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Juan David Betancur Fernandez
[email protected]Había una vez, cuando la niebla del campo aún tejía los secretos del mundo y los ríos susurraban conjuros antiguos, existió un hombre cuyo corazón no latía con sangre, sino con polvo y oro. Era un ser sombrío, terco y tan avaro que parecía haberle robado la luz a su propia mirada.
Mientras los aldeanos compartían el pan y las penas, él cerraba sus puertas a cal y canto. Si los más humildes acudían a su umbral, suplicando unas monedas para darle un adiós digno a un vecino caído, él los echaba con una sentencia que pronto se convertiría en su propia maldición: "Yo no le debo nada a nadie, y menos voy a cargar con mortecinos. El día que mi aliento se apague, tírenme al río o a un zanjón para que los gallinazos hagan un festín conmigo".
Aquellas palabras, cargadas de desprecio, quedaron flotando en el viento como un oscuro presagio.
Y como el destino siempre cobra las promesas que se lanzan al viento, la muerte llegó por el desalmado. Se lo llevó en el más profundo de los silencios, en una habitación fría, sin el tibio consuelo de una lágrima, ni el eco de una sola oración que guiara su alma en la oscuridad.
Sin embargo, los campesinos, cuyas almas estaban hechas de luz y compasión, se negaron a cumplir su cruel voluntad. Juntaron sus escasas monedas, trenzaron madera y bejucos, y construyeron un lecho fúnebre: El Guando.
Pero al intentar levantar el cuerpo, la magia oscura de sus malas acciones se manifestó. El difunto pesaba como si albergara en su interior todas las rocas de las montañas. No era el peso de la carne, era el peso aplastante de un alma vacía de amor. Tuvieron que hacer relevos cuadra a cuadra, sudando frío bajo una carga sobrenatural, tratando de llevarlo hasta el camposanto.
El clímax de esta lúgubre travesía los alcanzó al llegar al viejo puente de madera que cruzaba el río. Al dar el primer paso sobre las tablas, el aire se volvió de hielo y pareciera que aquel cauce de agua que pasaba junto al pueblo estuviera reclamando aquel cuerpo odioso. El peso del difunto se multiplicó de forma monstruosa, como si el rio lo llamara desde su profundidad, mientras el cortejo de campesinos hacían un gran esfuerzo por sostenerlo.
Pero unos cuantos pasos más adelante ya sobre lo más alto de aquel viejo puente Las cuerdas del Guando se reventaron como hilos de telaraña. El golpe contra el puente fue tan devastador que la madera estalló en mil pedazos. Con un rugido ensordecedor, las aguas enfurecidas del río se abrieron como las fauces de una bestia antigua y se tragaron el cuerpo en un solo instante. Los hombres, despavoridos, buscaron entre la espuma y la corriente, pero el río había borrado cualquier rastro del avaro y su camilla. Se había cumplido su propia profecía.
Desde aquella noche trágica, el avaro no encontró el descanso, sino que se convirtió en prisionero de la bruma. Hoy en día, su espíritu deambula como una aparición fantasmagórica, una sombra condenada a revivir su propio entierro.
Cuentan que este espanto va acompañado de cuatro personas, que generalmente son los cargueros del muerto. Aparece a la orilla del camino, a la orilla de un río, cerca de un pantano o entre el bosque.
Las apariciones de este macabro espectáculo en la mayoría de las veces conmueve, no sólo por creer que en realidad llevan al difunto o por ir los familiares acompañándolo, sino por el murmullo coral del rezo del Rosario y la Misa por su alma.
Quienes caminan de noche, especialmente en la víspera del Día de los Difuntos, suelen paralizarse de terror cuando el viento les trae el escalofriante sonido de madera crujiendo y lazos restallando en un compás eterno e hipnótico: "ch