando atraviesa las puertas de la fortaleza, lo que ve le desconcierta. Los hombres llevan allí años. Hay una rutina extraña, casi hipnótica. Se levantan, hacen guardia, comen, duermen, miran el desierto. Nada pasa. Nada ha pasado en mucho tiempo. Pero todos esperan algo. La fortaleza existe para defenderse de los Tártaros, unos enemigos que, según dicen, podrían llegar en cualquier momento. Nadie los ha visto. Pero podrían venir.

    Ante la vergüenza de pedir un traslado demasiado pronto, Drogo decide aguantar unos meses. Y después un poco más. Y otro poco. Porque los Tártaros tal vez estén a punto de llegar. Y ese será su momento.

    Y pasa un año. Y otro. Y muchos más. Y Drogo asciende y hace amigos y los pierde y acaba conociendo la fortaleza como la palma de su mano, mientras espera.

    Y así se van cuatro décadas y la vejez le vence. Cuando tiene ya el cuerpo roto y la vista cansada, entonces, llega la noticia: un ejército avanza por el norte. Ha llegado su momento, lo que tanto ha esperado. Lo que da sentido a todos esos años.

    Pero a estas alturas, Drogo ya no puede luchar. Ya no puede ni estar de pie. Lo trasladan a una posada de pueblo para que muera tranquilo, lejos de la fortaleza.

    Giovanni Drogo nunca existió. Lo inventó el escritor italiano Dino Buzzati en 1940, en una novela llamada El desierto de los Tártaros. La leímos hace unos meses en la Comunidad kaizen. Y es un libro agobiante, porque te hace sentir cómo a alguien se le pasa la vida mientras espera algo que nunca llega. Y cómo es incapaz de reaccionar.

    Seguro que conoces a gente así. De hecho, todos somos así a veces. Nos aferramos a una historia, a un objetivo o a una identidad y nos sentimos incapaces de cambiar el rumbo.

    Por eso hoy vamos a hablar de saltos al vacío.
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