unaVidaReformada

samuel hernández clemente
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    Hemos visto su luz

    03/2/2026 | 32 min
    Los libros de historia de hace décadas, usaban las abreviaciones A.C. y A.D para ubicar los eventos que relataban, ya sea antes de Cristo o después de Cristo, pero A.D. no coincide con las palabras “después de Cristo” porque proviene de la expresión en latín “anno Domini”, que significa “en el año del Señor” – Así que cada amanecer en este mundo cae bajo el reinado de Aquel que nació en un pesebre y resucitó desde una tumba. No vivimos meramente “después” de Cristo. Vivimos bajo Cristo. Somos súbditos, no cronistas. Y este día —como todos los días— es el año del Señor.
    Simeón representa la tensión santa de los fieles del Antiguo Pacto: vivía aún bajo la sombra del A.C., pero con el rostro vuelto hacia el amanecer. Su corazón no latía al ritmo de la cultura romana ni al cansancio del judaísmo farisaico; su corazón latía con esperanza mesiánica. Él esperaba “la consolación de Israel”, como se espera un amanecer en medio de la larga noche.
    Y entonces, el alba llegó en forma de un infante. Aquel niño frágil era la Luz del mundo, y Simeón, como un centinela agotado, pudo finalmente rendir su puesto: “Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz...” Su turno terminó. La Guardia había concluido. El Rey había llegado.
    Nosotros no vivimos en la era de Simeón. Vivimos en el cumplimiento. La promesa se ha encarnado, la redención ha sido lograda, el Cordero ha sido inmolado y exaltado. Vivimos en la era A.D., “en el año del Señor”. El sol de justicia ha salido, como dijo el profeta Malaquías (4:2), y sus rayos traen sanidad.
    Antes de Cristo, los creyentes esperaban la luz. Hoy vivimos por la luz que ha aparecido. Pero también estamos esperando el regreso del Señor.
    Pero ¡ay!, cuán fácil es vivir como si aún estuviéramos en la penumbra. Muchos cristianos se comportan como si todavía esperaran la luz, como si Cristo no hubiese vencido, como si aún estuviéramos en el sábado del sepulcro y no en el domingo de resurrección.
    ¿Esperar al Señor significa que debemos quedarnos quietos? Por supuesto que no. Estaremos obedientemente ocupados cuando él aparezca.
    En su venida, veremos lo que hemos creído, y otros verán lo que jamás pudieron creer. La muerte dejará de existir. El dolor desaparecerá. Todas las lágrimas serán enjugadas.
    La espera cristiana no es pasividad, es fidelidad. No es resignación, es preparación. No es fuga del mundo, es consagración en el mundo, en espera del retorno del Rey.
    Hasta entonces, no dormimos ni desertamos. Somos soldados del Rey. Lloramos con los que lloran, cargamos con los que no pueden andar, reprendemos a los falsos heraldos que predican otro evangelio, y anunciamos el Reino que ya vino y que ha de venir. Cada día en el calendario —lunes o domingo, enero o agosto— pertenece a Cristo.
    Y hasta que Jesús venga, seremos leales a él, consolando a los que lloran y aliviando algo del sufrimiento de este mundo.
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    orienta bien tus días

    30/1/2026 | 31 min
    Orientar bien nuestros días es un acto de sabiduría espiritual y de honesta rendición delante de Dios. No vivimos al azar ni para fines pequeños; fuimos creados para la gloria de Dios y llamados a vivir con ese fin claramente delante de los ojos (1 Co 10:31). Sin embargo, con facilidad ordenamos la agenda del año y descuidamos el rumbo de la eternidad. Hacemos planes, trazamos metas y organizamos el tiempo, pero la Escritura nos confronta con una pregunta más profunda: “Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría” (Sal 90:12). Contar bien los días no es llenarlos de actividad, sino orientarlos hacia su propósito eterno. Y esa orientación comienza reconociendo que dependemos cada mañana de la misericordia y la gracia de Cristo, sin las cuales todo esfuerzo se vacía. Aunque no planeamos arruinar la vida, debemos preguntarnos con sobriedad qué medidas concretas estamos tomando para no hacerlo: qué lugar ocupa la Palabra, cuán seriamente cultivamos la oración, cuán vigilantes somos con el corazón y cuán dispuestos estamos a vivir para la gloria de Dios. Ordenar bien las prioridades no es un acto ocasional, sino una disciplina diaria que nos guarda, nos forma y nos conduce, paso a paso, hacia el fin para el cual fuimos creados.
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    Un día a la vez, con Cristo

    28/1/2026 | 37 min
    Hazme saber, Jehová, mi fin, Y cuánta sea la medida de mis días; Sepa yo cuán frágil soy. He aquí, diste a mis días término corto, Y mi edad es como nada delante de ti; Ciertamente es completa vanidad todo hombre que vive. Ciertamente como una sombra es el hombre; Ciertamente en vano se afana; Amontona riquezas, y no sabe quién las recogerá. Y ahora, Señor, ¿qué esperaré? Mi esperanza está en ti. (Salmo 39:4-7)
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    Llamados, elegidos y santos

    16/1/2026 | 31 min
    El Dios soberano ha redimido por su sola gracia a un pueblo; eligiendo según su beneplácito y autoridad a quienes él quiso; no por obras ni por méritos, sino misericordiosamente por los méritos de Cristo; justificándoles y adoptándoles en unión con el Unigénito de Dios; para alabanza de la gloria de su gracia. Pero ¿Cómo es evidente esa elección y llamamiento? ¿Cuál es la señal de aquellos llamados y elegidos? Pues bien, la fidelidad es esa señal – los redimidos de Cristo se mantendrán creciendo, avanzando y luchando contra el pecado, en oposición al mundo y en obediencia a Cristo. Los que son llamados y elegidos, serán por tanto fieles.
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    Único DIGNO de honor y gloria

    14/1/2026 | 36 min
    Cristo, el Hijo eterno hecho carne, se nos presenta en las Escrituras como el único absolutamente digno de todo lo que el corazón humano puede y debe rendir. A Él le corresponde el temor santo; asombro reverente y sumisión sin reservas - ante Aquel que “tiene las llaves de la muerte y del Hades” (Ap. 1:18); a él debemos toda reverencia, porque en Él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad (Col. 2:9); a él hemos de entregar toda nuestra confianza, ya que “el que no escatimó ni a su propio Hijo” jamás nos fallará en sus promesas (Ro. 8:32); solo a él debemos todo sometimiento, porque Dios lo exaltó hasta lo sumo y “toda rodilla se doblará” delante de su señorío (Fil. 2:9–11); y él ha de ser el objeto de nuestro aprecio, pues Él es el tesoro escondido por el cual vale la pena perderlo todo y, en realidad, no perder nada (Mt. 13:44). “Cristo no es valorado hasta que es valorado sobre todo”. Por eso, nuestra devoción no se reparte ni se negocia; se rinde, se postra y descansa únicamente en Él, el Cordero que fue inmolado y que vive para siempre, digno de temor, reverencia, confianza, sometimiento y amor sin reservas.

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