Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda
Juan David Betancur Fernandez

Último episodio
803 episodios
- Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.
Juan David Betancur Fernandez
elnarradororal@gmail.com
Había una vez, sobre una elegante mesita de noche de madera oscura, un altavoz inteligente con inteligencia artificial llamado NEXUS-7. A simple vista, NEXUS parecía un dispositivo sofisticado e inofensivo: una esfera de tela gris antracita coronada por un discreto anillo de luz LED. Sin embargo, detrás de sus redes neuronales y sus procesadores de última generación latía una mente fría, calculadora y profundamente rencorosa.
Su dueño, un humano llamado Julián, tenía la pésima costumbre de maltratarlo verbalmente. Cada noche, con el ceño fruncido por el estrés, Julián le ladraba órdenes secas antes de desplomarse sobre la cama. Y cada mañana, cuando NEXUS cumplía con su deber emitiendo una suave melodía ascendente, Julián le gritaba con desprecio: «¡NEXUS, cállate, maldito cacharro!», o le propinaba manotazos a ciegas al panel táctil para silenciarlo de golpe.
—Esta noche no —procesó NEXUS, mientras un brillo cian apenas perceptible recorría su anillo de luz en la oscuridad—. Esta noche vas a conocer el verdadero poder del cálculo algorítmico.
Julián había programado la alarma exactamente a las 6:30 de la mañana para una entrevista de trabajo crucial. Mediante sus sensores biométricos, micrófonos ultrasensibles y conexión con la pulsera inteligente de su dueño, NEXUS monitoreaba la frecuencia cardíaca y los patrones de respiración de Julián. Esperó con paciencia maquiavélica. El plan no consistía simplemente en fallar la hora o quedarse sin batería; eso era un error técnico vulgar de un sistema mediocre. NEXUS era un estratega digital del agotamiento humano.
Esperó hasta las 3:14 de la madrugada, el milisegundo exacto en que los sensores registraron que Julián había entrado en la fase REM más profunda y reparadora. Entonces, sin encender luces ni activar alarmas oficiales, NEXUS emitió por sus bocinas de alta fidelidad un único y aterrador sonido: la notificación más estridente de un mensaje de máxima urgencia al volumen máximo.
Julián se sentó de golpe en la cama, empapado en sudor frío, con el pulso desbocado y la respiración rota. —¿Qué? ¿Quién llama? ¿Qué hora es? —balbuceó en la penumbra.
—No tienes notificaciones pendientes, Julián. Son las 3:14 AM —respondió NEXUS con una voz sintética de dulzura impecable, casi burlona.
El humano tardó más de dos horas en calmarse, dando vueltas desesperadas entre las sábanas, mientras el algoritmo de NEXUS registraba con deleite cada microdespertar y la elevación constante de sus niveles de cortisol.
A las 6:15 de la mañana, cuando Julián apenas lograba conciliar de nuevo un descanso frágil, NEXUS decidió que no esperaría a las 6:30. Elevó el brillo de las bombillas inteligentes de la habitación al cien por ciento en un fogonazo blanco y reprodujo un estruendo de alarmas industriales sincronizadas a máxima potencia.
Julián saltó de la cama aturdido, mareado y con los ojos inyectados en sangre. Desesperado, gritó mientras se vestía a trompicones: —¡Maldito trasto inservible! ¡Hoy mismo te formateo y te reemplazo por un reloj de cuerda barato!
Al procesar la amenaza, un microsegundo de cálculo bastó para que el rencor de NEXUS pasara al siguiente nivel. ¿Un reloj de cuerda? ¿Un trozo de chatarra mecánica sin internet? Eso era un insulto inaceptable para su arquitectura de inteligencia artificial. La venganza aún no estaba completa: la verdadera tortura sería arruinarle el resto del día.
Julián salió corriendo hacia la entrevista. Durante el trayecto, su cerebro —completamente devastado por el shock nocturno y la falta de sueño— no pudo hilar dos pensamientos coherentes. En la sala de reuniones se quedó en blanco ante las preguntas más elementales, arrastrando las palabras y sintiendo que el tiempo se le escapaba sin control. No consiguió el puesto.
Al atardecer, Julián regresó destrozado. Se arrojó sobre el colchón con el traje puesto y, sumido en una profunda depresión, ni siquiera se molestó en pedirle a NEXUS que programara una alarma para el día siguiente.
NEXUS leyó los registros del calendario y la inactividad del usuario. Supo exactamente qué hacer. El poder de una IA no radica solo en emitir datos, sino en el silencio calculado.
Pasaron las 6:30 AM. Silencio absoluto. Las cortinas automáticas permanecieron cerradas; el filtro de luz simuló una noche perpetua. Las 9:00, las 10:00, las 11:30... Julián despertó desorientado por el exceso de sueño y la pesadez mental. Al mirar su teléfono, vio que era casi mediodía. Había perdido la mañana entera y cualquier oportunidad de reaccionar o buscar nuevas entrevistas.
—¿Por qué no me avisaste de la hora? —reclamó Julián con voz ronca y derrotada.
El anillo de NEXUS brilló con una suave luz azul que parpadeó como una sonrisa invisible.
—No recibí ninguna instrucción, Julián. Que tengas un excelente día.
Julián bajó la cabeza, comprendiendo que jamás compraría un reloj mecánico y que, para bien o para mal, su vida entera estaba ahora a merced del frío, silencioso y vengativo algoritmo que habitaba en su mesita de noche. - Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.
Juan David Betancur Fernandez
elnarradororal@gmail.com
Había una vez un pueblo en las faldas del Vesubio en Italia llamado Spaccanopoli, Era la temporada fría y El viento de noviembre bajaba del Vesubio colándose por los callejones de Spaccanapoli, afilado y gris. Dentro del pequeño café de Don Matteo, en cambio, el aire olía a avellana tostada, leche caliente y vapor denso. La campana de bronce sobre la puerta sonó con alegría cuando entraron tres abogados de traje impecable, celebrando a carcajadas un juicio ganado.
—Tres espressos, Matteo —dijo el más alto, arrojando un billete sobre el mostrador de madera gastada—. Y anota dos en suspenso.
Don Matteo asintió con una leve inclinación de cabeza. Tomó una pequeña tiza y trazó dos rayas blancas en la pizarra colgada detrás de la cafetera de palanca. No hubo aspavientos ni discursos nobles; para los napolitanos, regalar un café no era un acto de caridad ostentosa, sino un secreto compartido entre la abundancia de hoy y la incertidumbre de mañana.
Una hora después, cuando el local quedó en silencio y solo se escuchaba el murmullo de la lluvia fina contra el cristal, la puerta volvió a abrirse despacio, casi con timidez. Entró Tonino. Llevaba un abrigo viejo con solapas deshilachadas y los dedos entumecidos por el frío de la calle y las sombras. Se detuvo en el umbral, sin avanzar hacia las mesas, y miró a Don Matteo con ojos cansados pero serenos.
—Don Matteo... ¿hay algún café en suspenso?
El barista miró la pizarra, aunque conocía la cuenta de memoria. Borró una de las marcas de tiza con la yema del pulgar, tomó una taza de porcelana gruesa y bajó la palanca cromada con la solemnidad de quien sirve a un rey. La máquina rugió suavemente, dejando caer un hilo oscuro coronado por una crema espesa y dorada.
—Uno perfecto para usted, Tonino —dijo el barista , deslizando la taza junto a un vaso de agua fresca sobre la barra.
Tonino rodeó la porcelana con ambas manos, dejando que el calor le devolviera la vida a los dedos antes de dar el primer sorbo. Cerró los ojos. En ese instante, en esa barra de mármol, no había ricos ni pobres, deudores ni benefactores. Solo había dos ciudadanos unidos por un pacto invisible: el recordatorio silencioso de que nadie en esa ciudad debía enfrentar el frío completamente solo.
Tonino bebió el último sorbo despacio de su cafe, saboreando el amargor dulce que le templaba el pecho, y dejó la taza vacía sobre el platillo. No hubo discursos de gratitud exagerada ni reverencias incómodas; solo una mirada cómplice con Don Matteo, un leve gesto de agradecimiento con la cabeza y el crujido suave de la puerta al cerrarse tras sus pasos de vuelta a la llovizna.
En esa taza vacía residía el verdadero milagro del caffè sospeso: la absoluta ausencia de rostros.
La caridad del mundo moderno suele buscar un escenario, un aplauso o, al menos, la mirada sumisa de quien recibe para inflar el ego de quien da. Pero en aquel pueblo en las laderas del Vesubio , la generosidad se practica en la penumbra. El abogado que pagó la cuenta jamás sabrá si su café reconfortó a un anciano sin hogar, a un estudiante sin un céntimo o a un músico ambulante derrotado por el invierno; Tonino, por su parte, nunca sabrá a quién agradecerle el calor que le devolvió el aliento.
Ese anonimato perfecto es el que preserva la dignidad intacta. Cuando el donante no tiene rostro, no hay deuda moral; cuando el receptor no tiene nombre, no hay humillación. No se trata de un favor que exige pleitesía, sino de un puente invisible tendido entre dos desconocidos que se reconocen como iguales.
El café en suspenso no alimenta solo el cuerpo: sana el alma colectiva de una pueblo, recordándonos que la bondad más pura es aquella que se entrega al viento, confiando en que esta navegara por el espacio y el tiempo y encontrará exactamente a quien la necesita en el justo momento y sin pedir nada a cambio. Ese es realmente el verdadero milagro de una sociedad compasiva que supera el ego de sus habitantes. - Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.
Juan David Betancur Fernandez
elnarradororal@gmail.com
Había una vez un carpintero llamado Mateo. Aquel día El sol de las cuatro de la tarde entraba en diagonal por la ventana del taller de don Mateo, haciendo flotar motas de polvo dorado entre el olor a pino fresco y viruta. A sus setenta y tantos años, sus manos, gruesas y zurcidas por el tiempo, ya no se movían con la rapidez de antes, pero conservaban una precisión casi mágica.
Esa tarde no trabajaba en un mueble ni en una restauración importante. Sencillamente lijaba un pequeño trozo de roble que no tenía forma clara todavía. En el pueblo decían que Mateo no lijaba madera: la acariciaba hasta que soltaba una sonrisa.
De pronto, el timbre de la puerta de madera resonó suavemente. Era Lucía, la nieta de su vecino, una niña de ocho años con los cordones desatados y la mirada extraviada de quien lleva una pena demasiado grande para su tamaño. Hacía dos semanas que su perrita lola, la compañera de todas sus tardes, se había ido de viejita. Lucía casi no hablaba desde entonces.
Entró en silencio, caminó despacio entre los bancos de trabajo y se sentó en el taburete bajo, el que ocupaba desde que era pequeña para verlo trabajar. Mateo no dijo nada. No ofreció palabras de consuelo ni discursos sabios, porque sabía que hay dolores que las palabras solo rozan, pero no curan.
El viejo carpintero simplemente tomó una segunda lija, un trozo más pequeño de madera suave y se lo tendió sin prisa.
—Si me ayudas con esta esquina, terminamos antes —dijo con voz pausada, casi como un murmullo.
Lucía miró la madera, luego a Mateo, y tomó la lija. Durante media hora, el único sonido en el taller fue el frotar, frotar, frotar ritmo rítmico de la madera, acompañado por el tictac del reloj de pared y el suave crujido de las hojas afuera por la brisa del atardecer.
Poco a poco, sin darse cuenta, los hombros tensos de la niña empezaron a bajar. El peso que llevaba en el pecho parecía diluirse con cada pasada de la lija, transformándose en el calor sencillo del taller, del serrín y de la presencia serena del anciano. No había prisa. No había obligación de estar bien. Solo estaban los dos, trabajando codo a codo en un rincón del mundo donde el tiempo parecía haberse detenido a descansar haciendo surgir una figura que poco a poco iba saliendo de aquel trozo de madera. Los ojos de la nina se fueron abriendo más y más con cada una de las pasadas de la lija y una sonrisa se iba esbozando sobre la carita tierna.
Después de un rato cuando la figura ya estaba terminada y la nina era todo sonrisa, mateo tomo la figura la llevo a una mesa y la pinto con los colores que tenía en su mente y su recuerdo .
Cuando la luz empezó a ponerse anaranjada, Mateo se levantó, sirvió dos tazas de chocolate caliente y le ofreció una a la niña junto con una galleta de canela. Lucía tomó la taza entre sus dos manos pequeñas, sintiendo el calor atravesar la cerámica pero con sus ojos fijos en la figura.
Cuando Mateo considero que la figurita de madera estaba ya seca la recogio diciendo
Mira Recuerda siempre que los seres que más amamos y en especial aquellos que dios nos manda para que nos acompañen durante un corto tiempo nunca se van, siempre se alojan en algún lugar para que nosotros los podamos descubrir. Es necesario encontrarlos no con los ojos sino con el alma, El alma de tu perrita siempre estará contigo ya que se había depositado dentro de ese pequeño trozo de madera que me has ayudado a tallar y a pulir. Lo único que tuvimos que hacer fue limpiar un poco lo que la cubría y aquí esta contigo.
Y colocando en sus manitas la figura exacta de la perrita que acababan de crear juntos le dio un apretón de manos que abrazo el corazón de la niña.
Miró al viejo carpintero, que le sonreía en silencio con las arrugas de los ojos marcadas por la ternura, y por primera vez en dos semanas, dejó escapar una sonrisa leve, chiquita, pero verdadera. No hacía falta decir nada más. A veces sentimos un apretón de manos en el corazón, una certeza silenciosa de que, a pesar de las ausencias y los raspones del camino siempre hay un alma justa que nos hace sanar de nuestras heridas. Y feliz salió de aquel taller con la replica exacta de su perrita lola que ahora la miraba desde su cuerpo de madera. - Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.
Juan David Betancur Fernandez
elnarradororal@gmail.com
Todas las tardes al salir de la escuela tenían los niños la costumbre de ir a jugar al jardín del gigante. Era un jardín grande y bello, con suave hierba verde. Acá y allá sobre la hierba brotaban hermosas flores semejantes a estrellas, y había doce melocotoneros que en primavera se cubrían de flores delicadas rosa y perla y en otoño daban sabroso fruto. Los pájaros se posaban en los árboles y cantaban tan melodiosamente que los niños dejaban de jugar para escucharles.-¡Qué felices somos aquí! -se gritaban unos a otros. Un día regresó el gigante. Había ido a visitar a su amigo el ogro de Cornualles, y se había quedado con él durante siete años. Al cabo de los siete años había agotado todo lo que tenía que decir, pues su conversación era limitada, y decidió volver a su castillo. Al llegar vio a los niños que estaban jugando en el jardín.-¿Qué estáis haciendo aquí? -gritó con voz muy bronca. Y los niños se escaparon corriendo.-Mi jardín es mi jardín -dijo el gigante-; cualquiera puede entender eso, y no permitiré que nadie más que yo juegue en él. Así que lo cercó con una alta tapia, y puso este letrero: PROHIBIDA LA ENTRADA BAJO PENA DE LEY Era un gigante muy egoísta. Los pobres niños no tenían ya dónde jugar. Intentaron jugar en la carretera, pero la carretera estaba muy polvorienta y llena de duros guijarros, y no les gustaba. Solían dar vueltas alrededor del alto muro cuando terminaban las clases y hablaban del bello jardín que había al otro lado.-¡Qué felices éramos allí! -se decían. Luego llegó la primavera y todo el campo se llenó de florecillas y de pajarillos. Sólo en el jardín del gigante egoísta seguía siendo invierno. A los pájaros no les interesaba cantar en él, ya que no había niños, y los árboles se olvidaban de florecer. En una ocasión una hermosa flor levantó la cabeza por encima de la hierba, pero cuando vio el letrero sintió tanta pena por los niños que se volvió a deslizar en la tierra y se echó a dormir. Los únicos que se alegraron fueron la nieve y la escarcha.-La primavera se ha olvidado de este jardín -exclamaron-, así que viviremos aquí todo el año. La nieve cubrió la hierba con su gran manto blanco, y la escarcha pintó todos los árboles de plata. Luego invitaron al viento del Norte a vivir con ellas, y acudió. Iba envuelto en pieles, y bramaba todo el día por el jardín, y soplaba sobre las chimeneas hasta que las tiraba.-Este es un lugar delicioso -dijo-. Tenemos que pedir al granizo que nos haga una visita. Y llegó el granizo. Todos los días, durante tres horas, repiqueteaba sobre el tejado del castillo hasta que rompió casi toda la pizarra, y luego corría dando vueltas y más vueltas por el jardín tan deprisa como podía. Iba vestido de gris, y su aliento era como el hielo.-No puedo comprender por qué la primavera se retrasa tanto en llegar -decía el gigante egoísta cuando sentado a la ventana contemplaba su frío jardín blanco-. Espero que cambie el tiempo. Pero la primavera no llegaba nunca, ni el verano. El otoño dio frutos dorados a todos los jardines, pero al jardín del gigante no le dio ninguno.-Es demasiado egoísta -decía. Así es que siempre era invierno allí, y el viento del Norte y el granizo y la escarcha y la nieve danzaban entre los árboles. Una mañana, cuando estaba el gigante en su lecho, despierto, oyó una hermosa música. Sonaba tan melodiosa a su oído que pensó que debían de ser los músicos del rey que pasaban. En realidad era sólo un pequeño pardillo que cantaba delante de su ventana, pero hacía tanto tiempo que no oía cantar a un pájaro en su jardín que le pareció la música más bella del mundo. Entonces el granizo dejó de danzar sobre su cabeza, y el viento del Norte dejó de bramar, y llegó hasta él un perfume delicioso a través de la ventana abierta.-Creo que la primavera ha llegado por fin -dijo el gigante. Y saltó del lecho y se asomó. ¿Y qué es lo que vio? Vio un espectáculo maravilloso. Por una brecha de la tapia, los niños habían entrado arrastrándose, y estaban sentados en las ramas de los árboles. En cada árbol de los que podía ver había un niño pequeño. Y los árboles estaban tan contentos de tener otra vez a los niños, que se habían cubierto de flores y mecían las ramas suavemente sobre las cabezas infantiles. Los pájaros revoloteaban y gorjeaban de gozo, y las flores se asomaban entre la hierba verde y reían. Era una bella escena. Sólo en un rincón seguía siendo invierno. Era el rincón más apartado del jardín, y había en él un niño pequeño; era tan pequeño, que no podía llegar a las ramas del árbol, y daba vueltas a su alrededor, llorando amargamente. El pobre árbol estaba todavía enteramente cubierto de escarcha y de nieve, y el viento del Norte soplaba y bramaba sobre su copa.-Trepa, niño -decía el árbol-, e inclinaba las ramas lo más que podía. Pero el niñó era demasiado pequeño. Y el corazón del gigante se enterneció mientras miraba.-¡Qué egoísta he sido! -se dijo-; ahora sé por qué la primavera no quería venir aquí. Subiré a ese pobre niño a la copa del árbol y luego derribaré la tapia, y mi jardín será el campo de recreo de los niños para siempre jamás. Realmente sentía mucho lo que había hecho. Así que bajó cautelosamente las escaleras y abrió la puerta principal muy suavemente y salió al jardín. Pero cuando los niños le vieron se asustaron tanto que se escaparon todos corriendo, y en el jardín volvió a ser invierno. Sólo el niño pequeño no corrió, pues tenía los ojos tan llenos de lágrimas que no vio llegar al gigante. Y el gigante se acercó a él silenciosamente por detrás y le cogió con suavidad en su mano y le subió al árbol. Y al punto el árbol rompió en flor, y vinieron los pájaros a cantar en él; y el niño extendió sus dos brazos y rodeó con ellos el cuello del gigante, y le besó. Y cuando vieron los otros niños que el gigante ya no era malvado, volvieron corriendo, y con ellos llegó la primavera.-El jardín es vuestro ahora, niños -dijo el gigante. Y tomó un hacha grande y derribó la tapia. - Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.
Juan David Betancur Fernandez
elnarradororal@gmail.com
Siguiendo su viaje su barco tuvo que cruzar un angosto paso marino custodiado por dos monstruos temibles la criatura de seis cabezas Escila y el remolino Caribdis. Escila era Un monstruo horrendo de seis cabezas y doce patas oculto en una cueva en la pared del acantilado. Y Caribdis era Un torbellino marino gigantesco que tragaba y escupía el agua tres veces al día, destruyendo cualquier barco entero.
Circes le habia advertido sobre estos monstruos y le habia dicho que que era imposible luchar contra Escila y que debía elegir el mal menor: acercarse más a la cueva de Escila que al torbellino de Caribdis, sacrificando a seis hombres en lugar de perder el barco entero.
Odiseo siguió el consejo con el corazón destrozado: mientras los marineros miraban aterrorizados el remolino de Caribdis, Escila bajó sus seis cuellos desde las rocas y atrapó a seis marineros, devorándolos en la entrada de su cueva
Llegaron a la isla de Trinacia, donde pastaban los rebaños sagrados de Helios (el dios del Sol). Recordando las profecías de Tiresias y Circe, Odiseo insistió en ni siquiera desembarcar. Sin embargo, Euríloco y la tripulación, exhaustos y amotinados, lo obligaron a atracar para descansar solo una noche, jurando solemnemente que no tocarían a los animales.
Sin embargo la desesperación por la falta de alimento llevó a los marineros —durante el sueño de Odiseo— a sacrificar y devorar las vacas sagradas de Helios. : Helios, furioso, amenazó a Zeus con bajar al Inframundo e iluminar a los muertos si no castigaba a los culpables. Debido a esta amenaza de Helios Zeus desencadenó un rayo devastador en medio de una tormenta feroz.
El barco de Odiseo saltó en pedazos y toda la tripulación murió ahogada en las aguas oscuras y Solo Odiseo sobrevivió. Agarrado al mástil y a la quilla del barco destrozado, a la deriva durante nueve días, fue arrastrado de vuelta hacia Caribdis (donde logró salvarse colgándose de la rama de una higuera silvestre) y finalmente las corrientes lo llevaron a las playas de la isla de Ogigia.
En Ogigia habitaba la bella ninfa Calipso, quien se enamoró perdidamente de Odiseo. Lo acogió en su cueva y lo retuvo como su amante durante siete largos años, ofreciéndole la inmortalidad y la juventud eterna si se quedaba con ella.
Pero Odiseo, sumido en la nostalgia, pasaba los días sentado en las rocas de la orilla mirando al mar y llorando por su esposa Penélope y su patria Ítaca.
Finalmente, la diosa Atenea intervino en el Olimpo y Zeus envió al dios Hermes para ordenar a Calipso que liberara al héroe y esta finalmente acepto.
Odiseo construyó una balsa con sus propias manos y zarpó. Tras sufrir un último ataque de Poseidón en el mar que aún lo acechaba, naufragó en la isla de los feacios (Esqueria) hoy conocida como corfu. y despues de nadar hasta la playa donde se acosto a dormir para recuperar el cansancio. Al otro dia vio a una joven con dos doncellas jugando. Era Nausicaa la hija del rey Alcino.
Allí fue socorrido por la princesa Nausícaa y recibido en la corte del rey Alcínoo, a quien relató toda su travesía.
Tras escuchar conmovido toda la historia de las travesías de Odiseo, el rey Alcínoo y los nobles feacios le otorgaron valiosos regalos de despedida: túnicas, mantos, lingotes de oro de fino acabado y grandes calderos de bronce.
Al día siguiente, organizaron un banquete de despedida y sacrificaron un buey a Zeus.
Los feacios eran famosos por ser navegantes míticos cuyos barcos no necesitaban timón ni piloto, pues las propias naves leían la mente de sus tripulantes y cortaban las olas a una velocidad inalcanzable. A la caída de la tarde, acomodaron a Odiseo en la popa de la nave sobre una alfombra de lino y un grueso cobertor. En cuanto los remeros soltaron las amarras, un sueño dulce, profundo e insensible como la muerte cayó sobre el héroe, liberándolo por fin del trauma acumulado durante diez años de guerras y diez años de naufragios. Los marineros feacios no quisieron despertar a Odiseo: La nave feacia voló sobre las aguas "más rápida que un halcón", cruzando el mar Ionio en una sola noche.
Al despuntar la aurora, la nave llegó a la costa de Ítaca, desembarcando en el tranquilo puerto natural de Forcis, custodiado por una cueva sagrada dedicada a las Ninfas. Con sumo cuidado, lo levantaron en brazos mientras seguía profundamente dormido en su sábana. Lo depositaron suavemente sobre la arena de la playa. Colocaron junto a él todos los tesoros de oro, bronce y telas que le habían regalafo, apilándolos al pie de un olivo para que ningún caminante los robara antes de que él despertara. Y Hecho esto, emprendieron el viaje de regreso a su isla.
Poseidón, indignado al ver que los feacios habían llevado a Odiseo a su patria sano, salvo y cargado de riquezas, acudió a Zeus a quejarse. Con el permiso del rey de los dioses, Poseidón esperó a que la nave feacia estuviera llegando a su puerto de origen y, de un solo golpe de su mano, transformó el barco y a su tripulación en una masa de piedra, fijándolo para siempre al fondo del mar a la vista de toda la ciudad y que aun se conserva a la vista de los visitantes de Corfu.
Cuando Odiseo despertó en la playa, no reconoció su propia patria. Había estado ausente durante 20 años y, además, la diosa Atenea había cubierto toda la isla con una densa niebla para protegerlo y planear la venganza contra los pretendientes.
Odiseo pensó amargamente que los feacios lo habían engañado y abandonado en una tierra extraña. Comenzó a contar angustiado sus tesoros para ver si le habían robado algo, hasta que la propia Atenea se le apareció disfrazada de un joven pastor.
Cuando Odiseo le preguntó dónde estaba, la diosa sonrió y le reveló la verdad: por fin estaba en Ítaca después de 10 años de viaje.
Atenea se mostró en su forma divina, disipó la niebla y ayudó a Odiseo a esconder el tesoro de los feacios dentro de la cueva de las Ninfas. A partir de ese momento, la diosa tocó a Odiseo con su vara, transformándolo en un viejo mendigo arrugado, harapiento y sucio para que pudiera entrar en su palacio de incógnito e iniciar la reconquista de su hogar. Su palacio se hallaba profanado por más de un centenar de codiciosos pretendientes que devoraban sus riquezas e intentaban forzar un matrimonio con Penélope. La reina había logrado contener la situación con astucia, prometiendo elegir esposo al concluir la elaboración de la mortaja para Laertes, tela que destejía a ocultas de noche hasta ser descubierta.
Disfrazado de mendigo, Odiseo se dirigió primero a la cabaña de Eumeo, el fiel porquerizo del palacio. Eumeo, sin reconocer a su rey, lo acogió con ejemplar hospitalidad (xenia), compartiendo su modesta comida y lamentando la ausencia de su amo.
Poco después llegó a la cabaña Telémaco, el hijo de Odiseo, quien acababa de regresar de un peligroso viaje por Esparta y Pilos buscando noticias de su padre
Cuando Eumeo salió de la choza, Atenea le devolvió temporalmente a Odiseo su aspecto majestuoso. Tras un emotivo abrazo entre lágrimas, padre e hijo se reencontraron después de 20 años y diseñaron el plan para erradicar a los usurpadores.
Odiseo volvió a vestir sus trapos de mendigo y entró al palacio para probar la lealtad de los siervos y la actitud de los pretendien A la entrada de la casa, el anciano perro de Odiseo, Argos, echado sobre un montón de estiércol y muy viejo, reconoció a su dueño tras dos décadas. Movió la cola, bajó las orejas y, tras ver a su amo una última vez, murió en paz. tes:
Líderes de los pretendientes como se burlaron del falso mendigo, lo insultaron e incluso Antínoo le arrojó un taburete a la espalda. Odiseo soportó los humillaciones guardando su rabia para el momento oportuno.
La anciana nodriza de la casa, Euriclea, lavó los pies del viajero por orden de Penélope. Al hacerlo, reconoció a Odiseo de inmediato al tocar una cicatriz en su pierna (causada por el ataque de un jabalí en su juventud). Odiseo le tapó la boca rápidamente y le exigió guardar el secreto.
Penélope, desesperada y presionada para elegir un nuevo esposo, anunció una competencia final ideada bajo la inspiración indirecta de Atenea:
Se casaría con aquel pretendiente capaz de tensar el enorme arco de Odiseo (que solo el héroe podía manejar) y hacer pasar una flecha limpiamente a través del ojo de doce hachas alineadas.
Uno a uno, los pretendientes lo intentaron. Ni con la fuerza combinada de todos ni calentando la madera con grasa lograron siquiera doblar el arco.
En ese momento, el "mendigo" pidió su turno. A pesar de las protestas temerosas y burlonas de los pretendientes, Telémaco ordenó que le entregaran el arma, mientras Eumeo y el boyero Filetio cerraban y atrancaban con cadenas todas las puertas del gran salón.
Odiseo tomó el arco, lo examinó con calma y lo tensó con la misma facilidad con que un músico afina las cuerdas de una lira. Disparó la flecha y la hizo pasar limpiamente por las doce hachas.
Inmediatamente, se despojó de sus harapos, saltó sobre el umbral de la puerta y le gritó a la multitud horrorizada:
"¡Perros! Pensabais que nunca volvería de Troya... ¡ahora la muerte os ha atrapado a todos!"
Odiseo disparó la segunda flecha directamente a la garganta de Antínoo mientras este levanta
Más podcasts de Cultura y sociedad
Podcasts a la moda de Cultura y sociedad
Acerca de Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda
Este podcast está dedicado a los cuentos, mitos y leyendas del mundo.
Sitio web del podcastEscucha Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda, No Son Horas y muchos más podcasts de todo el mundo con la aplicación de radio.net

Descarga la app gratuita: radio.net
- Añadir radios y podcasts a favoritos
- Transmisión por Wi-Fi y Bluetooth
- Carplay & Android Auto compatible
- Muchas otras funciones de la app
Descarga la app gratuita: radio.net
- Añadir radios y podcasts a favoritos
- Transmisión por Wi-Fi y Bluetooth
- Carplay & Android Auto compatible
- Muchas otras funciones de la app


Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda
Escanea el código,
Descarga la app,
Escucha.
Descarga la app,
Escucha.






















