Antes de ese domingo glorioso, hubo un viernes que estaba acabando con la esperanza de la humanidad, estaba cambiando el rumbo de la vida de aquellas personas que habían abrazado el mensaje de la salvación.
Pero en el cielo nada se hace de improvisto, Dios nunca se equivoca en sus planes, y en ese viernes oscuro, algo estaba apunto de cambiar, algo estaba apunto de romperse. Estaba a punto de cambiar la historia de la humanidad para siempre.
María experimentó la tristeza de ver morir al hombre que le cambió su vida, ver morir a su hijo, pero nunca perdió la fe. Tener fe no significa que necesitemos entender todo. Pero muchos de nosotros seguimos viviendo como si Cristo estuviera muerto.
A pesar de que María no sabía que estaba pasando, estaba a punto de ver el milagro más grande en la historia de la humanidad. Cristo no murió por una multitud sin nombre, sino murió por el nombre de cada uno de nosotros, y cuando menos lo esperemos, Él puede cambiar por completo nuestras vidas.