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- EL RESPLANDOR DE LA GLORIA, CUBIERTO DE TINIEBLAS.
Hay una frase en el relato de la crucifixión que debería estremecernos cada vez que la leemos: «Desde la hora sexta hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena» (Mateo 27:45). Aquello no fue un eclipse, tampoco una anomalía atmosférica, ni es un detalle dramático del paisaje. En la Escritura, las tinieblas aparecen repetidamente como imagen del juicio divino, de la visitación de Dios contra el pecado. Amós había anunciado: «Haré que se ponga el sol a mediodía, y cubriré de tinieblas la tierra en el día claro» (Amós 8:9); y Sofonías describe el día del Señor como «día de tinieblas y de oscuridad» (Sofonías 1:15).
Por eso, cuando el Hijo de Dios está clavado en el madero y hubo tinieblas, el Calvario nos está mostrando algo mucho más profundo que oscuridad física: el juicio que nosotros merecíamos estaba cayendo sobre Él. El Justo estaba ocupando el lugar de los injustos. El Santo estaba siendo tratado como culpable. El que no conoció pecado fue hecho pecado por nosotros, «para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él» (2 Corintios 5:21).
Isaías lo había visto siglos antes: «Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros» (Isaías 53:6). Cristo no murió solamente por nosotros en el sentido de beneficio; murió en nuestro lugar, como nuestro Sustituto. «Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él» (Isaías 53:5). Las tinieblas que cubrieron aquella tierra eran, por así decirlo, el telón solemne detrás del cual el Hijo estaba bebiendo la copa de la ira que correspondía a sus elegidos.
Y aquí está la gloria del evangelio: las tinieblas fueron sobre Él para que la luz pudiera venir sobre nosotros. Él entró en nuestra condenación para sacarnos de ella; descendió a nuestra miseria para levantarnos a la gracia; llevó nuestro pecado para darnos su justicia. Por eso Pedro puede decir que Dios «nos llamó de las tinieblas a su luz admirable» (1 Pedro 2:9).
En el Calvario no venció la oscuridad. La Luz venció entrando voluntariamente en las tinieblas. El juicio cayó sobre el Sustituto, y por eso ya no hay condenación para los que están en Cristo Jesús (Romanos 8:1).
Hubo tinieblas sobre la tierra; pero fue allí, precisamente allí, donde comenzó a amanecer para nosotros. - Daniel 4 nos conduce hasta una verdad majestuosa: los reinos de los hombres no son eternos, pero el Reino de Dios sí lo es. La imagen que aparece en la visión de Nabucodonosor —la gran estatua que representa la sucesión de los grandes poderes humanos— termina pulverizada ante la intervención de Dios. Aquello que parecía sólido, monumental e invencible queda reducido a polvo. Y esta escena nos recuerda que toda grandeza humana tiene fecha de caducidad cuando pretende ocupar el lugar que únicamente corresponde al Rey eterno. Los imperios levantan estatuas, escriben sus nombres en piedra y se imaginan indispensables; Dios, en cambio, sopla sobre ellos y demuestra que la historia nunca estuvo en manos de los hombres.
Y es aquí donde podemos volver a la pregunta de Juan: «¿Eres tú el que había de venir, o esperamos a otro?» La respuesta se encuentra en la Roca que destruye la estatua. Daniel 2 —aunque el capítulo 4 reafirma el mismo señorío soberano de Dios sobre Nabucodonosor— describe esa Roca «cortada, no con mano» que golpea los pies de la estatua y desmenuza todos los reinos, hasta convertirse en un gran monte que llena toda la tierra (Dn. 2:34-35). Esa Roca representa el Reino que Dios mismo establece y que jamás será destruido (Dn. 2:44). Y cuando llegamos al Nuevo Testamento, descubrimos que Cristo es presentado precisamente como la Piedra, la Roca sobre la cual Dios establece su obra definitiva: «La piedra que desecharon los edificadores ha venido a ser cabeza del ángulo» (Mt. 21:42).
Cristo es la Roca eterna porque Él no pertenece a la categoría de los poderes pasajeros de este mundo. Su Reino «no es de este mundo» (Jn. 18:36), pero esto no significa que sea irrelevante para el mundo. Significa que su origen, naturaleza y autoridad no proceden de este sistema caído. Su Reino viene de Dios y, precisamente por eso, reclama autoridad sobre todos los mundos: sobre el mundo visible y el invisible, sobre las naciones y los individuos, sobre la historia y la eternidad, sobre la vida y la muerte. «Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra» (Mt. 28:18). Cristo no vino para solicitar una pequeña parcela religiosa dentro de la realidad humana; vino como Soberano Señor de los mundos. - Juan el Bautista preguntó si Jesús era realmente Aquel que vendría. En Daniel 7 encontramos una de las respuestas más majestuosas de todo el Antiguo Testamento. El profeta contempla «uno como hijo de hombre, que vino hasta el Anciano de días» y recibe «dominio, gloria y reino» (Dn. 7:13-14). No aparece aquí un gobernante más entre los gobernantes de la historia, sino el Rey cuyo dominio trasciende todos los imperios humanos. Daniel había visto levantarse las grandes potencias representadas por las bestias: Babilonia, Persia, Grecia y Roma; reinos impresionantes, violentos y pasajeros, que parecían invencibles mientras ocupaban el escenario de la historia, pero que finalmente fueron derribados. Frente a ellos aparece el Hijo del Hombre: no una bestia, sino un hombre; no un tirano entre tiranos, sino el Rey legítimo que recibe del Padre un reino que «no será destruido» (Dn. 7:14).
El evangelio proclama LA GRANDEZA DE CRISTO: Él no vino simplemente a ofrecer una alternativa espiritual; vino proclamando un Reino. Su primera predicación fue: «El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio» (Mr. 1:15). El evangelio no nos invita únicamente a admirar a Jesús como una figura religiosa inspiradora. Nos anuncia que el Rey ha venido. Y cuando llega el Rey, la respuesta apropiada de sus súbditos no puede ser la indiferencia. Su Reino demanda rendición, porque Él tiene toda autoridad; demanda lealtad, porque no podemos servir simultáneamente al Rey y a nuestros ídolos; y demanda admiración, porque jamás hubo ni habrá un Rey semejante.
Cristo no compite con los reinos de este mundo como si fuera simplemente otro candidato a ocupar un trono. Él está por encima de todos ellos. Los imperios tienen fronteras, fechas de nacimiento y fechas de defunción; el Reino de Cristo no tiene fecha de caducidad. Babilonia cayó. Persia cayó. Grecia cayó. Roma cayó. Los grandes poderes políticos de cada generación terminan convertidos en capítulos de un libro de historia, mientras el Hijo del Hombre permanece. «Su dominio es dominio eterno, que nunca pasará» (Dn. 7:14). Los hombres levantan monumentos para recordar a sus reyes; Cristo no necesita monumentos porque Él mismo es el Rey eterno. - En medio de la devastación de Israel, Ezequiel levanta una acusación contra los pastores de Israel. Habían dejado de cuidar al rebaño; se apacentaban a sí mismos y abandonaban a las ovejas. Pero Dios promete que Él mismo intervendrá:
«Así ha dicho Jehová el Señor: He aquí yo, yo mismo iré a buscar mis ovejas, y las reconoceré» (Ez. 34:11). Y más adelante declara: «Y levantaré sobre ellas a un pastor, y él las apacentará; a mi siervo David, él las apacentará, y él les será por pastor» (Ez. 34:23).
La promesa es extraordinaria: Dios mismo vendrá a buscar a sus ovejas - Y siglos después aparece Jesús - Entonces podemos volver a la pregunta de Juan: «¿Eres tú el que había de venir?» Sí - Helo ahí: el Buen Pastor.
Ezequiel retrata a las ovejas como dispersas, heridas y vulnerables. El problema no era solamente que las ovejas se hubieran perdido; también habían sido abandonadas por quienes debían cuidarlas. Pero detrás de esta imagen encontramos nuestra propia condición espiritual. Isaías había dicho: «Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino» (Is. 53:6).
Ese es nuestro problema - Nos descarriamos - Nos apartamos - Seguimos nuestros propios caminos. Y el pecado siempre termina llevándonos lejos del Pastor. La oveja perdida no necesita simplemente mejores instrucciones para encontrar el camino.
Necesita que alguien vaya a buscarla. Y eso es precisamente lo que Dios promete: «Yo mismo iré a buscar mis ovejas» ¡Qué gracia!
Dios no espera pasivamente a que las ovejas extraviadas encuentren por sí mismas el camino de regreso - Él viene a buscarlas. - Hay momentos en los que la Escritura deja de hablarnos de manera cómoda y comienza a hablarnos como un espejo. Lamentaciones es uno de esos libros.
Jerusalén está en ruinas. El templo ha sido profanado. El pueblo ha sido llevado al exilio. Las calles que alguna vez estuvieron llenas de vida ahora están desoladas. La nación contempla las consecuencias de haber abandonado a su Dios.
Lamentaciones no maquilla la tragedia - No convierte el juicio en una experiencia terapéutica - No explica el pecado diciendo que el pueblo simplemente «estaba atravesando una temporada difícil» - Había pecado. Había rebelión. Y había juicio.
Pero precisamente allí, entre las ruinas, aparece una de las declaraciones más luminosas de toda la Escritura: «Escudriñemos nuestros caminos, y busquemos, y volvámonos a Jehová» (Lm. 3:40). El profeta no llama al pueblo simplemente a sentirse mal por sus circunstancias. Lo llama a volver a Dios - Y aquí encontramos una maravillosa conexión con el evangelio: el Dios que llama a su pueblo a volver es el mismo Dios que, en Cristo, abre el camino de regreso a casa.
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