Se había ganado el título de “porteño inspector honorario de las emociones de Buenos Aires”, sus tangos, -siempre adelantados a su época-, son hoy el reflejo de un compositor inmortal que supo interpretar el sentir de la gente, de un país que lo admiraba y sigue cantando las letras que este genio escribió alguna vez, con la vehemencia tanguera y el dramatismo de altísimo nivel que lo identificaba. Fue músico, actor, dramaturgo, compositor y cineasta, en cada una de sus actividades siempre destacó por su inteligencia y sentido agudo para manifestar verdades de la vida a partir de relatos y vivencias que supo transformar en exquisita poesía cotidiana, en encuentros de cafetines donde sabios y suicidas alternaban los sueños con la realidad -a veces cruda- que los acompañaba. Uno sabe que la lucha es cruel y es mucha, a pesar de nuestro sueño de juventud, que el yira yira nos lleva siempre hasta un Cafetín de Buenos Aires y que igual que la vidriera escandalosa de un Cambalache se ha mezcla’o la vida, gritando una Canción Desesperada o manteniendo viva Tres Esperanzas que a veces nos dejan Sin Palabras atados a un Desencanto porque alguna Chorra nos afanó hasta el color. Tango Sensei se viste de gala para recibir a un personaje genial y hombre excepcional al que ‘le dolían como propias las cicatrices ajenas’, nos ponemos de pie para recibir a Don Enrique Santos Discépolo -Discepolín para los amigos-.