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Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda

Juan David Betancur Fernandez
Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda
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    761. La caña (India)

    25/03/2026 | 7 min
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    Juan David Betancur Fernandez
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    Había una vez un reino ubicado en un valle enmarcado por las cumbres nevadas del norte de la India. Este reino tenía una prosperidad inigualable. Sus mercados rebosaban de sedas finas, especias que perfumaban el aire a kilómetros de distancia y piedras preciosas que destellaban bajo el sol llevando la clara señal de riqueza. El monarca de aquellas tierras había gobernado con mano firme durante décadas, acumulando tesoros en bóvedas tan profundas que ni la luz del día las alcanzaba y las cuales el solamente podía ver y disfrutar. . Sin embargo, el tiempo es el único ladrón al que un rey no puede decapitar, y el soberano había alcanzado ya una edad muy avanzada. Su cuerpo estaba frágil y sus manos, otrora fuertes, ahora temblaban bajo el peso de sus anillos de oro.
    Un día, sintiendo el aliento de la mortalidad en la nuca, mandó llamar a un yogui. Este ermitaño vivía en lo más profundo del bosque, cubierto apenas por un taparrabos, alimentándose de raíces y dedicado a la meditación silenciosa cuando recibió el requerimiento de aquel monarca se alisto a visitarlo. Cuando el místico entró al deslumbrante salón del trono, el contraste era absoluto: la serenidad desnuda de su ser frente a la opulencia temerosa de aquel hombre sentado en aquellos ricos aposentos. 
    El rey, tosiendo levemente, tomó una larga caña de bambú pulida y se la extendió.
    —Hombre piadoso —dijo el monarca con voz ronca—, he odio que tu eres uno de los hombres más sabios y bondadosos de mi reino. Por eso te he mandado llamar.  tu soberano te impone una misión. Toma esta caña de bambú y recorre cada rincón de mis dominios. Viajarás sin descanso de ciudad en ciudad, cruzarás los desiertos, te adentrarás en las selvas y caminarás de aldea en aldea. Observa con atención a mis súbditos. Cuando encuentres a la persona que, a tus ojos, sea la más tonta y necia de este mundo, deberás entregarle esta caña como símbolo de su suprema estupidez así el resto del reino se podrá librar de aquel tonto y no habrá riesgo que por azares de la vida este tonto llegue a dirigir mi reino. 
    El yogui lo miró con ojos profundos y compasivos. Hizo una leve inclinación de cabeza y respondió con voz suave pero firme: —Aunque mi espíritu no reconoce a otro rey que a mi verdadero yo interior, mi señor, habré de hacer lo que me pides para complacerte. Me pondré en camino antes de que caiga el sol.
    El asceta tomó la caña y partió raudo. Durante meses, sus pies descalzos levantaron el polvo de todos los caminos de la India. Soportó los calores abrasadores y las lluvias torrenciales del monzón. En los bazares, vio a comerciantes engañando a sus clientes por unas pocas monedas de cobre; en las calles, vio a jóvenes apostando su futuro en juegos de dados; en los campos, vio a hombres peleando a muerte por un palmo de tierra estéril, todos ellos los consideraba seres que podrían ser considerados tonto, pero aún no había visto a todos así que no podría juzgar si alguien seria el más tonto de todos. 
    Conoció mucha ignorancia, avaricia y vanidad. Sin embargo, a los ojos del sabio, ninguno de ellos era el "más tonto". Sus errores nacían de la necesidad, del hambre o de pasiones pasajeras. Siempre había una chispa de humanidad en su torpeza. Así que el yogui conservó la caña.
    Casi un año después, decidió regresar a la capital. Al cruzar las imponentes puertas de la muralla, notó un silencio lúgubre. No había música en las calles. Al llegar al palacio, encontró un caos de cortesanos llorando y sirvientes corriendo despavoridos. El monarca había caído gravemente enfermo y el aire olía a incienso pesado y a medicinas inútiles.
    El yogui corrió hasta los aposentos reales. Los médicos más sabios del reino, derrot
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    760. Los Fisonomistas

    23/03/2026 | 8 min
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    Juan David Betancur Fernandez
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    Había una vez un grupo de personas que se llamaban a si misma fisonomistas. Estos hombres había dedicado miles de anos a tratar de identificar el alma de una persona a partir de su fisonomía y sus expresiones. Para lograrlo necesitaban llegar muy alto y para eso idearon un pla que pensaban seria infalible. De esta manera en una llanura desolada, los fisonomistas trazaron los planos de su mayor obsesión. Habían pasado siglos estudiando la inclinación de una ceja y la curva de un labio, pero eso ya no les bastaba; querían escalar los cielos para irrumpir en el archivo secreto del alma humana y leer sus verdades absolutas. .Sabian o inferían que el lo alto del cielo había un archivo de donde vendrían todas las almas humanas y que allí existirían una serie de reglas que determinarían que alma iría a quien en la humanidad. 
    Para lograr llegar a este archivo deberían comenzaron a erigir una torre inmensa, no con ladrillos comunes, sino con bloques de piedra tallados con la forma de todos los rostros humanos imaginables. Así que en aquella torre habría  Rostros de furia, de éxtasis, de melancolía, de amor de duda y obviamente  de terror fTodos estos bloques y muchos más formaban las paredes de aquella estructura colosal que rasgaría el techo de nubes.
    Lo que ellos pensaban o intuían era que En el cenit absoluto, casi tocando el manto negro del espacio, flotaba el alma de origen. El alma de origen Era de por si una entidad de pura lógica, fría y geométrica como un diamante. Cuando esta alma de origen miro  hacia abajo, sonrió con una mueca de superioridad. Conocía la historia y sus ciclos. Sabía que la mente humana es frágil frente a la inmensidad y preveía que, antes de que el monumento de rostros alcanzara un cuarto de su altura, la discordia estallaría entro los constructores y sus trabajadores. Lo sabía ya que el alma de cada uno de ellos provenia de ella misma y sabía sus fortalezas y sus debilidades. Además preveía que . Los idiomas de los albañiles se convertirían en un balbuceo caótico y que debido a esto , el cemento se secaría en las bateas, las piedras no encajarían y las reclamaciones haría evidente que la torre quedaría como un grotesco recordatorio de la arrogancia mortal.
    Y el alma razonable no se equivocaba. Al llegar a la capa donde nacen las tormentas, las lenguas se enredaron y con ella las intenciones de cada uno de los participantes cambiaban constantemente. . El arquitecto gritaba órdenes en un idioma de sílabas rotas, y los canteros respondían con gruñidos y cantos incomprensibles que adicionaban más caos a la ya difícil tarea.  El resultado rápidamente se vio.  los andamios comenzaron a crujir y la obra se detuvo.
    El alma original que presenciaba todo esto solo  cerró los ojos y con razón se sintio satisfecha con su propio pronóstico.
    Pero en ese instante de silencio inminente, algo intervino. No fue el colapso, sino el genio de los dioses.
    Apareció como un viento cálido y dorado, una deidad juguetona a la que le aburría profundamente la tiranía de la lógica. Al genio le pareció una lástima que tanto esfuerzo, que tantos rostros tallados con tanto anhelo, quedaran reducidos a escombros por culpa de la simple matemática del fracaso.
    Así que el genio descendió volando en espiral alrededor de la torre y sopló su aliento divino sobre la piedra.
    El milagro fue inmediato. Los miles de rostros tallados en los muros abrieron los ojos. Las bocas de granito y mármol se separaron y, al unísono, comenzaron a cantar. No cantaban en los idiomas confundidos de los albañiles, sino en la lengua primigenia de las estrellas, un idioma que no requiere palabras, sino resonancias.Y allí estaba el milagro cuando miles de
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    759. El Guando (Leyenda Colombia)

    21/03/2026 | 6 min
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    Juan David Betancur Fernandez
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    Había una vez, cuando la niebla del campo aún tejía los secretos del mundo y los ríos susurraban conjuros antiguos, existió un hombre cuyo corazón no latía con sangre, sino con polvo y oro. Era un ser sombrío, terco y tan avaro que parecía haberle robado la luz a su propia mirada.
    Mientras los aldeanos compartían el pan y las penas, él cerraba sus puertas a cal y canto. Si los más humildes acudían a su umbral, suplicando unas monedas para darle un adiós digno a un vecino caído, él los echaba con una sentencia que pronto se convertiría en su propia maldición: "Yo no le debo nada a nadie, y menos voy a cargar con mortecinos. El día que mi aliento se apague, tírenme al río o a un zanjón para que los gallinazos hagan un festín conmigo".
    Aquellas palabras, cargadas de desprecio, quedaron flotando en el viento como un oscuro presagio.
    Y como el destino siempre cobra las promesas que se lanzan al viento, la muerte llegó por el desalmado. Se lo llevó en el más profundo de los silencios, en una habitación fría, sin el tibio consuelo de una lágrima, ni el eco de una sola oración que guiara su alma en la oscuridad.
    Sin embargo, los campesinos, cuyas almas estaban hechas de luz y compasión, se negaron a cumplir su cruel voluntad. Juntaron sus escasas monedas, trenzaron madera y bejucos, y construyeron un lecho fúnebre: El Guando.
    Pero al intentar levantar el cuerpo, la magia oscura de sus malas acciones se manifestó. El difunto pesaba como si albergara en su interior todas las rocas de las montañas. No era el peso de la carne, era el peso aplastante de un alma vacía de amor. Tuvieron que hacer relevos cuadra a cuadra, sudando frío bajo una carga sobrenatural, tratando de llevarlo hasta el camposanto.

    El clímax de esta lúgubre travesía los alcanzó al llegar al viejo puente de madera que cruzaba el río. Al dar el primer paso sobre las tablas, el aire se volvió de hielo y pareciera que aquel cauce de agua que pasaba junto al pueblo estuviera reclamando aquel cuerpo odioso. El peso del difunto se multiplicó de forma monstruosa, como si el rio lo llamara desde su profundidad, mientras el cortejo de campesinos hacían un gran esfuerzo por sostenerlo. 
    Pero unos cuantos pasos más adelante ya sobre lo más alto de aquel viejo puente Las cuerdas del Guando se reventaron como hilos de telaraña. El golpe contra el puente fue tan devastador que la madera estalló en mil pedazos. Con un rugido ensordecedor, las aguas enfurecidas del río se abrieron como las fauces de una bestia antigua y se tragaron el cuerpo en un solo instante. Los hombres, despavoridos, buscaron entre la espuma y la corriente, pero el río había borrado cualquier rastro del avaro y su camilla. Se había cumplido su propia profecía.
    Desde aquella noche trágica, el avaro no encontró el descanso, sino que se convirtió en prisionero de la bruma. Hoy en día, su espíritu deambula como una aparición fantasmagórica, una sombra condenada a revivir su propio entierro.
    Cuentan que este espanto va acompañado de cuatro personas, que generalmente son los cargueros del muerto. Aparece a la orilla del camino, a la orilla de un río, cerca de un pantano o entre el bosque.
     
     Las apariciones de este macabro espectáculo en la mayoría de las veces conmueve, no sólo por creer que en realidad llevan al difunto o  por ir los familiares acompañándolo, sino por el murmullo coral del rezo del Rosario y la Misa por su alma.
    Quienes caminan de noche, especialmente en la víspera del Día de los Difuntos, suelen paralizarse de terror cuando el viento les trae el escalofriante sonido de madera crujiendo y lazos restallando en un compás eterno e hipnótico: "ch
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    758. El abogado del diablo

    18/03/2026 | 11 min
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    Juan David Betancur Fernandez
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    Había una vez una abogado llamado Roberto Cifuentes, su oficina quedaba en el piso 50, el último piso  del rascacielos más imponente de la ciudad,  y realmente esta oficina estaba diseñada para intimidar. Todo era cristal frío, acero pulido y sombras meticulosamente calculadas para que todo el que entrara allí sintiera el peso del poder de las leyes del pais.
    Pero las cosas no iban bien últimamente. Hace meses y debido a algunos casos de gran renombre que había perdido, sus clientes habian disminuido y el no sabía como recuperar la confianza de su clientela. 
     A las 11:42 p.m. de un martes lluvioso, las luces parpadearon y la temperatura descendió bruscamente. Un espeso olor a azufre y a promesas podridas inundó la oficina.
    Del centro de una espiral de humo negro emergió Lucifer. Llevaba un traje de seda oscura que parecía absorber la poca luz del lugar, y sus ojos brillaban con la confianza de quien lleva milenios invicto persiguiendo incautos o cobrando almas.
    —Roberto Cifuentes —resonó la voz del diablo, vibrando en los ventanales—. He seguido tu carrera. Tu crueldad en los juzgados es... inspiradora. Veo que últimamente tienes muchas dificultades en los juzgados pero hoy he venido a ofrecerte la cúspide de tus ambiciones.
    El diablo deslizó sobre el escritorio de caoba un pergamino antiguo, de bordes carbonizados, escrito con una tinta que parecía latir.
    —A cambio de la insignificancia de tu alma inmortal —continuó el señor de las tinieblas, apoyando las manos en el escritorio—, te garantizo que vas a ganar cada litigio, vas a  aplastar a cada rival y vas a  acumular una riqueza que ofendería a los mismísimos dioses. Solo requiero una gota de tu sangre en la línea punteada.
    Roberto no se inmutó. No llamó a seguridad ni retrocedió. Simplemente suspiró, se ajustó sus pesadas gafas de carey, tomó un abrecartas de plata y levantó el pergamino por una esquina, como si sostuviera un pañuelo sucio. Leyó el documento en silencio durante un minuto completo.
    —Lucifer, siéntate, por favor. Me estás ensuciando la alfombra con esa ceniza que traes en tu ropa—dijo el abogado, señalando una silla de cuero frente a él—. Pero dime ¿Quién diablos te redactó esta atrocidad?
    El diablo parpadeó, desconcertado. Se dejó caer lentamente en la silla. —Es... es el Pacto de Fausto. Edición revisada del siglo XVI. Ha funcionado sin problemas durante cientos de años...
    —Te han estado robando, amigo mío —le interrumpió Roberto, sacando un bolígrafo rojo de oro macizo y empezando a tachar furiosamente el antiguo pergamino—. Este documento es un desastre jurídico. Si firmas esto con el humano equivocado, te dejan en la calle. Permíteme ilustrarte:
    ·       Aqui hay una gran Ambigüedad en la "Cesión Eterna" del contrato: El término "alma" no está definido bajo los estándares internacionales de propiedad intelectual o bienes raíces metafísicos. Un buen abogado argumentaría que el alma es un activo intangible y, por lo tanto, sujeto a depreciación.
    ·       La Cláusula de Jurisdicción es ciertamente  Invalida: Estableces el Inframundo como sede para la resolución de disputas. Eso viola los tratados de arbitraje de la Convención de Nueva York. Cualquier juez terrenal anularía el contrato por asimetría y coacción.
    ·       Además hay una Ausencia de Protección de Datos: No veo ninguna cláusula sobre el tratamiento de mi historial de pecados. Con las nuevas leyes de privacidad, exponerte a una auditoría celestial por mal manejo de datos personales te costaría la mitad del purgatorio en multas.
    El diablo abrió la boca para hablar, pero de ella solo salió un pequeño hilo de humo gris. Su imponente aura se desva
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    757. El truco

    16/03/2026 | 7 min
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    Juan David Betancur Fernandez
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    Habia una vez un Dios que como gran el Gran Arquitecto del cosmos se enfrentaba  a un dilema profuendo. Sabía que incluso Él, con todo su poder y su infinita imaginación, era incapaz de crear y conjurar un entretenimiento que no terminara aburriendo a un alma después de un millón de años. Ese era el periodo mínimo que muchas almas pasarían en su paraís. Aquel Paraíso, con sus nubes de algodón y arpas doradas, inevitablemente se volvería el lugar más monótono del universo ya que en el deambular de todas las almas siempre esta el deseo de cambio en algún momento. Ese cambio que rejuvenece y muchas veces le da razón a la existencia. 
    Por otro lado, al mirar hacia el Abismo, a aquel lugar que disenaria y construiría para que las almas no justas vivieran y aprendieran sus lección tenía sus propios retos. El tenía un corazón compasivo y un  sentido de la justicia que le determinaba cada uno de sus actos. 
    Cómo podría condenar a los frágiles humanos —seres de vidas tan cortas y mentes tan limitadas— a un fuego perpetuo. Como podría el un ser omnipotente y omnipresente permitir que un débil humano con solo escasos anos de experiencia de vida recibiera  un castigo infinito por un pecado finito  por el simple hecho de romper alguna leyes que no eran de ninguna manera a prueba de fallas. Todo su diseño tenía un grave defecto. Por pequeño que fuera el castigo Simplemente rompía las leyes de la balanza cósmica; incluso el roce de una espina, multiplicado por la eternidad, se volvería una tortura insoportable y que más decir de aquel castigo que tiene que ver con fuego y maltrato físico. El entendía que el infierno era simplemente ilógico e irracional. 
    Así que, con un chasquido de sus dedos de luz, el Creador diseñó un gran truco de magia.
    Se dice que forjó dos reinos mágicos exactamente iguales. Exactamente iguales donde . El Cielo y el Inframundo fueron esculpidos con la misma piedra suave, llenos de jardines tranquilos, brisas con la temperatura perfecta y un confort absoluto para el descanso eterno.  Por esta razón en el Infierno no habria lagos de lava ni demonios; apenas una cómoda ambientación  donde nada duele y nada molesta. Todo bien definido y claro para que las almas que allí llegaran como castigo se pudieran acomodar plácidamente. Los prados, las salas de estar y las habitaciones serian pulcramente diseñadas para que no generaran nunca en toda la eternidad ni el más mínimo desconfort. Pero si así era el infierno como seria su contraparte. . En el Cielo, los prados serian iguales, las salas de estar y las habitaciones iguales a las del inframundo. No habría nada, absolutamente nada que las diferenciara de las de el mundo de abajo 
    Pero  para aquellos que no fueran Dios, esto es una gran inquietud. Si los dos son exactamente igual de acogedores y pulcros para sus futuros habitantes ¿dónde reside la condena y dónde está la gloria?
    El  truco estaba no en el lugar y más bien dentro de aquellos que vivirían en los 2 lugares supuestamente antagónicos. La magia la puso en la mente de los habitantes, tejiendo un velo de ilusión sobre ambos reinos.
    A los desterrados y castigado para ir al Inframundo les implantó un espejismo en la memoria: les hizo creer que arriba, en el cielo, se está celebrando el banquete más espectacular y delicioso de la eternidad, que todos allí viven en plenitud con todos los aspectos de su vida haciendo parte de un eterno festin de actividades gloriosas. Que la música celestial los acompañaría constantemente y que la presencia de Dios estaría allí para llenarlos con plenitud, casi como si los ángeles fueran parte de un coro celestial y un grupo encargado de el entretenimiento constante. 
    . Y así, cómodamente sen

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Generated: 3/28/2026 - 6:18:48 AM