Si Benito Juárez sólo hubiera llegado a la primera magistratura del país, merecería todo nuestro reconocimiento por haber logrado superar los obstáculos que por su condición indígena le había impuesto una sociedad conservadora y racista, como era la mexicana de su tiempo. Pero Juárez no fue un presidente más de México: fue quien logró la consolidación de su Estado nacional, y quien encabezó al gobierno constitucional en el tiempo eje de su Historia, durante la guerra civil más cruenta que vivió el país después de su Independencia y en la intervención extranjera más prolongada que ha padecido, cuando se definió su Estado republicano y laico. Por ello ha merecido más que el reconocimiento, la admiración.