556 episodios
- «En el día que temo, yo en ti confío» (Salmo 56:3).
«No seas infantil», decimos cuando alguien manifiesta temor o se muestra reservado ante aquello que le asusta, como si crecer nos librara de los miedos. «No seas exagerado», reprochamos a quien teme cosas que nos parecen insignificantes, como si nuestros propios miedos y fobias fueran siempre razonables.
La verdad es que todos tenemos nuestra propia lista de experiencias dolorosas, heridas y temores que nos enseñaron a estar alerta. Algunos miedos parecen desproporcionados para quienes los observan, pero no por eso debemos burlarnos de quienes los experimentan. No todos hemos vivido lo mismo, ni reaccionamos de la misma manera ante las mismas circunstancias. ¡Cada quien tiene su historia!
Sin embargo, el problema no consiste simplemente en tener miedo, sino en buscar refugio en remedios equivocados: el control excesivo, la evasión, la autosuficiencia o la búsqueda desesperada de seguridad en cosas que no pueden garantizárnosla. Podemos comprender nuestros temores sin convertirlos en nuestros señores. Solo Cristo tiene el poder y la ternura necesarios para sostenernos en medio de ellos.
Cuando Jesús dice: «No temáis» (Mateo 14:27), sus palabras no son una simple frase motivacional para hacernos sentir mejor. Nos llaman a confiar en quien tiene autoridad sobre aquello que nos aterroriza. No significa que nunca sufriremos ni que todas nuestras circunstancias cambiarán inmediatamente, sino que jamás estaremos fuera de su soberano cuidado. Nuestro Salvador no es indiferente a nuestras angustias: conoce nuestra debilidad y nos invita a descansar en él.
Por eso, aprendamos a tratar con misericordia los temores ajenos y con fe los nuestros. No ridiculicemos las heridas de otros, pero tampoco permitamos que nuestras heridas gobiernen nuestra vida. El miedo puede ser parte de nuestra historia, pero Cristo debe ser el fundamento de nuestra confianza. Cada quien tendrá sus temores; nosotros tenemos un Salvador que permanece fiel. - MIEDO DEL BUENO
Si el principio de la sabiduría es el temor del Señor (Proverbios 9:10), si la advertencia constante contra el pecado es la justa ira divina (Romanos 1:18) y si el llamado al arrepentimiento nos conduce a la salvación (Hechos 3:19), entonces debemos reconocer que existe un miedo razonable y necesario: el que nos hace tomar en serio la santidad de Dios, la gravedad de nuestro pecado y las consecuencias de su justo juicio. No todo miedo es malo; hay un miedo del bueno que nos despierta de nuestra indiferencia, derriba nuestra falsa seguridad y nos lleva a buscar refugio donde verdaderamente podemos encontrarlo: en Jesucristo. No se trata de huir de Dios, sino de reconocer nuestra condición y correr hacia Cristo, quien llevó sobre sí la condenación que merecíamos para reconciliarnos con el Padre. El temor del juicio puede despertarnos de nuestro entenebrecimiento, la preocupación por nuestra eternidad resulta provechosa, pues nos conduce a Cristo - Por tanto, no despreciemos las advertencias divinas ni endurezcamos nuestro corazón; permitamos que la verdad de nuestra culpa nos lleve al arrepentimiento y que el arrepentimiento nos conduzca, por la fe, a Cristo, nuestra única esperanza, paz y salvación (Romanos 5:1; 8:1). - El miedo apareció inmediatamente después de la caída: «Tuve miedo, y me escondí» (Génesis 3:10). El pecado nos llevó a experimentar el miedo ante nuestra propia maldad y el justo castigo que sobrevino a causa de ella. Es bueno y necesario temer a Dios con reverencia; pero, en su gracia, Dios quiere ser también nuestra paz, reconciliándonos consigo mismo por medio de Jesucristo. Así, quienes antes teníamos motivos para escondernos de su presencia, ahora podemos acercarnos a Él con confianza, sabiendo que en Cristo hemos recibido perdón y salvación. Esto no significa que dejaremos de experimentar temor, sino que ya no tenemos que vivir esclavizados a él. Por eso podemos declarar con fe: «En el día que temo, yo en ti confío» (Salmo 56:3). Allí donde el pecado trajo condenación, la gracia nos ofrece reconciliación; allí donde el miedo nos hizo escondernos, el amor de Dios nos invita a acercarnos a Él. Aprendamos, pues, a enfrentar nuestros temores confiando en el carácter, las promesas y la soberanía de nuestro Señor, quien, habiéndonos reconciliado consigo mismo por medio de Cristo, es nuestra paz.
- No controles el enojo: mátalo. El enojo pecaminoso no debe disimularse, guardarse, mitigarse ni simplemente reorientarse; debe mortificarse. No basta con aprender a contener nuestras reacciones mientras la ira sigue gobernando el corazón. La Escritura nos manda: «Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros» (Colosenses 3:5). Y entre las manifestaciones de nuestra vieja naturaleza que debemos abandonar están la ira, el enojo y la malicia (Colosenses 3:8).
Dejemos de culpar a las circunstancias por nuestro enojo y de justificar nuestra ira señalando lo que otros hicieron. Las provocaciones pueden revelar nuestras debilidades, pero no convierten nuestro pecado en virtud. Ser enojón no es una condición que debamos aceptar resignadamente; el mal carácter no es una virtud, y hacer un pleito de cualquier cosa no es señal de firmeza ni de sabiduría. «La blanda respuesta quita la ira; mas la palabra áspera hace subir el furor» (Proverbios 15:1).
No necesitamos mejores excusas, sino verdadero arrepentimiento. No necesitamos perfeccionar nuestras técnicas para disimular el enojo, sino aprender a mortificarlo por el poder del Espíritu Santo. Esto no significa negar las emociones ni ignorar las injusticias: significa someter nuestras reacciones a la autoridad de Cristo y abandonar la ira pecaminosa que pretende justificarse a sí misma.
El enojo pecaminoso no es un amo que debamos aprender a administrar, sino un pecado que debemos combatir. No lo alimentes, no lo defiendas, no lo conviertas en parte de tu identidad. Confiésalo, arrepiéntete y hazlo morir. Porque la meta cristiana no es convertirnos en personas que se enojan y se controlan mejor, sino en creyentes cuyo carácter está siendo transformado a la imagen de Cristo.
Así que la próxima vez que sientas el impulso de explotar, recuerda: no basta con cerrar la boca si el corazón sigue ardiendo de resentimiento. No controles el pecado para conservarlo; mortifícalo para obedecer a Cristo. - Comer también es un acto espiritual. No porque los alimentos sean sagrados en sí mismos, sino porque aun al sentarnos a la mesa vivimos delante de Dios, para su gloria.
COMER NO ES CARNAL. El alimento es un regalo del Creador. Recibirlo con gratitud, disfrutarlo con sobriedad y compartirlo con generosidad también son expresiones de piedad (1 Timoteo 4:4-5).
COMER NO ES PRIORIDAD. Nuestro cuerpo necesita alimento, pero nuestra alma necesita la Palabra de Dios. No vivimos para comer; comemos para vivir y servir al Señor. «No sólo de pan vivirá el hombre» (Mateo 4:4).
COMER NO ES NEUTRAL. Podemos glorificar a Dios o pecar en la mesa: mediante la glotonería, la ingratitud, la vanidad o el desperdicio. Por eso, «si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios» (1 Corintios 10:31).
COMER NO ES ESTATUS. La comida no determina nuestro valor ni nuestra dignidad. Ni los banquetes nos hacen superiores ni la sencillez de nuestra mesa nos hace inferiores. La piedad no se mide por el menú, sino por una vida rendida al Señor (Lucas 12:15).
COMER NO ES REFUGIO. Los alimentos pueden proporcionar placer, pero no deben convertirse en el consuelo al que acudimos para evadir nuestras aflicciones, silenciar nuestras ansiedades o llenar el vacío del corazón. Solo Dios es nuestro refugio verdadero (Salmo 62:5-8).
La mesa también es un escenario de adoración (o de idolatría) - Allí aprendemos gratitud, dominio propio, contentamiento, generosidad y dependencia de la providencia divina. No hagamos del alimento un dios, un consuelo supremo ni una medida de nuestra importancia.
Comamos con gozo, recibamos con gratitud y vivamos con sobriedad. Porque hasta el pan cotidiano puede recordarnos que dependemos de la bondad de nuestro Padre celestial.
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