555 episodios
- El orgullo nos hace levantar la mirada sobre nosotros mismos, como si fuéramos suficientes, sabios y dignos de gloria; pero la cruz de Cristo derriba toda altivez y deja al descubierto la miseria de nuestro pecado. Allí contemplamos al Santo humillándose hasta lo sumo, llevando sobre sí la culpa de hombres soberbios y rebeldes. ¿De qué podemos gloriarnos delante de un Salvador crucificado por nuestros pecados? La cruz nos recuerda que no fuimos salvados por nuestros méritos, nuestra justicia ni nuestra dignidad, sino únicamente por la gracia. Por eso debemos abandonar toda arrogancia y aprender a decir con Pablo: «Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo» (Gál. 6:14). Ante la cruz, el orgullo pierde su corona, el ego queda sin argumentos y el pecador aprende nuevamente a inclinarse; porque «Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes» (Stg. 4:6).
- El Hijo amado del Padre terminó condenado como si fuera el peor de los pecadores. Aquel en quien el Padre se complacía (Mt. 3:17), el Santo, Justo e Inocente, fue llevado ante el tribunal, acusado, despreciado y finalmente sentenciado a muerte. Pero aquí resplandece el misterio glorioso del evangelio: Cristo no fue condenado por sus propios pecados, sino por los nuestros. «Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros» (Is. 53:6), y «al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado» (2 Co. 5:21). El Justo ocupó el lugar de los injustos; el Bendito cargó nuestra maldición; el Hijo amado recibió la condena que nosotros merecíamos. El madero no fue un accidente de la historia, sino el altar donde el Cordero voluntariamente entregó su vida por su pueblo. ¡Qué abismo de gracia! El Hijo amado fue condenado para que los condenados pudieran ser recibidos como hijos amados. Por eso, nuestra salvación no descansa en que Dios haya ignorado nuestra culpa, sino en que Cristo la asumió y satisfizo perfectamente la justicia divina. «Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición» (Gá. 3:13). La cruz, entonces, no minimiza nuestro pecado: revela cuán terrible era nuestra culpa y cuán inmensa es la gracia que nos alcanzó en Cristo.
- Con frecuencia decimos: «Cristo nos libró del pecado». Y lo decimos correctamente. Pero quizá lo repetimos con tanta facilidad que hemos dejado de estremecernos ante lo que realmente significa.
Porque para comprender la grandeza de nuestra salvación necesitamos recordar primero la gravedad de aquello de lo que Cristo vino a librarnos.
El pecado no es simplemente un error, una debilidad moral, una mala decisión o una imperfección de carácter. El pecado es rebelión contra el Dios santo. Es desprecio de su autoridad, transgresión de su ley y culpa delante de su justicia. «La paga del pecado es muerte» (Romanos 6:23). Y esa sentencia no es una exageración divina: es la justa respuesta del Dios infinitamente santo frente a la criatura que se levanta contra Él.
Por eso, cuando miramos al Calvario, no deberíamos ver solamente a un hombre bueno siendo injustamente ejecutado. Debemos contemplar algo infinitamente más profundo: al Cordero de Dios cargando con la culpa de su pueblo.
«Mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros» (Isaías 53:6). - Hay algo particularmente decepcionante en esos intercambios de regalos en los que uno pone verdadero empeño y termina recibiendo cualquier cosa. Uno escoge algo bueno, quizá costoso, útil o especialmente pensado para la persona que lo recibirá. Lo envuelve con cuidado, lo entrega con alegría y espera, al menos, una cierta reciprocidad. Pero entonces llega nuestro turno: abrimos el paquete y descubrimos algo de segunda mano, algo barato, algo que parece haber sido comprado cinco minutos antes de la reunión… o, en el peor de los casos, algo que uno sospecha que estaba destinado al bote de basura. La sonrisa se vuelve diplomática, el “¡qué bonito!” se convierte en una pequeña obra de teatro y por dentro pensamos: “Yo sí me esforcé”. Porque todos quisiéramos un intercambio parejo: dar algo bueno y recibir algo bueno; entregar algo valioso y recibir algo de valor semejante. La reciprocidad nos parece justa.
Pero en el Calvario ocurrió el intercambio más disparejo de toda la historia. Y, paradójicamente, precisamente en esa absoluta desigualdad se encuentra la gloria del evangelio.
Cristo dio algo cuyo valor jamás podremos calcular. No entregó simplemente una cosa que poseía; se entregó a sí mismo. El Hijo eterno de Dios, aquel por medio de quien fueron creadas todas las cosas, tomó nuestra naturaleza, habitó entre nosotros y caminó voluntariamente hacia la cruz. “Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros” (Efesios 5:2). No entregó las sobras de su gloria, ni una fracción de su dignidad, ni algo que le resultara prescindible. Se dio completamente. “El cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2:20). El regalo de Cristo no fue algo que pudiera separarse de su persona: fue su propia vida, su propia sangre, su propia obediencia, su propio cuerpo quebrantado bajo el juicio de Dios. Pedro lo expresa con una precisión estremecedora: fuimos rescatados “no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación” (1 Pedro 1:18-19).
Ahora bien, si quisiéramos describir este intercambio desde una perspectiva humana, podríamos decir que Cristo lo dio todo y nosotros no dimos absolutamente nada - Pero el intercambio fue todavía más profundo y más terrible - Porque nosotros sí llevamos algo al Calvario. No llevamos una ofrenda digna. No llevamos méritos. No llevamos buenas obras suficientes para equilibrar la balanza. No llevamos una vida moralmente aceptable que pudiera presentarse delante de Dios como parte de pago. Llevamos nuestro pecado. Llevamos nuestra culpa. Llevamos nuestra condenación. Llevamos nuestra maldición.
Y Cristo la recibió - Cristo ocupó nuestro lugar bajo el juicio que nosotros merecíamos. “Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados” (Isaías 53:5). El profeta no presenta la cruz como una simple demostración sentimental del amor de Dios, ni como un ejemplo inspirador de sacrificio altruista. Presenta al Siervo cargando aquello que pertenecía a otros. “Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros” (Isaías 53:6).
Ese es el intercambio disparejo: nuestra culpa fue puesta sobre Cristo y su justicia es puesta sobre nosotros. Nuestro pecado fue imputado a Él y su justicia es imputada al creyente. Nosotros recibimos lo que Él merece; Él soportó lo que nosotros merecíamos. Nosotros recibimos aceptación; Él experimentó rechazo. Nosotros recibimos paz; Él soportó el castigo. Nosotros recibimos vida; Él entregó la suya. Nosotros recibimos bendición; Él se hizo maldición por nosotros. - Cristo tomó nuestro lugar: el Justo murió por los injustos, cargando sobre sí la culpa que nos correspondía y recibiendo en la cruz el juicio que merecíamos, para que nosotros, unidos a Él por la fe, recibiéramos la justicia que no podíamos producir. “Mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros” (Isaías 53:6). Esta es la gloria de la sustitución penal: Cristo ocupó nuestro lugar para que nosotros pudiéramos ocupar, por gracia, el lugar de los reconciliados con Dios. Él fue condenado para que nosotros fuéramos justificados; murió para que nosotros viviéramos; fue hecho pecado por nosotros “para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Corintios 5:21). De tal manera ama Dios: que no salvó al pecador a costa de ignorar la justicia, sino satisfaciendo la justicia en la cruz de su amado Hijo.
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