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Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda

Juan David Betancur Fernandez
Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda
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    763. La tentación y el Pecado

    04/04/2026 | 8 min
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    Juan David Betancur Fernandez
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    Había una vez un centro de ancianos que tenía dos inquilinos muy particulares. En aquel hospicio, donde el aire huele a lavanda rancia y a tiempo inexorablemente detenido, vivían dos personales  que  como cosa curiosa no figuraban en los registros oficiales: Estos eran  La Tentación y El Pecado. Ellos se habian acomodado plácidamente en la habitación 402 y desde allí salían a visitar asiduamente a los demás inquilinos. 
    Su habitación estaba estratégicamente ubicada, era al final del pasillo y desde allí podían ver claramente quien entraba y quien salia de las habitaciones. No había forma de evitar que estos dos se percataran de los menesteres de los viejos habitantes. 
    La Tentación era una mujer de elegancia marchita. Vestía un camisón de seda que alguna vez fue blanco y que ahora ya se veía curtido por el tiempo. La tentación solía salir de su habitación y sin que nadie se diera cuenta se sentaba al borde de las camas de aquellos que ya estaban moribundos, lo hacia  no para ofrecerles el cielo a cambio de su arrepentimiento. No ella se acercaba a ellos para recordarles el sabor de un vino que no debieron beber o el nombre de un amante que no les pertenecía y de todas aquellas situaciones en las que la prudencia o el simple miedo evitaron que algo hubiera sucedido con consecuencias terribles. Ella se acercaba a los oídos del moribundo y le susurraba: "¿Y si lo hubieras hecho?".
    El Pecado, por otro lado, era un hombre robusto de hombros caídos, cargando una maleta pesada que quien la tratara de abrir pensaría que llevaba piedras. La verdad es que nunca nadie pudo saber que había dentro de esa maleta y el por su cuenta se aseguraba de nunca abrirla .Su comportamiento era bien diferente. El podía entrar en la mente y el alma de los moribundos sin que ellos mismos se dieran cuenta y como si fuera un sentencia les decía  "ya es tarde". Y en silencio se sentaba a ver la reacción de pavor que estas palabras producían en los últimos momentos de la vida. 
    Por su parte la pareja de la habitación 402  tenian un relación igualmente particular. Su relación era la de un viejo matrimonio que ya no se ama, pero que no sabe existir por separado. Eran dos lados de una misma moneda que siempre giraba y parecía una sola. Su rutina diaria les daba el alimento y la satisfacción para continuar allí día a día. 
    Por las mañanas ambos se levantaban y dirigiéndose a las habitaciones de los otros habitantes   Desayunaban los remordimientos de los enfermeros que robaban medicinas, sabiendo que uno lo hacían por ella y otros sufrían el peso impuesto por el. 
    Por las tardes: se dedicaban a escuchar cuales eran los pronósticos de vida de los inquilinos para el siguiente día y se sentaban juiciosamente a preparar los planes de trabajo para la noche. 
    Por las noches: Salían a trabajar muy atentos a cada una de las señales de los aparatos de monitoreo. 
    Aquella tarde en particular la tentación dijo . Mira "Ayer casi convenzo al viejo del 305 de maldecir a su hija," presumía la Tentación, limándose las uñas. Yo creo que si le hubiera hecho un poco más de esfuerzo hubiera sucedido. Pero no importa porque se de fuente confiable que todavía tiene varios días más aquí. 
    El pecado simplemente se sonrió y con voz aquella voz suave que solo el pecado tiene le dijo "Llegas tarde,". "Yo ya me instalé en su pecho hace una semana. Y he de decirte que  No necesita maldecir a nadie ya que yo estoy allí presente y no le deja dormir desde entonces. No te preocupes por el. 
    Y así transcurrían los días en aquel hospicio. Pero algo inesperado sucedió un martes. 
    Un martes, llegó un hombre llamado J
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    762. Simón de Cirene

    01/04/2026 | 7 min
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    Juan David Betancur Fernandez
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    Había una vez un hombre de hombros anchos y manos ásperas llamado Simón. Simon Venía de las tierras de Cirene, donde el sol quema la arena y el viento huele a sal. Aquel día, Simón solo tenía un deseo en el corazón: atravesar las murallas de aquella ciudad, comprar algo de grano y regresar a su posada para sacudirse el polvo del camino.
    Pero el aire en la ciudad era distinto; pesaba como el plomo y en el ambiente de la ciudad se sentía que algo enorme estaba sucediento. Pero el venia solo a comprar algunas cosas y marcharse lo antes posible..
    Simón caminaba con paso firme estaba obviamente  ajeno a las intrigas de los palacios y a los gritos de los templos, no pretendía ni siquiera pasar por la plaza principal de aquella ciudad, estaba siguiendo un grupo de personas aunque no sabía hacia donde se dirigían, . De pronto, el flujo de la gente que iban delante de el se detuvo. Un muro de escudos romanos le impidió el paso. Parado allí en el borde mismo de aquella angosta calle de la ciudad el podía sentir que algunos de los presentes producían un estruendo de insultos, pero luego pudo escuchar que algunas mujeres lloraban con una tristeza que era difícil de ignorar. Su mirada se dirigió hacia donde provenían los llantos y finalmente lo vio. vio aparecer a un hombre semi desnudo. Un hombre que caminaba lentamente cargando un madero  como si llevara el peso del mundo sobre el. 
    Aquel hombre no parecía un rey, aunque llevaba una corona de espinas que le hería la frente. Sus rodillas flaquearon frente a Simon y, con un estruendo seco, el pesado madero que cargaba golpeó las piedras de la calle. El condenado ya no podía más.
    De prono Simon vio como Un centurión de mirada fría comenzó a recorrer con sus ojos la multitud que se encontraban en el borde de aquella callejuela. El Centurion No buscaba piedad ni compasión. El buscaba fuerza. Sus ojos se clavaron en los hombros y la contextura de Simón.
    —¡Tú! —rugió el soldado, señalándolo con el guantelete de hierro—. Levanta el madero y ayuda a este hombre. Carga con esto.
    Simón sintió una punzada de rabia. ¿Por qué yo?, pensó. Él era un forastero, un hombre libre que nada debía a los romanos ni a aquel reo. Pero el brillo de las lanzas que rodeaban aquel centurión y aquel hombre en el suelo  no admitía réplicas. Con un gruñido de resignación, Simón se acercó y metió su hombro bajo la madera astillada.
    En el momento en que el peso de la cruz se transfirió a su espalda, ocurrió algo extraño. Simón esperaba el dolor físico, pero lo que sintió fue un vuelco en el alma. Como si una fuerza especial lo hubiera tocado desde lo más profundo de su ser. Al levantar la mirada, sus ojos se cruzaron con los de Jesús. No encontró quejas  en esa mirada, solo había  una gratitud tan profunda que Simón olvidó su cansancio su rabia inicial ya no importaba  su propósito de estar allí en la ciudad su destino estaba ligado a aquel hombre y a aquella cruz
    Y con el peso de aquel madero comenzó a ayudar a aquel hombre a caminar. A medida que subían la cuesta del Gólgota, el mundo alrededor pareció desvanecerse. Ya no escuchaba los insultos de la turba. Solo escuchaba el ritmo de sus propios pasos y la respiración fatigada del hombre que caminaba a su lado. Y algo profundo había sucedido en su interior. Simón, que al principio sentía que debía cargar  el madero por obligación, ahora lo sujetaba con fuerza, como si quisiera llevarse él solo todo el dolor para que el otro pudiera caminar un poco más erguido. Su sacrificio ya no era algo insoportable era algo que  sentía glorioso.
    Cuando finalmente llegaron a la cima de la colina, los soldados le ordenaron retirarse. Simón soltó la cruz, per
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    761. La caña (India)

    25/03/2026 | 7 min
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    Juan David Betancur Fernandez
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    Había una vez un reino ubicado en un valle enmarcado por las cumbres nevadas del norte de la India. Este reino tenía una prosperidad inigualable. Sus mercados rebosaban de sedas finas, especias que perfumaban el aire a kilómetros de distancia y piedras preciosas que destellaban bajo el sol llevando la clara señal de riqueza. El monarca de aquellas tierras había gobernado con mano firme durante décadas, acumulando tesoros en bóvedas tan profundas que ni la luz del día las alcanzaba y las cuales el solamente podía ver y disfrutar. . Sin embargo, el tiempo es el único ladrón al que un rey no puede decapitar, y el soberano había alcanzado ya una edad muy avanzada. Su cuerpo estaba frágil y sus manos, otrora fuertes, ahora temblaban bajo el peso de sus anillos de oro.
    Un día, sintiendo el aliento de la mortalidad en la nuca, mandó llamar a un yogui. Este ermitaño vivía en lo más profundo del bosque, cubierto apenas por un taparrabos, alimentándose de raíces y dedicado a la meditación silenciosa cuando recibió el requerimiento de aquel monarca se alisto a visitarlo. Cuando el místico entró al deslumbrante salón del trono, el contraste era absoluto: la serenidad desnuda de su ser frente a la opulencia temerosa de aquel hombre sentado en aquellos ricos aposentos. 
    El rey, tosiendo levemente, tomó una larga caña de bambú pulida y se la extendió.
    —Hombre piadoso —dijo el monarca con voz ronca—, he odio que tu eres uno de los hombres más sabios y bondadosos de mi reino. Por eso te he mandado llamar.  tu soberano te impone una misión. Toma esta caña de bambú y recorre cada rincón de mis dominios. Viajarás sin descanso de ciudad en ciudad, cruzarás los desiertos, te adentrarás en las selvas y caminarás de aldea en aldea. Observa con atención a mis súbditos. Cuando encuentres a la persona que, a tus ojos, sea la más tonta y necia de este mundo, deberás entregarle esta caña como símbolo de su suprema estupidez así el resto del reino se podrá librar de aquel tonto y no habrá riesgo que por azares de la vida este tonto llegue a dirigir mi reino. 
    El yogui lo miró con ojos profundos y compasivos. Hizo una leve inclinación de cabeza y respondió con voz suave pero firme: —Aunque mi espíritu no reconoce a otro rey que a mi verdadero yo interior, mi señor, habré de hacer lo que me pides para complacerte. Me pondré en camino antes de que caiga el sol.
    El asceta tomó la caña y partió raudo. Durante meses, sus pies descalzos levantaron el polvo de todos los caminos de la India. Soportó los calores abrasadores y las lluvias torrenciales del monzón. En los bazares, vio a comerciantes engañando a sus clientes por unas pocas monedas de cobre; en las calles, vio a jóvenes apostando su futuro en juegos de dados; en los campos, vio a hombres peleando a muerte por un palmo de tierra estéril, todos ellos los consideraba seres que podrían ser considerados tonto, pero aún no había visto a todos así que no podría juzgar si alguien seria el más tonto de todos. 
    Conoció mucha ignorancia, avaricia y vanidad. Sin embargo, a los ojos del sabio, ninguno de ellos era el "más tonto". Sus errores nacían de la necesidad, del hambre o de pasiones pasajeras. Siempre había una chispa de humanidad en su torpeza. Así que el yogui conservó la caña.
    Casi un año después, decidió regresar a la capital. Al cruzar las imponentes puertas de la muralla, notó un silencio lúgubre. No había música en las calles. Al llegar al palacio, encontró un caos de cortesanos llorando y sirvientes corriendo despavoridos. El monarca había caído gravemente enfermo y el aire olía a incienso pesado y a medicinas inútiles.
    El yogui corrió hasta los aposentos reales. Los médicos más sabios del reino, derrot
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    760. Los Fisonomistas

    23/03/2026 | 8 min
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    Juan David Betancur Fernandez
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    Había una vez un grupo de personas que se llamaban a si misma fisonomistas. Estos hombres había dedicado miles de anos a tratar de identificar el alma de una persona a partir de su fisonomía y sus expresiones. Para lograrlo necesitaban llegar muy alto y para eso idearon un pla que pensaban seria infalible. De esta manera en una llanura desolada, los fisonomistas trazaron los planos de su mayor obsesión. Habían pasado siglos estudiando la inclinación de una ceja y la curva de un labio, pero eso ya no les bastaba; querían escalar los cielos para irrumpir en el archivo secreto del alma humana y leer sus verdades absolutas. .Sabian o inferían que el lo alto del cielo había un archivo de donde vendrían todas las almas humanas y que allí existirían una serie de reglas que determinarían que alma iría a quien en la humanidad. 
    Para lograr llegar a este archivo deberían comenzaron a erigir una torre inmensa, no con ladrillos comunes, sino con bloques de piedra tallados con la forma de todos los rostros humanos imaginables. Así que en aquella torre habría  Rostros de furia, de éxtasis, de melancolía, de amor de duda y obviamente  de terror fTodos estos bloques y muchos más formaban las paredes de aquella estructura colosal que rasgaría el techo de nubes.
    Lo que ellos pensaban o intuían era que En el cenit absoluto, casi tocando el manto negro del espacio, flotaba el alma de origen. El alma de origen Era de por si una entidad de pura lógica, fría y geométrica como un diamante. Cuando esta alma de origen miro  hacia abajo, sonrió con una mueca de superioridad. Conocía la historia y sus ciclos. Sabía que la mente humana es frágil frente a la inmensidad y preveía que, antes de que el monumento de rostros alcanzara un cuarto de su altura, la discordia estallaría entro los constructores y sus trabajadores. Lo sabía ya que el alma de cada uno de ellos provenia de ella misma y sabía sus fortalezas y sus debilidades. Además preveía que . Los idiomas de los albañiles se convertirían en un balbuceo caótico y que debido a esto , el cemento se secaría en las bateas, las piedras no encajarían y las reclamaciones haría evidente que la torre quedaría como un grotesco recordatorio de la arrogancia mortal.
    Y el alma razonable no se equivocaba. Al llegar a la capa donde nacen las tormentas, las lenguas se enredaron y con ella las intenciones de cada uno de los participantes cambiaban constantemente. . El arquitecto gritaba órdenes en un idioma de sílabas rotas, y los canteros respondían con gruñidos y cantos incomprensibles que adicionaban más caos a la ya difícil tarea.  El resultado rápidamente se vio.  los andamios comenzaron a crujir y la obra se detuvo.
    El alma original que presenciaba todo esto solo  cerró los ojos y con razón se sintio satisfecha con su propio pronóstico.
    Pero en ese instante de silencio inminente, algo intervino. No fue el colapso, sino el genio de los dioses.
    Apareció como un viento cálido y dorado, una deidad juguetona a la que le aburría profundamente la tiranía de la lógica. Al genio le pareció una lástima que tanto esfuerzo, que tantos rostros tallados con tanto anhelo, quedaran reducidos a escombros por culpa de la simple matemática del fracaso.
    Así que el genio descendió volando en espiral alrededor de la torre y sopló su aliento divino sobre la piedra.
    El milagro fue inmediato. Los miles de rostros tallados en los muros abrieron los ojos. Las bocas de granito y mármol se separaron y, al unísono, comenzaron a cantar. No cantaban en los idiomas confundidos de los albañiles, sino en la lengua primigenia de las estrellas, un idioma que no requiere palabras, sino resonancias.Y allí estaba el milagro cuando miles de
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    759. El Guando (Leyenda Colombia)

    21/03/2026 | 6 min
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    Juan David Betancur Fernandez
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    Había una vez, cuando la niebla del campo aún tejía los secretos del mundo y los ríos susurraban conjuros antiguos, existió un hombre cuyo corazón no latía con sangre, sino con polvo y oro. Era un ser sombrío, terco y tan avaro que parecía haberle robado la luz a su propia mirada.
    Mientras los aldeanos compartían el pan y las penas, él cerraba sus puertas a cal y canto. Si los más humildes acudían a su umbral, suplicando unas monedas para darle un adiós digno a un vecino caído, él los echaba con una sentencia que pronto se convertiría en su propia maldición: "Yo no le debo nada a nadie, y menos voy a cargar con mortecinos. El día que mi aliento se apague, tírenme al río o a un zanjón para que los gallinazos hagan un festín conmigo".
    Aquellas palabras, cargadas de desprecio, quedaron flotando en el viento como un oscuro presagio.
    Y como el destino siempre cobra las promesas que se lanzan al viento, la muerte llegó por el desalmado. Se lo llevó en el más profundo de los silencios, en una habitación fría, sin el tibio consuelo de una lágrima, ni el eco de una sola oración que guiara su alma en la oscuridad.
    Sin embargo, los campesinos, cuyas almas estaban hechas de luz y compasión, se negaron a cumplir su cruel voluntad. Juntaron sus escasas monedas, trenzaron madera y bejucos, y construyeron un lecho fúnebre: El Guando.
    Pero al intentar levantar el cuerpo, la magia oscura de sus malas acciones se manifestó. El difunto pesaba como si albergara en su interior todas las rocas de las montañas. No era el peso de la carne, era el peso aplastante de un alma vacía de amor. Tuvieron que hacer relevos cuadra a cuadra, sudando frío bajo una carga sobrenatural, tratando de llevarlo hasta el camposanto.

    El clímax de esta lúgubre travesía los alcanzó al llegar al viejo puente de madera que cruzaba el río. Al dar el primer paso sobre las tablas, el aire se volvió de hielo y pareciera que aquel cauce de agua que pasaba junto al pueblo estuviera reclamando aquel cuerpo odioso. El peso del difunto se multiplicó de forma monstruosa, como si el rio lo llamara desde su profundidad, mientras el cortejo de campesinos hacían un gran esfuerzo por sostenerlo. 
    Pero unos cuantos pasos más adelante ya sobre lo más alto de aquel viejo puente Las cuerdas del Guando se reventaron como hilos de telaraña. El golpe contra el puente fue tan devastador que la madera estalló en mil pedazos. Con un rugido ensordecedor, las aguas enfurecidas del río se abrieron como las fauces de una bestia antigua y se tragaron el cuerpo en un solo instante. Los hombres, despavoridos, buscaron entre la espuma y la corriente, pero el río había borrado cualquier rastro del avaro y su camilla. Se había cumplido su propia profecía.
    Desde aquella noche trágica, el avaro no encontró el descanso, sino que se convirtió en prisionero de la bruma. Hoy en día, su espíritu deambula como una aparición fantasmagórica, una sombra condenada a revivir su propio entierro.
    Cuentan que este espanto va acompañado de cuatro personas, que generalmente son los cargueros del muerto. Aparece a la orilla del camino, a la orilla de un río, cerca de un pantano o entre el bosque.
     
     Las apariciones de este macabro espectáculo en la mayoría de las veces conmueve, no sólo por creer que en realidad llevan al difunto o  por ir los familiares acompañándolo, sino por el murmullo coral del rezo del Rosario y la Misa por su alma.
    Quienes caminan de noche, especialmente en la víspera del Día de los Difuntos, suelen paralizarse de terror cuando el viento les trae el escalofriante sonido de madera crujiendo y lazos restallando en un compás eterno e hipnótico: "ch

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Acerca de Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda

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Generated: 4/5/2026 - 6:23:40 PM