557 episodios
- La envidia no se vuelve virtud porque la bauticemos con diminutivos: no existe «envidia de la buena». La Escritura la presenta como una disposición corrosiva del corazón que entristece ante el bien ajeno, alimenta el descontento y convierte la bendición del prójimo en motivo de amargura. «El corazón apacible es vida de la carne; mas la envidia es carcoma de los huesos» (Pr. 14:30). La envidia no solamente mira lo que otro tiene; secretamente desearía que no lo tuviera, porque compara, codicia y juzga que Dios ha repartido mal sus dones. Por eso necesita arrepentimiento, no maquillaje lingüístico: frente a la envidia debemos aprender a «gozarnos con los que se gozan» (Ro. 12:15), agradecer la providencia de Dios y recordar que «¿Quién te distingue? ¿o qué tienes que no hayas recibido?» (1 Co. 4:7). El corazón agradecido celebra la gracia de Dios aun cuando esa gracia haya sido derramada sobre otro; el corazón envidioso, en cambio, quisiera que la misericordia divina tuviera cupo limitado, siempre que el privilegiado no sea el prójimo.
- La pereza es uno de esos pecados que hemos aprendido a considerar casi normales: la disfrazamos de cansancio, la llamamos descanso cuando no lo es, y hasta hacemos bromas con ella; pero que un pecado sea común no lo convierte en inocente. La Escritura amonesta al perezoso porque su negligencia revela un corazón que posterga aquello que Dios nos ha encomendado: «El alma del perezoso desea, y nada alcanza; mas el alma de los diligentes será prosperada» (Pr. 13:4). Por eso, debemos rechazar la cómoda costumbre de aplazar lo que requiere prioridad, urgencia y perseverancia. La diligencia cristiana no consiste en vivir afanados, sino en ocupar fielmente el tiempo y las fuerzas que Dios nos concede, atendiendo primero lo que verdaderamente importa y perseverando hasta cumplir nuestro deber. «Todo lo que te viniere a la mano para hacer, hazlo según tus fuerzas» (Ec. 9:10). No llamemos prudencia a nuestra postergación, ni descanso a nuestra negligencia: cuando Dios nos llama a actuar, la fidelidad también se demuestra levantándonos y haciendo aquello que corresponde.
- El orgullo nos hace levantar la mirada sobre nosotros mismos, como si fuéramos suficientes, sabios y dignos de gloria; pero la cruz de Cristo derriba toda altivez y deja al descubierto la miseria de nuestro pecado. Allí contemplamos al Santo humillándose hasta lo sumo, llevando sobre sí la culpa de hombres soberbios y rebeldes. ¿De qué podemos gloriarnos delante de un Salvador crucificado por nuestros pecados? La cruz nos recuerda que no fuimos salvados por nuestros méritos, nuestra justicia ni nuestra dignidad, sino únicamente por la gracia. Por eso debemos abandonar toda arrogancia y aprender a decir con Pablo: «Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo» (Gál. 6:14). Ante la cruz, el orgullo pierde su corona, el ego queda sin argumentos y el pecador aprende nuevamente a inclinarse; porque «Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes» (Stg. 4:6).
- El Hijo amado del Padre terminó condenado como si fuera el peor de los pecadores. Aquel en quien el Padre se complacía (Mt. 3:17), el Santo, Justo e Inocente, fue llevado ante el tribunal, acusado, despreciado y finalmente sentenciado a muerte. Pero aquí resplandece el misterio glorioso del evangelio: Cristo no fue condenado por sus propios pecados, sino por los nuestros. «Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros» (Is. 53:6), y «al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado» (2 Co. 5:21). El Justo ocupó el lugar de los injustos; el Bendito cargó nuestra maldición; el Hijo amado recibió la condena que nosotros merecíamos. El madero no fue un accidente de la historia, sino el altar donde el Cordero voluntariamente entregó su vida por su pueblo. ¡Qué abismo de gracia! El Hijo amado fue condenado para que los condenados pudieran ser recibidos como hijos amados. Por eso, nuestra salvación no descansa en que Dios haya ignorado nuestra culpa, sino en que Cristo la asumió y satisfizo perfectamente la justicia divina. «Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición» (Gá. 3:13). La cruz, entonces, no minimiza nuestro pecado: revela cuán terrible era nuestra culpa y cuán inmensa es la gracia que nos alcanzó en Cristo.
- Con frecuencia decimos: «Cristo nos libró del pecado». Y lo decimos correctamente. Pero quizá lo repetimos con tanta facilidad que hemos dejado de estremecernos ante lo que realmente significa.
Porque para comprender la grandeza de nuestra salvación necesitamos recordar primero la gravedad de aquello de lo que Cristo vino a librarnos.
El pecado no es simplemente un error, una debilidad moral, una mala decisión o una imperfección de carácter. El pecado es rebelión contra el Dios santo. Es desprecio de su autoridad, transgresión de su ley y culpa delante de su justicia. «La paga del pecado es muerte» (Romanos 6:23). Y esa sentencia no es una exageración divina: es la justa respuesta del Dios infinitamente santo frente a la criatura que se levanta contra Él.
Por eso, cuando miramos al Calvario, no deberíamos ver solamente a un hombre bueno siendo injustamente ejecutado. Debemos contemplar algo infinitamente más profundo: al Cordero de Dios cargando con la culpa de su pueblo.
«Mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros» (Isaías 53:6).
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