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samuel hernández clemente
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  • unaVidaReformada

    Al abrigo del ALTÍSIMO

    05/11/2026 | 46 min
    Leí por ahí que la frase «no temas» aparece exactamente 365 veces en la Biblia, como si Dios hubiera repetido este consuelo una vez por cada día del año. Suena bonito, tierno y hasta poético; sin embargo, no es verdad. La expresión «no temas» no aparece 365 veces en las Escrituras. ¿Y sabes qué? ¡No necesitas que Dios te repita 365 veces algo para que sea significativo, verdadero y digno de confianza! Basta con que Dios nos diga una sola vez: «No temas, porque yo estoy contigo» (Isaías 41:10), para tener garantía suficiente de su cuidado y de su abrigo protector.
    Nuestro problema no es que Dios haya hablado poco, sino que nosotros olvidamos con demasiada facilidad lo que ya nos ha dicho. Nos asustamos ante lo inesperado, nos angustiamos por lo que podría suceder y nos llenamos de temor frente a circunstancias que no podemos controlar. A veces sufrimos anticipadamente por problemas que todavía no existen, cargamos con responsabilidades que no nos corresponden y pretendemos resolver mañana con las fuerzas de hoy. ¡Qué agotador resulta intentar ocupar el lugar de la providencia divina!
    El cuidado de Dios nos ayuda a lidiar con el miedo porque nos recuerda quién gobierna sobre aquello que nos atemoriza. Nuestra vida no está sometida al azar, nuestros días no están a merced de la suerte y nuestro futuro no depende de nuestra capacidad para anticipar todos los acontecimientos. Nuestro Padre celestial conoce nuestras necesidades, escucha nuestras oraciones y gobierna soberanamente todas las cosas para el bien de quienes le aman (Romanos 8:28). Por eso, podemos llevar nuestras preocupaciones delante de Él, presentando nuestras peticiones con oración y acción de gracias, confiando en que su paz guardará nuestros corazones y pensamientos en Cristo Jesús (Filipenses 4:6-7).
    No confundamos, sin embargo, el amparo de Dios con un placebo religioso ni con una dosis de optimismo sentimental. No se trata de repetirnos que todo saldrá bien, cerrar los ojos ante la realidad o convencernos de que somos suficientemente fuertes para soportarlo todo. ¡Nuestra esperanza no está en nuestra fortaleza emocional, sino en la fidelidad del Dios todopoderoso! Su protección es una realidad sustentada en sus promesas, su providencia y su inmutable carácter. Él nos guarda, nos sostiene y nos hace vivir confiados, incluso cuando las circunstancias no son favorables y nuestras emociones parecen desbordarse.
    Por supuesto, esto no significa que nunca experimentaremos ansiedad o temor. Significa que no tenemos que permitir que esas emociones gobiernen nuestra vida. Podemos reconocer nuestras debilidades, buscar ayuda sabia, tomar decisiones responsables y, sobre todo, aprender a echar nuestra ansiedad sobre el Señor, porque Él tiene cuidado de nosotros (1 Pedro 5:7).
    Así que, cuando el miedo toque a nuestra puerta, recordemos quién habita nuestro refugio. Cuando la incertidumbre nos robe la tranquilidad, recordemos quién sostiene nuestro futuro. Y cuando la ansiedad nos haga sentir desprotegidos, volvamos a las promesas de Aquel que nunca duerme ni se descuida de los suyos (Salmo 121:3-4).
    No necesitamos 365 recordatorios para confiar en Dios; necesitamos creer en el Dios que permanece fiel los 365 días del año. Su palabra es suficiente, su poder es infinito y su cuidado es constante.
    No temas. El Altísimo te abriga. No porque el mundo sea seguro, sino porque tu Dios es soberano; no porque tengas el control de tu vida, sino porque estás en las manos de quien gobierna todas las cosas. ¡Podemos descansar: nuestro Padre celestial no ha perdido el control ni por un instante!
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    Sin miedo al ÉXITO, ni al sepulcro

    03/11/2026 | 45 min
    «Sin miedo al éxito» es una expresión popular que suele utilizarse para animarnos a perseguir nuestros sueños, asumir riesgos y atrevernos a alcanzar aquello que nos proponemos. Sin embargo, para el cristiano, el éxito tiene una definición muy distinta. No consiste necesariamente en alcanzar reconocimiento, acumular logros, conquistar posiciones o disfrutar de una vida prolongada y próspera. El verdadero éxito consiste en llegar al final de nuestra carrera habiendo permanecido fieles a Cristo, dependiendo de su gracia y perseverando en la fe.
    Pablo lo entendía perfectamente cuando escribió: «Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia» (Filipenses 1:21). Esta declaración no es una expresión de resignación ante la muerte, sino una confesión de confianza en Cristo. Vivir es una oportunidad para servirle, glorificarle y dar testimonio de su gracia; morir, en cambio, significa estar con Él, lo cual es muchísimo mejor (Filipenses 1:23).
    Por eso, el cristiano no necesita tener miedo al éxito, pero tampoco necesita vivir aterrorizado ante la posibilidad del fracaso, la pérdida o la muerte. Nuestra esperanza no descansa en que todo salga como lo planeamos, sino en que Cristo cumplirá su propósito en nosotros. El éxito de nuestra vida no se mide por cuántos años conseguimos añadirle, sino por la fidelidad con la que caminamos delante de Dios durante los años que Él nos concede. Como Pablo, anhelamos poder decir al final: «He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe» (2 Timoteo 4:7).
    Esto también transforma nuestra manera de enfrentar la muerte. No significa que debamos despreciar la vida, ignorar el dolor de la despedida o fingir que morir no produce tristeza. La muerte sigue siendo el último enemigo (1 Corintios 15:26), una consecuencia del pecado y una realidad dolorosa. Sin embargo, para quienes están en Cristo, su aguijón ha sido vencido. La muerte ya no tiene la última palabra, porque nuestro Salvador murió y resucitó para asegurarnos la vida eterna.
    Por tanto, morir en Cristo significa el cese de nuestros sufrimientos terrenales y el comienzo de una dicha incomparable en su presencia, mientras aguardamos la resurrección de nuestros cuerpos y la consumación de nuestra redención. Nuestra esperanza no termina en la existencia incorpórea del alma, sino que apunta a aquel día en que «esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad» (1 Corintios 15:53).
    Así que, sin miedo al éxito: corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de nuestra fe (Hebreos 12:1-2). Seamos fieles en la vida, perseverantes en la adversidad y confiados ante la muerte. No sabemos cuándo terminará nuestra carrera, pero sí sabemos quién nos espera al final de ella.
    Porque nuestro mayor éxito no es conseguir que la vida nunca termine, sino llegar al final habiendo vivido y muerto en Cristo. Y si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así pues, sea que vivamos, o que muramos, del Señor somos (Romanos 14:8).
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    Cada quien con sus TRAUMAS

    27/10/2026 | 44 min
    «En el día que temo, yo en ti confío» (Salmo 56:3).
    «No seas infantil», decimos cuando alguien manifiesta temor o se muestra reservado ante aquello que le asusta, como si crecer nos librara de los miedos. «No seas exagerado», reprochamos a quien teme cosas que nos parecen insignificantes, como si nuestros propios miedos y fobias fueran siempre razonables.
    La verdad es que todos tenemos nuestra propia lista de experiencias dolorosas, heridas y temores que nos enseñaron a estar alerta. Algunos miedos parecen desproporcionados para quienes los observan, pero no por eso debemos burlarnos de quienes los experimentan. No todos hemos vivido lo mismo, ni reaccionamos de la misma manera ante las mismas circunstancias. ¡Cada quien tiene su historia!
    Sin embargo, el problema no consiste simplemente en tener miedo, sino en buscar refugio en remedios equivocados: el control excesivo, la evasión, la autosuficiencia o la búsqueda desesperada de seguridad en cosas que no pueden garantizárnosla. Podemos comprender nuestros temores sin convertirlos en nuestros señores. Solo Cristo tiene el poder y la ternura necesarios para sostenernos en medio de ellos.
    Cuando Jesús dice: «No temáis» (Mateo 14:27), sus palabras no son una simple frase motivacional para hacernos sentir mejor. Nos llaman a confiar en quien tiene autoridad sobre aquello que nos aterroriza. No significa que nunca sufriremos ni que todas nuestras circunstancias cambiarán inmediatamente, sino que jamás estaremos fuera de su soberano cuidado. Nuestro Salvador no es indiferente a nuestras angustias: conoce nuestra debilidad y nos invita a descansar en él.
    Por eso, aprendamos a tratar con misericordia los temores ajenos y con fe los nuestros. No ridiculicemos las heridas de otros, pero tampoco permitamos que nuestras heridas gobiernen nuestra vida. El miedo puede ser parte de nuestra historia, pero Cristo debe ser el fundamento de nuestra confianza. Cada quien tendrá sus temores; nosotros tenemos un Salvador que permanece fiel.
  • unaVidaReformada

    Miedo del BUENO

    22/10/2026 | 48 min
    MIEDO DEL BUENO
    Si el principio de la sabiduría es el temor del Señor (Proverbios 9:10), si la advertencia constante contra el pecado es la justa ira divina (Romanos 1:18) y si el llamado al arrepentimiento nos conduce a la salvación (Hechos 3:19), entonces debemos reconocer que existe un miedo razonable y necesario: el que nos hace tomar en serio la santidad de Dios, la gravedad de nuestro pecado y las consecuencias de su justo juicio. No todo miedo es malo; hay un miedo del bueno que nos despierta de nuestra indiferencia, derriba nuestra falsa seguridad y nos lleva a buscar refugio donde verdaderamente podemos encontrarlo: en Jesucristo. No se trata de huir de Dios, sino de reconocer nuestra condición y correr hacia Cristo, quien llevó sobre sí la condenación que merecíamos para reconciliarnos con el Padre. El temor del juicio puede despertarnos de nuestro entenebrecimiento, la preocupación por nuestra eternidad resulta provechosa, pues nos conduce a Cristo - Por tanto, no despreciemos las advertencias divinas ni endurezcamos nuestro corazón; permitamos que la verdad de nuestra culpa nos lleve al arrepentimiento y que el arrepentimiento nos conduzca, por la fe, a Cristo, nuestra única esperanza, paz y salvación (Romanos 5:1; 8:1).
  • unaVidaReformada

    Tengo MIEDO

    21/10/2026 | 55 min
    El miedo apareció inmediatamente después de la caída: «Tuve miedo, y me escondí» (Génesis 3:10). El pecado nos llevó a experimentar el miedo ante nuestra propia maldad y el justo castigo que sobrevino a causa de ella. Es bueno y necesario temer a Dios con reverencia; pero, en su gracia, Dios quiere ser también nuestra paz, reconciliándonos consigo mismo por medio de Jesucristo. Así, quienes antes teníamos motivos para escondernos de su presencia, ahora podemos acercarnos a Él con confianza, sabiendo que en Cristo hemos recibido perdón y salvación. Esto no significa que dejaremos de experimentar temor, sino que ya no tenemos que vivir esclavizados a él. Por eso podemos declarar con fe: «En el día que temo, yo en ti confío» (Salmo 56:3). Allí donde el pecado trajo condenación, la gracia nos ofrece reconciliación; allí donde el miedo nos hizo escondernos, el amor de Dios nos invita a acercarnos a Él. Aprendamos, pues, a enfrentar nuestros temores confiando en el carácter, las promesas y la soberanía de nuestro Señor, quien, habiéndonos reconciliado consigo mismo por medio de Cristo, es nuestra paz.
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