En medio de una noche sofocante y silenciosa, el flautista avanza como una sombra viviente entre las calles empedradas de un pueblo condenado. Su figura, desgastada y casi espectral, se recorta contra la niebla espesa que devora cada rincón. Su capa rota se agita como si tuviera vida propia, mientras sus dedos, largos y huesudos, arrancan una melodía hipnótica de su flauta.
No es música… es un llamado.
A sus pies, una marea interminable de ratas emerge desde las sombras. Sus ojos brillan con una obediencia antinatural, siguiendo cada nota como si estuvieran poseídas por una fuerza invisible. El sonido no solo guía… controla.
Las casas, oscuras y silenciosas, parecen observar en complicidad. Figuras inmóviles se intuyen en las ventanas, demasiado aterradas para intervenir, demasiado tarde para escapar.
El flautista no mira atrás.
Porque sabe que nadie que escuche su melodía… vuelve a ser libre.