Los libros de historia de hace décadas, usaban las abreviaciones A.C. y A.D para ubicar los eventos que relataban, ya sea antes de Cristo o después de Cristo, pero A.D. no coincide con las palabras “después de Cristo” porque proviene de la expresión en latín “anno Domini”, que significa “en el año del Señor” – Así que cada amanecer en este mundo cae bajo el reinado de Aquel que nació en un pesebre y resucitó desde una tumba. No vivimos meramente “después” de Cristo. Vivimos bajo Cristo. Somos súbditos, no cronistas. Y este día —como todos los días— es el año del Señor.
Simeón representa la tensión santa de los fieles del Antiguo Pacto: vivía aún bajo la sombra del A.C., pero con el rostro vuelto hacia el amanecer. Su corazón no latía al ritmo de la cultura romana ni al cansancio del judaísmo farisaico; su corazón latía con esperanza mesiánica. Él esperaba “la consolación de Israel”, como se espera un amanecer en medio de la larga noche.
Y entonces, el alba llegó en forma de un infante. Aquel niño frágil era la Luz del mundo, y Simeón, como un centinela agotado, pudo finalmente rendir su puesto: “Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz...” Su turno terminó. La Guardia había concluido. El Rey había llegado.
Nosotros no vivimos en la era de Simeón. Vivimos en el cumplimiento. La promesa se ha encarnado, la redención ha sido lograda, el Cordero ha sido inmolado y exaltado. Vivimos en la era A.D., “en el año del Señor”. El sol de justicia ha salido, como dijo el profeta Malaquías (4:2), y sus rayos traen sanidad.
Antes de Cristo, los creyentes esperaban la luz. Hoy vivimos por la luz que ha aparecido. Pero también estamos esperando el regreso del Señor.
Pero ¡ay!, cuán fácil es vivir como si aún estuviéramos en la penumbra. Muchos cristianos se comportan como si todavía esperaran la luz, como si Cristo no hubiese vencido, como si aún estuviéramos en el sábado del sepulcro y no en el domingo de resurrección.
¿Esperar al Señor significa que debemos quedarnos quietos? Por supuesto que no. Estaremos obedientemente ocupados cuando él aparezca.
En su venida, veremos lo que hemos creído, y otros verán lo que jamás pudieron creer. La muerte dejará de existir. El dolor desaparecerá. Todas las lágrimas serán enjugadas.
La espera cristiana no es pasividad, es fidelidad. No es resignación, es preparación. No es fuga del mundo, es consagración en el mundo, en espera del retorno del Rey.
Hasta entonces, no dormimos ni desertamos. Somos soldados del Rey. Lloramos con los que lloran, cargamos con los que no pueden andar, reprendemos a los falsos heraldos que predican otro evangelio, y anunciamos el Reino que ya vino y que ha de venir. Cada día en el calendario —lunes o domingo, enero o agosto— pertenece a Cristo.
Y hasta que Jesús venga, seremos leales a él, consolando a los que lloran y aliviando algo del sufrimiento de este mundo.