En 1920, mientras se ocultaba de sus enemigos políticos en el antiguo convento de La Merced, el Dr. Atl fue testigo de una muerte imposible de explicar.
Un coronel del Ejército mexicano apareció sin vida dentro de las ruinas y, durante algunas horas, el pintor se convirtió en el principal sospechoso.
Años después, Gerardo Murillo narraría aquel episodio como uno de los sucesos más extraños que presenció en su vida.