546 episodios
- En medio de la devastación de Israel, Ezequiel levanta una acusación contra los pastores de Israel. Habían dejado de cuidar al rebaño; se apacentaban a sí mismos y abandonaban a las ovejas. Pero Dios promete que Él mismo intervendrá:
«Así ha dicho Jehová el Señor: He aquí yo, yo mismo iré a buscar mis ovejas, y las reconoceré» (Ez. 34:11). Y más adelante declara: «Y levantaré sobre ellas a un pastor, y él las apacentará; a mi siervo David, él las apacentará, y él les será por pastor» (Ez. 34:23).
La promesa es extraordinaria: Dios mismo vendrá a buscar a sus ovejas - Y siglos después aparece Jesús - Entonces podemos volver a la pregunta de Juan: «¿Eres tú el que había de venir?» Sí - Helo ahí: el Buen Pastor.
Ezequiel retrata a las ovejas como dispersas, heridas y vulnerables. El problema no era solamente que las ovejas se hubieran perdido; también habían sido abandonadas por quienes debían cuidarlas. Pero detrás de esta imagen encontramos nuestra propia condición espiritual. Isaías había dicho: «Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino» (Is. 53:6).
Ese es nuestro problema - Nos descarriamos - Nos apartamos - Seguimos nuestros propios caminos. Y el pecado siempre termina llevándonos lejos del Pastor. La oveja perdida no necesita simplemente mejores instrucciones para encontrar el camino.
Necesita que alguien vaya a buscarla. Y eso es precisamente lo que Dios promete: «Yo mismo iré a buscar mis ovejas» ¡Qué gracia!
Dios no espera pasivamente a que las ovejas extraviadas encuentren por sí mismas el camino de regreso - Él viene a buscarlas. - Hay momentos en los que la Escritura deja de hablarnos de manera cómoda y comienza a hablarnos como un espejo. Lamentaciones es uno de esos libros.
Jerusalén está en ruinas. El templo ha sido profanado. El pueblo ha sido llevado al exilio. Las calles que alguna vez estuvieron llenas de vida ahora están desoladas. La nación contempla las consecuencias de haber abandonado a su Dios.
Lamentaciones no maquilla la tragedia - No convierte el juicio en una experiencia terapéutica - No explica el pecado diciendo que el pueblo simplemente «estaba atravesando una temporada difícil» - Había pecado. Había rebelión. Y había juicio.
Pero precisamente allí, entre las ruinas, aparece una de las declaraciones más luminosas de toda la Escritura: «Escudriñemos nuestros caminos, y busquemos, y volvámonos a Jehová» (Lm. 3:40). El profeta no llama al pueblo simplemente a sentirse mal por sus circunstancias. Lo llama a volver a Dios - Y aquí encontramos una maravillosa conexión con el evangelio: el Dios que llama a su pueblo a volver es el mismo Dios que, en Cristo, abre el camino de regreso a casa. - El pecado no es una simple mancha superficial que pueda quitarse con un poco de jabón religioso.
Podemos intentar reformarnos.
Podemos mejorar nuestros hábitos.
Podemos disciplinarnos.
Podemos construir una reputación moral.
Podemos aprender teología.
Podemos llenar nuestras estanterías de libros cristianos.
Podemos cantar himnos y asistir a cultos.
Podemos incluso intentar «mejorar nuestros caminos».
Pero si el problema fundamental es nuestra culpa delante del Dios santo, ninguna cantidad de jabón moral puede lavar el pecado.
La lejía no puede justificar al culpable.
Nuestra reforma necesita llegar más profundo que nuestras manos.
Necesita llegar a nuestra culpa delante del tribunal de Dios.
Y aquí aparece la tragedia de Jeremías: Dios exige justicia, pero nosotros somos injustos.
Dios exige obediencia, pero nosotros hemos dejado su Ley.
Dios exige pureza, pero nuestra mancha permanece.
Dios llama: «Mejorad vuestros caminos».
Y nosotros descubrimos que necesitamos algo mucho más grande que una simple mejora.
Necesitamos un Salvador. - «¿Eres tú el que había de venir, o esperaremos a otro?» Mateo 11:3
La pregunta de Juan el Bautista no podía responderse solamente señalando los milagros de Jesús. Había que mirar más profundamente: ¿qué clase de Mesías era este? ¿Qué había venido a hacer?
Juan ya había dado una respuesta cuando vio a Jesús acercarse: «He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn. 1:29).
El Mesías esperado no sería simplemente un maestro, un reformador, un rey político o un ejemplo moral. Sería el Cordero.
Y para comprender qué significa esto debemos regresar a Isaías, porque siglos antes el profeta había contemplado al Siervo sufriente y había descrito la obra que realizaría por su pueblo: «Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados» (Is. 53:5).
Isaías continúa: «Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros» (Is. 53:6) - Y entonces, aparece una de las imágenes más poderosas de toda la Escritura: «Como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca» (Is. 53:7).
Aquí está el corazón de nuestra esperanza: Aquel que vendría sería el Cordero que sería inmolado. No vino simplemente para enseñarnos cómo vivir. Vino para morir en nuestro lugar. - «¿Eres tú el que había de venir, o esperaremos a otro?» Mateo 11:3
Hay preguntas que nacen de la duda y otras que nacen de la esperanza. La pregunta de Juan el Bautista pertenece a un momento particularmente oscuro. El profeta que había anunciado con valentía la llegada del Mesías ahora se encuentra encarcelado, y desde allí pregunta a Jesús: «¿Eres tú el que vendría, o esperamos a otro?» - Juan no estaba preguntando simplemente por la identidad de un hombre. Estaba preguntando si Jesús era Aquel que Dios había prometido; Aquel que vendría a cumplir las promesas, establecer su reino, salvar a su pueblo y traer la redención esperada desde antiguo.
La respuesta de Jesús no fue una explicación filosófica, sino la evidencia de sus obras: los ciegos veían, los cojos andaban, los leprosos eran limpiados, los sordos oían, los muertos eran resucitados y a los pobres era anunciado el evangelio (Mt. 11:4-5).
Sí, Él era Aquel que vendría - Y la grandeza de esta venida puede contemplarse desde cuatro momentos fundamentales de la historia de la redención.
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