Sigmund Freud no buscó monstruos en el bosque…
los encontró dentro del ser humano.
Nació en 1856, en una Europa obsesionada con la razón, pero él se atrevió a decir algo inquietante:
no somos dueños de nuestra mente.
Freud descendió como un alquimista moderno al sótano de la psique y lo llamó inconsciente.
Ahí —según él— habitan deseos reprimidos, pulsiones prohibidas, traumas infantiles y símbolos que se disfrazan en sueños, lapsus y obsesiones.
Inventó el psicoanálisis, una práctica casi ritual:
hablar, asociar libremente, recordar…
como si la palabra fuera un conjuro capaz de sacar a la luz lo oculto.
Habló del ello, el yo y el superyó,
tres fuerzas en guerra constante dentro de cada persona.
Instinto, razón y culpa… una trinidad psicológica.
Pero Freud fue también una figura polémica.
Su obsesión con la sexualidad, el complejo de Edipo y la infancia le valieron críticas feroces.
Para algunos, un genio.
Para otros, un hereje de la ciencia.
Murió en 1939, consumido por el cáncer y el exilio nazi.
Pidió morfina para dormir… definitivamente.
Como si al final, incluso él, quisiera silenciar su propio inconsciente.
Hoy, Freud sigue incomodando.
Porque nos recordó algo que aún duele aceptar:
👉 la mente miente, el deseo manda y la conciencia apenas observa.