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El Blooper de la Semana

Shuy Solís
El Blooper de la Semana
Último episodio

7 episodios

  • Obra negra

    16/10/2026 | 6 min
    En algún lugar de La Chingada, de cuyo nombre no quisiera acordarme, hay un viejito muy triste.
    ¿Es acaso porque unas agencias gringas malintencionadas andan investigando a uno de sus hijos por huachicol fiscal y delincuencia organizada? No. ¿Entonces será porque ese mismo hijo ya se registró para buscar una diputación federal en un distrito donde no ha vivido para que el recuerdo del papá le haga el trabajo de campaña y él sólo deba imitar su acento para ganar? Tampoco. ¿Entonces será porque su esposa prefirió quedarse en la grilla académica de la CDMX que seguirlo al recóndito rancho donde está escondido… digo, retirado? Menos.
    Andrés Manuel López Obrador está triste porque nos dejó una sola encomienda y le estamos fallando: nos encargó que construyéramos una Dinamarca y le estamos entregando una Guajaca.
    El Licenciado se cansó de prometernos que México tendría un sistema de salud como el de Dinamarca. Luego, en uno de esos arrebatos que sólo tenemos los soñadores, dijo que no, que no como Dinamarca, que mejor que Dinamarca. Hospitales equipados, médicos suficientes, especialistas, enfermeras güeras, atención gratuita y medicamentos para todos. Puso especial énfasis en esto último: si Sabritas puede llegar hasta el pueblo más alejado, se preguntó alguna vez, ¿cómo chingados no va a poder llegar una caja de metformina?
    Lo que nunca entendimos fue que Dinamarca era un concepto, un sueño, y que él sólo nos iba a facilitar los componentes, pero la realidad la teníamos que construir nosotros.
    Nos dio el capital semilla: dos mil quinientos cincuenta pesos cada dos meses a cada uno en forma de apoyo directo. Ahí estaba Dinamarca, pero desarmada. Si juntabas los suficientes apoyitos de 2,550 pesos, podías juntar para la resonancia magnética, para el sueldo del anestesiólogo, para un servicio de ambulancia aérea y para pagarle a una enfermera que cubriera el turno de las tres de la mañana. Lo único que nosotros teníamos que hacer era ensamblarla.
    Pero somos mexicanos.
    Vimos llegar depósito tras depósito los chequecitos del Bienestar y, en lugar de ir comprando hospitales por partes, nos los gastamos que en unas caguamitas, que en una ropita para que ande pipo el muñeco, que en una cariñosa para sacar algo de este veneno que me está matando.
    El error fue razonable porque el depósito, a diferencia de la institución, se ve, se siente, está presente.
    Una institución, así en abstracto, es impersonalísima. Nadie sube una historia a Instagram diciendo: “qué bendición que mi clínica tenga hoy tres anestesiólogos de guardia 🙏”. Nadie organiza una carnita asada porque el tomógrafo recibió mantenimiento preventivo. Nadie besa una foto del director de compras porque la farmacia tiene suficiente material para los próximos tres o cuatro meses.
    Pero si me depositan dos mil quinientos del águila en mi tarjetita del Bienestar, ahí sí que viva el Estado, que viva Morena y que viva la doctora Claudia Sheinbaum Pardo, aunque no sea de esas doctoras, sino de las otras.
    Porque además, el dinero resuelve problemas inmediatos. Comida, luz, renta, los quinientos varos que tu compadre te prestó anoche para un privado. Lo malo es que sólo resuelve cosas que pueden comprarse individualmente. Una transferencia te ayuda a pagar una consulta, pero no puede producir al especialista que te la va a dar. Puede ayudarte a comprar una medicina, pero no puede mantener abastecida una red de farmacias. Puede pagarte el privado de una noche de locura, pero no puede contratar al doctor que te atenderá en urgencias cuando se te reviente el apéndice un 25 de diciembre.
    Fortalecer el ingreso de una persona y fortalecer el hospital al que esa persona llegará algún día son dos trabajos distintos. Y esta semana los trabajadores del IMSS que salieron a protestar en varios estados nos recordaron cuál hemos postergado. Reclaman por salarios, jubilaciones, plazas vacantes, sobrecarga laboral y falta de medicamentos e insumos.
    Personal médico ha contado que a veces faltan hasta vendas y gasas; trabajadores de mantenimiento dicen que llevan sus propias herramientas a las clínicas; en Campeche denunciaron que compran material médico con su dinero. Y encima les gritamos a ellos.
    Porque uno como derechohabiente llega al consultorio del IMSS después de tres horas de espera y se encabrona con la enfermera porque no hay médicos. Le reclama porque no está su medicamento. Le reclama porque lleva meses esperando una cirugía y la enfermera, después de escuchar todo eso, termina su turno, se quita la bata y sale a protestar porque también ella está hasta la madre de que no haya médicos, medicamentos ni manos suficientes para operar.
    Es un círculo perfecto. Paciente y trabajador están enojados con exactamente la misma entidad, pero como una institución no tiene cara, terminan reclamándose mutuamente. Mientras tanto, el Instituto Mexicano del Seguro Social permanece en algún plano superior de existencia, como Dios, el mercado o Recursos Humanos.
    Y quizá “Dinamarca” ya estaba ahí. Dinamarca era llegar a atenderte y que hubiera un médico, que hubiera material de curación, que tuvieran en almacén el paracetamol que te iban a recetar. En fin, cosas invisibles como que alguien hubiera contratado al anestesiólogo cinco años antes de que tú supieras que ibas a necesitarlo.
    Lo malo de las instituciones cuando funcionan es que parece que no hacen nada. Hasta que un día dejan de funcionar y entonces descubrimos que aquellos pinches escritorios, almacenes, plazas, compras, mantenimientos, turnos y burócratas que parecían un desperdicio eran lo más cerca que íbamos a estar de Dinamarca en este barco semihundido llamado México.
    Quizá esa fue la parte que le entendimos chueco al Licenciado. No nos tocaba construir Dinamarca desde cero con dos mil quinientos pesos: nos tocaba levantar el muro sobre los cimientos que ya estaban firmes. El médico contratado, el almacén surtido, el equipo con mantenimiento, la plaza cubierta, la enfermera —no güera, como las de allá, pero presente— lista en urgencias para cuando fuera menester. Esas cosas aburridísimas que se acumulan durante décadas y que ningún depósito puede invocar de la nada.
    Allá en La Chingada el viejito sigue triste. Confió en nosotros y nos dio todo lo que estaba en sus manos para que termináramos de armarle la Dinamarca de sus sueños y, de nuevo, los que no estuvimos a la altura fuimos nosotros.


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  • El pueblo malo

    10/10/2026 | 5 min
    Algo muy extraño está ocurriendo en América Latina: millones de personas se están levantando una mañana después de un sueño intranquilo y, como le pasó a Gregorio Samsa, se encuentran convertidos en monstruosos fachitos. Ahora le tocó a Brasil.
    Flávio Bolsonaro, hijo de Jair, ganó la primera vuelta presidencial con 47 por ciento de los votos y dejó a Lula, con 45, obligado a disputarle una segunda vuelta. Y ya para no dejar, el bolsonarismo se convirtió en la fuerza individual más grande de ambas cámaras del Congreso.
    El porqué es un misterio.
    Pero no debemos precipitarnos buscando explicaciones sencillas. Decir que una persona cambia su voto, por ejemplo, porque cada vez le cuesta más llenar el carrito del súper es caer en un economicismo vulgar; suponer que alguien está harto de que lo asalten de camino a su escuela o trabajo es comprar el discurso alarmista de la ultraextremaderecha; pensar que los escándalos de corrupción influyen en una elección significa ignorar que la corrupción es un fenómeno complejo que debe analizarse desde una perspectiva histórica, estructural, interseccional y, de preferencia, ya mejor no analizar nunca porque es parte de nuestra picardía letrinoamericana.
    La explicación debe estar en otra parte.
    Porque Brasil no está solo. Argentina, Chile, Ecuador, Bolivia, Panamá, Colombia y Perú han involucionado hacia la derecha en los últimos años, revirtiendo buena parte de aquella hermosa marea guinda que nos ilusionó con la posibilidad de que Letrinoamérica había llegado por fin al lado correcto de la Historia: la zurda verdadera.
    En Argentina surgió una extraña generación de ciudadanos que empezó a preocuparse por la inflación justamente cuando la inflación anual alcanzó un humilde 211.4%. En Colombia apareció de la nada gente obsesionada con los grupos armados, el narcotráfico y la seguridad. En Ecuador desarrollaron la manía reaccionaria de querer disminuir los homicidios. Y en distintos países comenzaron a aparecer esos votantes desquiciados que quieren juzgar a un gobierno por nimiedades como cuánta gente anda comiendo de la basura, si se van a morir en un hospital público cuando llegan a que les curen una gripa o qué probabilidades tienen de volver vivos a casita si llegan después de las nueve de la noche.
    La extrema derecha ha sido muy hábil aprovechándose de esas superficialidades, pero la izquierda letrinoamericana tiene una ventaja intelectual importante: jamás pierde una elección por haber gobernado mal. Cuando gana la izquierda, el pueblo habló; cuando pierde, hay que investigar quién anda sonsacando al pueblo.
    Pudo ser el algoritmo. La desinformación. TikTok. Elon Musk. La injerencia extranjera. Los medios chayoteros. Los evangélicos. Los empresarios fifís. La CIA. Los bots. La posverdad. La guerra cognitiva. Mercurio retrógrado. Todo merece ser investigado antes de cometer la tontería de preguntarle al señor que votó por la derecha por qué chingados votó por la ultraextremaderecha.
    Y quizá estemos ignorando la verdadera causa del fenómeno. América Latina soportó durante décadas que la izquierda estuviera representada por Fidel Castro, Hugo Chávez, Lula, Evo Morales, Rafael Correa, Néstor y Cristina Kirchner, Andrés Manuel López Obrador y Gustavo Petro. Ongres todos. Algunos con barba, algunos con sombrero, algunos con bastón de mando, pero ongres al fin.
    Entonces llegó Claudia Sheinbaum. Una munier. Y el continente, panzón, no soportó. No fue el hambre, la inflación, ni la inseguridad. No fueron los sistemas de salud deteriorados, la infraestructura, la corrupción, los apagones, los impuestos ni el hartazgo de los ciudadanos. Fue el patriarcado.
    Los letrinoamericanos estuvimos dispuestos a soportar el socialismo, el bolivarianismo, el peronismo, el chavismo, el correísmo, el obradorismo y cualquier corriente política que agrupara a toda la pipitilla de chairos rencorosos en un infame -ismo. Pero en cuanto vimos a una honorable munier cargando el estandarte continental de la izquierda dijimos: “No, bueno, tampoco es para tanto”. Argentina se fue con Milei, Chile con Kast, Ecuador con Noboa; Colombia terminó eligiendo a De la Espriella y ahora Brasil está a punto de elegir a otro Bolsonaro. Dejaron sola a mi Claudita. Machismo. No encuentro otra explicación.
    También existe una posibilidad menos sofisticada: quizá los electores estén intentando decir algo. Porque una elección no solamente sirve para escoger al próximo pendejo. También sirve para comunicarle algo al anterior. Y una ideología que interpreta cada victoria como confirmación de sus virtudes y cada derrota como evidencia de una conspiración termina construyendo un sistema perfecto: uno en el que nunca recibe información capaz de obligarla a cambiar. Si ganas, tenías razón. Si pierdes, también.
    Lo único que cambia es qué tanto nos dejamos engañar los pendejos que votamos.


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  • Imagínate vivir en Suiza

    01/10/2026 | 4 min
    Los programas del Bienestar funcionan de maravilla.
    Andan bien ardillas los fachitos, los fifís y todos los enemigos del pópolo cuyo adjetivo empieza con efe, porque trascendió en las redes sociales que un mexicano pasó de mercar pisos, excusados y demás chácharas a vivir en una residencia con alberca en la azotea y vista al lago de Lugano, Suiza, cuya renta mensual ronda los trescientos mil pesos mexicanos.
    Ese prócer se llama Jorge Amílcar Olán Aparicio, un nombre más feo que insultar a tu propia madre, tanto así que se entiende por qué a nadie le sorprendió que estuviera tan dispuesto a prestárselo a los hijos de Andrés Manuel López Obrador para hacer unos negocitos totalmente legales. Si yo me llamara Amílcar Olán, tampoco me pesaría mucho cederlo para que otros lo pongan en contratos de unos cuantos miles de millones de pesos.
    Desde un estricto punto de vista, Amílcar no está prófugo de la justicia. No existe una orden de aprehensión en su contra por parte de la Fiscalía General de la República, ya que las investigaciones periodísticas y las grabaciones difundidas por Latinus no constituyen pruebas en su contra. Así que todo legal, juegue. En términos reales, es sólo un inversionista que gracias a su arduo trabajo para diversificar su tiempo en actividades que van desde vender Avon hasta comerciar balasto para tren, logró salir de la carrera de la rata y dar el salto de Tabasco a Suiza.
    Se hizo canon de golpe uno de los grandes pensamientos filosóficos con los que nuestro pópolo se consuela de vivir en este barco semihundido llamado México: imagínate vivir en Suiza y perderte esto.
    Imagínate despertar frente al lago de Lugano, abrir las cortinas y perderte La mañanera del pueblo. Imagínate desayunar viendo las montañas y perderte la noticia de que volvió a aparecer tu nombre en otro reportaje de Loret. Imagínate vivir en Suiza y enterarte de otro descarrilamiento en alguno de los proyectos ferroviarios en los que participaste.
    Y todo para qué. Ni siquiera estaba disfrutando correctamente Suiza. Según el reportaje de Azteca, no salía a la alberca, no viajaba a esquiar y prácticamente permanecía encerrado; si acaso salía a caminar hasta un parque, sentarse en una banca y hacer llamadas mientras respiraba muy fuerte de una mesa. Te vas a vivir a uno de los países más bonitos del mundo, pagas una casa con vista al lago y terminas haciendo exactamente lo mismo que un señor retirado en una hacienda de Palenque, Chiapas.
    El problema de vivir discretamente despilfarrando millones al mes es que nunca falta el cabrón que toma un avión desde México para buscarte. Eso hizo Irving Pineda, de TV Azteca: según su relato, una llamada “anónima” le dio la dirección, luego viajó hasta Suiza y esperó una semana para dar con Olán. Cuando finalmente se acercó a pedirle una entrevista, el encuentro terminó con un manotazo a la cámara y Olán advirtiendo que llamaría a la policía.
    Es decir, finalmente Amílcar Olán descubrió que es posible creer en las instituciones. En las suizas. Porque qué bonita es la policía cuando llega a tiempo y no trabaja para un cabrón que se cree el dueño del pueblo.
    El nené se molestó, y uno puede entenderlo. Te vas tranquilamente a Suiza para disfrutar del dinero ganado con el sudor de tu frente, haces una vida discreta de costo millonario, te acabas el saldo de tu Amigo de Telcel haciendo llamadas ansiosas junto al lago, y de pronto se aparece un reportero hijo de su tal por cual a amenazar tu paz.
    Lo único malo de vivir como si no hubiera consecuencias es que cuando llegan, siempre te toman por sorpresa. Porque el dinero, la casa, el negocio y la alberca en Lugano sí nos parecen consecuencias naturales de nuestro “trabajo”. Pero el reportero con cámara en mano ya es otra cosa. Si llega el dinero, es natural; si llega el micrófono, son chingaderas.
    Después de que Azteca difundió su ubicación, el medio reportó que Olán dejó la residencia y el inmueble volvió a aparecer disponible para renta. Públicamente no se sabe dónde está ahora. Quizá encontró otro lago más tranquilo. Quizá una banca más cómoda. Quizá finalmente un lugar donde tenga mejor señal para hacer sus llamadas tranquilo.
    Por ahora sólo queda reconocer el éxito de los programas del Bienestar. Ya no necesitas imaginarte vivir en Suiza… los mexicanos estamos prosperando tanto que nos estamos yendo a vivir para allá, aunque sea de uno en uno.


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  • Clara por el mundo

    23/09/2026 | 3 min
    El Licenciado Trump logró hacer América grande otra vez.
    Durante décadas, los mexicanos habíamos viajado a Estados Unidos para comprar cosas que en México no había: que su ropita Calvin Klein, que su teni Nike, que su Compaq Presario con las bocinas empotradas en el monitor… pues Clara Brugada acaba de ir a comprar comunismo.
    Así es. La jefa de Gobierno de la Ciudad de México estuvo en Nueva York, donde participó en una reunión de líderes de distintas ciudades que intercambiaron políticas públicas zurdas. Ahí se encontró con Zohran Mamdani, distinguido africano musulmán, “socialista democrático” confeso y flamante emir de la ciudad de Nueva York.
    Clarita, siempre dicharachera, le explicó cómo funcionan las Utopías, su programa de centros públicos gratuitos donde farmea aura y votos, el cual Mamdani no tuvo más remedio que elogiar. Después de su extenuante día de trabajo, la guatemalteca aprovechó que ya le habían pagado el vuelo rendondo por Volaris para quitarse lo pocopaseada por las calles de Nueva York, donde se subió a un Metro que no se incendia ni se cae, se chingó un jocho de carrito con harta cebollita y cátsun, y llenó sus redes sociales de fotografías del viaje como tu tía cuando por fin la llevan a conocer la playa en Guayabitos.
    Uno pensaría, ¿y qué tiene? Si a la jefa de gobierno de la Ciudad de México se le antoja ir a un tianguis de políticas zurdas, donde intercambiará estampitas de programas sociales con la crema de la crema del comunismo mundial, muy su pedo. Lo que desentona más que Fernando Delgadillo cantando Carta a Francia, es que esto pasó en Nueva York, casa de Wall Street, la Quinta Avenida, el Rockefeller Center, Tiffany, los Yankees, es decir, la capital espiritual del capitalismo.
    En mis tiempos, si querías conocer el comunismo ibas a La Habana. Si querías conocer el capitalismo, ibas a Nueva York. Ya nos quitaron hasta eso.
    Desde el primer mandato de Donald Trump, Latinoamérica podrá haber perdido industrias enteras frente a Estados Unidos, pero hay un sector que pensamos que nunca nos iban a arrebatar: la producción de zurditos. Cuba siempre ha sido la fábrica de comunistas premium. Venezuela se especializó después en producción a gran escala. Argentina manufactura comunistas boutique. Y México mantenía una sólida industria nacional: si necesitábamos un comunista, lo formábamos en la UNAM.
    Éramos potencia.
    Ahora llegaron los gringos y empezaron a producirlos allá. Nueva York eligió como alcalde a un hombre que prometió utilizar el poder del gobierno municipal para ampliar servicios y hacer más asequible la vida en la ciudad. O sea, anda regalando dinero público para asegurar votos, como si fuera el Morena, pero con la ventaja de vivir en un depa de cuatro por cuatro en Nueva York en lugar de San Pedro de los Pinos. Por supuesto que Clara tenía que ir a conocer esa maravilla.
    Lo más bonito es que esto completa una parábola histórica extraordinaria. Estados Unidos pasó más de medio siglo combatiendo al comunismo por todo el planeta —Rusia, Corea, Vietnam, Cuba, Nicaragua—, gastó cantidades obscenas de dinero, y estuvo varias veces a punto de provocar el apocalipsis nuclear para evitar que el comunismo llegara a sus fronteras. Y funcionó: la Unión Soviética desapareció, cayó el Muro de Berlín, Estados Unidos ganó la Guerra Fría, el capitalismo conquistó el planeta, McDonald’s llegó a la Plaza Roja.
    Ahora, apenas unos años después, una gobernante mexicana viaja a Nueva York para intercambiar políticas públicas con un alcalde socialista. Ésa es la verdadera medida de una victoria absoluta: derrotar tan cabrón a tu enemigo que terminas quedándote con su negocio.
    El Licenciado Trump prometió hacer América grande otra vez. Y cumplió. La hizo tan grande que ahora en Nueva York caben perfectamente y sin contradicciones Wall Street y el comunismo.


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  • Mi cuerpo, mis chichotas

    15/09/2026 | 4 min
    El feminismo triunfó.Después de siglos de lucha, las mujeres finalmente pueden disponer de su propio cuerpo e incluso de los cúmulos de células sin alma que crecen dentro de él, porque nadie, ni el Estado, ni la Iglesia, ni el heteropatriarcado opresor, debe tener potestad sobre el cuerpo de una mujer. A menos, por supuesto, que seas Sydney Sweeney y esa potestad sobre tu cuerpo te lleve a la indecencia de enseñar tus prominentes encantos.La actriz ocasionó una emergencia internacional, otra vez, al aparecer prácticamente desnuda —no es queja— en una campaña de Novig, una plataforma de predicciones deportivas. En los anuncios utiliza balones para cubrirse los ídems. Nunca un ovoide había antojado tanto el ovo.Como era de esperarse, la campaña provocó rechinidos de dientes, venas del cuello saltadas y bocas chuecas del coraje entre las mujeres que todavía guardan virtud. La campeona olímpica Ariarne Titmus escribió que la campaña era “una patada en la cara para cada mujer que ha dedicado su vida a perfeccionar su disciplina”, y la gimnasta Gracie Kramer publicó un video de su propia carrera con el mensaje de que así se ve una mujer en el deporte.Es decir, según ellas y las miles de mujeres de huesos anchos que les hicieron eco en internet, Sydney cometió el gravísimo error de ejercer su autonomía corporal sin consultar previamente con las personas encargadas de decidir cómo debe ejercer una mujer su autonomía corporal, que son ellas, desde luego.Porque las de Sydney no son sólo unas jugosas chichotas: son dos monumentos a la emancipación femenina. Cada milímetro de escote es territorio arrebatado al patriarcado. Cada dólar que Sydney factura gracias a ellas es riqueza transferida directamente de la mano pajera de un ongre a la cuenta bancaria de una munier. Sydney Sweeney es, en ese sentido, el culmen de doscientos años de la lucha feminista por la liberación del cuerpo.Es hermana de leche de cada mujer que abrió un OnlyFans y decidió que, si de todas maneras los hombres le iban a pedir unas nudecitas por favor, por lo menos les iba a cobrar dos dólares con noventa y nueve centavos al mes más IVA.Lo malo es que Sydney ni siquiera tuvo la decencia de dejarse explotar correctamente. No es una pobrecita modelo inocente a la que unos marranos ejecutivos obligaron a quitarse la ropa para vender un producto. Ella se incorporó como socia estratégica y accionista de la empresa, y participó desde el inicio en el desarrollo creativo de la campaña. Es decir, utilizó deliberadamente su imagen para aumentar el valor de un negocio del que ella misma es propietaria: es dueña hasta de su propia cosificación.La libertad tiene un terrible lado oscuro: cuando la das de verdad, a veces se utiliza para tomar elecciones muy lejanas a las que tú hubieras preferido.Y el círculo se cerró: ahora una mujer dispone libremente de su cuerpo, gana dinero con él, obtiene participación de la empresa cuya campaña ayudó a diseñar, y aun así las integrantes de la Liga de la Decencia tienen que explicarle por qué no debería tener la libertad de tomar esa decisión, pues reproduce una estructura de dominación que ella, pobrecita güera pendeja, no alcanza a comprender.Y ese es un problema que va mucho más allá de las hermosas mieleras de Sydney Sweeney. Nos encanta la libertad en abstracto; lo que ya no tanto son sus consecuencias: queremos libertad de expresión siempre y cuando la gente diga lo que yo estoy pensando, libertad religiosa mientras crea en los dioses correctos, democracia mientras sigamos votando a la izquierda y autonomía individual siempre y cuando los individuos tomen las decisiones correctas. Queremos seres humanos libres, pero que piensen como yo.Sydney Sweeney no está haciendo retroceder al feminismo, está haciendo algo que las autodenominadas feministas no hacen desde hace mucho tiempo: tomándoselo en serio. Después de todo, la prueba definitiva de que el cuerpo de una mujer le pertenece no es que haga con él lo que nosotros consideramos digno, progresista o liberador, sino que pueda hacer con él exactamente lo que se le dé la gana, incluso si lo que se le da la gana es sacarse las chichotas para vender apuestas deportivas.Si a las feministas contemporáneas les ofende tanto que una mujer decida hacer con su cuerpo lo opuesto a lo que ellas creen que debe decidir, entonces nunca quisieron que esa mujer se apropiara de su cuerpo… sólo querían que cambiara de dueño.


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