Nacido en Pehuajó, fue un niño prodigio en la música. A los cinco años ya ejecutaba canciones en una pianola. Al ver sus condiciones, sus padres decidieron alentarlo y lo enviaron con un profesor de piano, para que apenas al cumplir los diez añitos, ya interpretara las mejores melodías clásicas con la pericia y ductilidad de un adulto.
El Tango lo ganó para sus filas y fue a partir de sus 20 abriles que se animó a visitar Buenos Aires e incursionar en nuestra música ciudadana, probando suerte en la gran capital, que era cuna de oro en esos ayeres donde tallaba fuerte el gotan.
Al año nomás, ya era el pianista, nada menos, que de Miguel Caló, en pocos años formó su propia orquesta y su estilo sinfónico lo destacó exitosamente del resto, dentro del panorama tanguero de la época, el plus de su juventud le auguraba un futuro brillante. Extraordinario compositor, sus temas siguen tan vigentes como entonces, su promisoria carrera estaba encaminada pero…su pasión por los aviones también le nacía de épocas tempranas, por eso había aprendido a volar con un instructor y se confió. Su muerte dejó una estela de amarguras al verse malograr a un talentoso músico con su alma puesta en el Tango. ¡Nuestro homenaje de hoy está dedicado al gran maestro Osmar Maderna!