En la vida cristiana, la piedad no es un sentimiento pasajero ni un deber religioso estéril. Es el cardio espiritual: el ejercicio continuo y vigoroso de los santos, aquel latido incesante del corazón regenerado que, bajo la soberana gracia del Espíritu Santo, fortalece el carácter, aviva la devoción y produce madurez en Cristo. Como el ejercicio cardiovascular fortalece el músculo del corazón físico, la piedad —entendida como PIEDAD— es el entrenamiento diario que Dios mismo obra en sus hijos para conformarlos a la imagen de su Hijo (Romanos 8:29).
Para el creyente, este ejercicio no es un intento legalista de ganar el favor de Dios, sino la respuesta agradecida de un corazón que ya ha sido transformado.
“Ejercítate para la piedad” (1 Timoteo 4:7). Esta no es una sugerencia decorativa, es un mandato. Así como el cuerpo se marchita sin movimiento, el alma se entumece sin disciplina.
¿Cómo luce la piedad? ¿Cuál es la rutina de los llamados de Dios? Son diversos los ejercicios del alma que un cristiano debe practicar, pero todos buscan el mismo fin; magnificar a Cristo y rendir mente, cuerpo, voluntad, conducta y anhelos a Su Señorío. Seis ejercicios espirituales constituyen la búsqueda y práctica de la piedad:
{P}LENITUD en Cristo
{I}NQUIETUD sin Cristo
{E}SPERANZA prevaleciente
{D}EPENDENCIA del Señorío
{A}MISTAD con Dios
{D}ESPRECIO del mal