73 episodios
- En la historia de la Suprema Corte de Justicia de la Nación han habido ministros y ministras que transformaron los derechos de las personas LGBT en México. Sus sentencias ayudaron a reconocer el matrimonio igualitario, la adopción por parejas del mismo sexo, la identidad de género y el derecho a vivir sin discriminación.
Sin embargo, hasta ahora, ningún integrante de la Suprema Corte mexicana se ha identificado públicamente como gay.
En Australia la historia es distinta
Michael Kirby fue juez de la Corte Superior de Australia entre 1996 y 2009. Fue también el primer juez abiertamente gay en integrar el tribunal de última instancia de una nación.
Su historia, sin embargo, comenzó mucho antes de que pudiera hablar públicamente de su sexualidad.
Kirby creció en una Australia en la que las relaciones homosexuales todavía estaban criminalizadas. Durante buena parte de su vida profesional entendió que convertirse en abogado, construir una carrera dentro de las instituciones y aspirar algún día a ser juez implicaba guardar silencio sobre una parte fundamental de sí mismo.
En esta conversación le pregunté qué le permitió construir ese silencio y, sobre todo, cuánto le costó.
Hablamos también de la persona que estuvo a su lado durante prácticamente todo ese camino. En 1969, cuando tenía 29 años, Kirby conoció a Johan van Vloten en uno de los pocos lugares gays que existían entonces en Sídney. Han permanecido juntos durante más de cinco décadas.
Kirby cuenta que durante años mantuvieron su relación con discreción. Décadas después, sería Johan quien lo convencería de que contar públicamente su historia tenía un propósito que trascendía sus propias vidas: ser honestos con las generaciones que venían detrás.
Precisamente por eso quería tener esta conversación.
Porque las instituciones también transmiten mensajes a través de las personas que logran ocuparlas.
En México, donde la profesión jurídica sigue siendo profundamente conservadora en muchos espacios y donde nunca hemos tenido un ministro o una ministra de la Suprema Corte abiertamente gay, su historia plantea una pregunta que me parece difícil de ignorar: ¿cuántas personas siguen creyendo que para entrar a ciertas instituciones tienen que dejar una parte de sí mismas afuera?
En esta conversación hablamos de eso, pero también de las personas trans, de los límites del poder de los jueces, de los pueblos indígenas, de discriminación y de aquello que Michael Kirby ha aprendido después de una vida entera dedicada al derecho.
Y hacia el final, terminamos hablando de algo que no estaba planeado.
De su libro, A Private Life, de la posibilidad de traducirlo al español y de por qué, a sus 87 años, Kirby sigue creyendo que la verdad importa, especialmente para quienes tienen la responsabilidad de impartir justicia. - En 1989, una joven Samantha Power vio por televisión a un hombre detenerse frente a una columna de tanques en la Plaza de Tiananmén.
Años después escribió que aquella imagen cambió algo en ella. La llevó a preguntarse qué podía hacer frente a la injusticia y terminó influyendo en las decisiones que marcarían su vida.
Muchos años después, cuando yo estudiaba Derecho, leí sus memorias, The Education of an Idealist.
Su historia me hizo pensar en una tensión que desde entonces me ha acompañado: cómo conservar el idealismo después de conocer los límites del gobierno, del derecho y del servicio público; cómo seguir creyendo que podemos transformar la realidad cuando descubrimos lo difícil que resulta hacerlo.
De alguna manera, ese libro fue una de las razones por las que nació Upstanders.
Desde entonces he querido conversar con las personas detrás de las sentencias, los libros y los ensayos que han cambiado mi manera de comprender el mundo. Esa curiosidad me llevó a conocer a personas que admiraba, a trabajar en la Suprema Corte de mi país y también a vivir momentos que pusieron a prueba muchas de las ideas con las que llegué ahí.
Cuando supimos que finalmente conversaríamos con Samantha Power, Daniel y yo nos reunimos a preparar las preguntas. Había una que, para mí, era el punto de partida de todo:
¿En qué momento supimos a qué queríamos dedicar nuestras vidas?
Porque detrás de lo que hacemos hay personas, experiencias e imágenes que dejan una marca.
Samantha Power comenzó su carrera como periodista y corresponsal durante la guerra de Bosnia. Su libro A Problem from Hell, sobre la respuesta de Estados Unidos ante los genocidios del siglo XX, recibió el Premio Pulitzer.
Después pasó de estudiar al gobierno desde fuera a intentar transformarlo desde dentro. Formó parte del Consejo de Seguridad Nacional de Barack Obama, fue embajadora de Estados Unidos ante las Naciones Unidas y, años después, dirigió USAID. Hoy es profesora en Harvard.
Pero quizá la pregunta que conecta todas esas etapas está contenida en el título de sus memorias:
¿Qué ocurre con el idealismo cuando finalmente tienes poder para tomar decisiones?
¿Qué pasa cuando la política, las instituciones y la realidad te obligan a reconocer los límites de aquello que puedes cambiar? ¿Y qué hace que, después de enfrentarte a esos límites, decidas seguir intentándolo?
Esta conversación cierra para mí un círculo que comenzó cuando todavía era estudiante de Derecho.
Y antes de escucharla, quiero invitarlos a preguntarse también:
¿Por qué hacen lo que hacen?
¿Qué persona, qué libro o qué momento definió aquello a lo que decidieron dedicar su vida?
Quizá Upstanders existe precisamente por eso: porque sigo creyendo en lo que puede ocurrir cuando la admiración se convierte en curiosidad y encontramos el valor para hacer una pregunta.
Esta es nuestra conversación con Samantha Power. - En la portada de su libro, Constitucionalismo: pasado, presente y futuro, Dieter Grimm recurre a la imagen de Odiseo atado al mástil para resistir el canto de las sirenas. «La función de una constitución como una forma de autorrestricción anticipada de una sociedad frente a tentaciones futuras suele simbolizarse con Odiseo atado al mástil de su barco para no ceder ante el canto de las sirenas».Esa metáfora sirve como punto de partida para la presente conversación. Grimm, ex juez del Tribunal Constitucional Federal alemán y uno de los constitucionalistas más influyentes de nuestro tiempo, reflexiona sobre aquello que distingue a una constitución que limita el poder de otra que solo conserva su apariencia. A partir de su experiencia académica y judicial, analiza la erosión democrática, la captura de los tribunales, las reformas judiciales de Alemania y Hungría, así como el respaldo social que necesitan las instituciones para que desobedecerlas resulte demasiado costoso.
- Frente a las facultades de Derecho que buscan prohibir la inteligencia artificial o adoptarla sin transformar su enseñanza, la Universidad de Chicago propone, más bien, formar estudiantes capaces de pensar con IA, sin IA y sobre la IA. William Hubbard, profesor de Derecho y Economía y presidente del comité que diseñó la estrategia, explica cómo funciona y qué pueden aprender de ella las universidades de México y América Latina.
Puedes leer una versión traducida al español en Revista Abogacía - A inicios de febrero de 2026 concreté una entrevista con Ulises Schmill Ordóñez. Durante una llamada telefónica breve y cordial, don Ulises me dijo que me recibiría en su domicilio la semana siguiente. Colgué y, casi de manera automática, bajé al primer piso del edificio de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, donde se encuentran los retratos de quienes han integrado nuestro máximo tribunal del país.
El cuadro de Schmill se encontraba a la mitad del pasillo. Debajo aparecían los años de su encargo como ministro y el periodo en el que presidió el tribunal: 1991-1994, justo previo a la gran reforma constitucional impulsada por Ernesto Zedillo.
Decidí tomarle una fotografía. Mientras lo hacía, una trabajadora de la Corte que caminaba por ahí se detuvo y me preguntó con genuina curiosidad:
—¿Y él qué hizo?
La pregunta me sorprendió más de lo que esperaba. Le expliqué que Ulises Schmill había sido el último ministro presidente de la Suprema Corte antes de la reforma judicial de 1994; que había encauzado al Poder Judicial Federal en unode los momentos más delicados de su transformación institucional; y que, además, era uno de los juristas mexicanos más importantes de la segunda mitad del siglo XX, discípulo intelectual de Hans Kelsen y una de las principales voces del positivismo jurídico en México.
La mujer me escuchó con atención. Nunca había oído hablar de él. Mientras subía de nuevo las escaleras de la Corte, pensé que aquella escena decía algo revelador sobre la cultura jurídica mexicana. Incluso dentro del propio Poder Judicial, el nombre de uno de sus antiguos presidentes podía pasar casi desapercibido. Y, sin embargo, Schmill había ocupado unlugar singular dentro de la historia intelectual y judicial del país.
La presente entrevista tuvo lugar días después. En ese momento resultaba imposible anticipar que terminaría convirtiéndose en la última que concedería. La conversación, por momentos, parece desplazarse entre la teoría jurídica, la memoria política y la confesión personal. Schmill hablaba con la misma intensidad de Beethoven, de Platón o de la manera en laque opera el Poder Judicial mexicano. Quizá ahí residía buena parte de su singularidad intelectual.
Tras la noticia de su fallecimiento, he decidido hacer pública esta conversación como un pequeño homenaje a su memoria. No pretende ser una biografía intelectual exhaustiva ni una reconstrucción completa de su trayectoria. Aspira, más bien, a acercar al lector a la persona detrás del cargo, al académico detrás de los libros y al ser humano detrás de una de las figuras más importantes del pensamiento jurídico mexicano contemporáneo.
Los mexicanos deberían conocer quién fue Ulises Schmill.No sólo porque presidió la Suprema Corte o porque introdujo a generaciones de juristas al pensamiento de Kelsen. También porque dedicó su vida a reflexionar sobre algunos de los problemas más profundos de la convivencia humana: el poder, la libertad, la obediencia, la justicia y la democracia.
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