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Escríbeme pronto

Jennifer McNamara
Escríbeme pronto
Último episodio

29 episodios

  • Escríbeme pronto

    Carnaval de disfraces permanentes

    21/1/2026 | 8 min
    A propósito de personalidades increíbles, el menú de hoy incluye:
    * un libro escrito por un excéntrico que imaginó el infierno 📚
    Puedes conseguirlo en este enlace.
    * una recomendación de curso que dicta un profesor único 🧑🏼‍🏫
    Mándale a Juan Carlos un correo a [email protected] o un Whats al +52 222 418 3751
    * un cuento sobre personalidades extravagantes 🖊️
    * y una reflexión sobre no ser tan normal 💭


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  • Escríbeme pronto

    Turista en tu propia calle

    14/1/2026 | 8 min
    Querida persona que me lee:
    Salir de casa no es una aventura. Es una actividad común y corriente que hacemos a diario sin ponerle mucha cabeza. Pero, ¿acaso no el lugar donde vivimos puede ser mágico?
    El año pasado recorrí un par de caminos del artista propuestos por Julia Cameron, la autora que se precia de desbloquear artistas. El mayor hábito que me dejó El arte de escuchar fue salir a caminar y ponerle atención a mi entorno.
    Y te quiero compartir eso: recuperar tu barrio. Para ello, en el menú de hoy encuentras:
    📚 Un libro sobre una librería escocesa y su dueño.
    🤓 Una cuenta de Instagram sobre cómo sacarle partido humorístico al negocio.
    🖊️ Un cuento sobre una quinceañera.
    💭 Una reflexión sobre el barrio y sus aromas.
    Vivir entre libros, olor a papel viejo, regentar una librería. Ser el librero del barrio suena como el sueño, ¿no?… Pues parece que no lo es tanto.
    Shaun Bythell es dueño de la librería de viejo más grande de Escocia, ubicada en Wigtown, una localidad de apenas 850 habitantes. Llegar parece complicado. A tres horas de Edimburgo, geográficamente Wigtown está más cerca de Belfast.
    Cualquier amante de los libros podría pensar que mantener un negocio de venta y compra de volúmenes es maravilloso. Bythell nos cuenta la realidad: pelear contra el imperio de Amazon, contra clientes intransigentes, conocer personajes que quieren saber más de la vida de uno que de literatura, entre otros muchos accidentes.
    Diario de un librero hace pensar en qué implica ser el centro de “conocimiento” de tu localidad y lo engorroso, pero divertido, que también puede llegar a ser. Lo consigues en este enlace.
    Die Republik der Brillen, en alemán. La república de los lentes. O de las gafas, pues.
    Así se llama una óptica de La Plata, provincia de Buenos Aires, en Argentina.
    ¿Me he parado ahí? Nunca. Lamentablemente, todavía no conozco Argentina.
    ¿Tengo ganas de comprar lentes en Argentina? Tampoco.
    Aunque por la cuenta de Instagram de esta óptica, me lo pensaría.
    La persona detrás de este perfil es Germán Huber, quien un día sí y otro también nos cuenta sus peripecias. Desde quejas por el calor, por el mate mal hecho, por la falta de sentido común. Germán además tiene un excelente gusto musical y sabiduría para compartir.
    Sí, también comparte su catálogo de gafas, armazones y tratamientos de lentes, pero eso es el extra.
    Alguna vez me enseñaron que para mantener una cuenta de redes de un negocio, el 80 por ciento del contenido no tiene que ver con la venta.

    Es cierto. Alégrate el día y date una vuelta por esta cuenta. Aunque Argentina te quede a 10 horas en avión.
    Nunca le he preguntado a sus padres si es Ximena o Jimena, con jota. En mi cabeza, Ximenita se escribe con equis; tiene más personalidad así.
    Tiene tan sólo 14 años y, sin embargo, somos confidentes. Al menos durante una media hora a la hora de comer. Esta cambia. A veces es a la una y otras a las cuatro. A las dos o tres jamás, que sería lo lógico en este país. Pero hay demasiada gente en la fonda a esa hora.
    Ximenita es la meserita de ocasión por las vacaciones. Sus abuelos están detrás de la barra asando carne y dorando tortillas. Sus papás también son meseros.
    Ella sí se da el lujo de platicar conmigo, de que su servicio sea más lento. Me cuenta del chico que le gusta, de la chica que le llama la atención. Y sospecho que le gusta más que el chico, pero no se ha dado cuenta.
    Yo le digo todo sobre mis hijos, que ya no puedo ver. Es mejor así. Aun con esta información, Ximena no me tiene miedo. Me sorprende. ¿Será que confía por su misma ingenuidad? ¿O que su intuición es más sabia que mi autoestima?
    Hace meses, mientras jugaba con la comanda —mi consomé tardaría todavía mucho—, me dio la gran noticia: había escogido el vestido para sus quince años y ya tenía el motivo para la coreografía que ejecutaría con sus chambelanes.
    —¿Cómo es? —pregunté.
    —Es en jazz. Eso dijo mi maestra.
    Buscó la pista.
    —Es un remix de “Take Five” de Dave Brubeck —dije, sorprendida por la elección.
    —Sí le sabes —contestó.
    Le conté entonces que antes tocaba el piano. Lo dejé cuando estaba embarazada.
    —¿Por qué? —me cuestionó. —¿No dicen que le hace bien a los bebés?
    —Pues sí.
    No me atreví a decirle que yo me estaba autocastigando. El piano eran niñerías. Pero ella sí es una niña todavía. Tiene derecho a pensar en jazz y vestidos.
    Semanas después, su papá me anunció que cerrarían unos días por la fiesta. Había mucho que hacer.
    Cuando compré los audífonos, lo hice pensando en la emoción que vería en los ojos de Ximenita. Una emoción tangible. Me hizo pensar en mis hijos e imaginarlos con los mismos ojos brillando. Así ya fue menos difícil.
    Salí de la casa a las cuatro con mi regalo bajo el brazo. Había sido una semana larga. Fui a esa hora para asegurarme de que Ximenita estuviera; al fin y al cabo, ya no eran vacaciones.
    Llegué y me topé con una cartulina que tuve que leer tres veces. Se anunciaba que el local cerraría para siempre. La fiesta había salido cara; el derecho de piso incrementó su precio. No decía eso, pero eso deduje.
    Regresé a casa con los audífonos sin dueño, derrotada. Sin haber comido. Y sin ojos quinceañeros brillando.
    Hace unos días, un amigo de la chamba me convenció para acompañarle a una tienda de perfumes que está a 10 minutos de mi casa.
    No es precisamente el local más visible desde la calle y hay que tocar el timbre para entrar. Ya desde ahí, seguro que los incautos no se meten.
    La tiendita esta tiene mil quinientos perfumes (no es hipérbole, en serio hay mucho por oler) y se enfoca en perfumería de nicho: en marcas poco conocidas, en proyectos independientes. Mi visita fue una experiencia para volver locos a mis sentidos. Nunca me he considerado una persona con gran olfato, pero puedo decir que a veces, cuando sueño, sueño con aromas incluidos.
    Descubrí desde perfumes con botellas con diseños mitológicos como las de Argos, hasta un perfume perfecto para mí este año (se llama Jodhpur 6am) pasando por cosas espantosas. Como perfumes que huelen a genitales masculinos y otros que huelen bastante parecido a vísceras.
    Cortesía de una cosa llamada ámbar gris, una piedra que los cachalotes forman y que se ha usado en perfumería desde hace siglos.
    Para eso, sólo tengo una palabra: Guácatelas. Iaj.
    Pero esta experiencia me recuerda en las maravillas ocultas que todavía encuentro a unas cuadras de mi casa. Tal vez en tu caso no haya una perfumería curiosa pero si la dueña de la verdulería con grandes historias o el mejor puesto callejero de la ciudad.
    Por un 2026 con espíritu de Wanderlust.
    ¿Es tu primera vez? Te dejo más cartas aquí.Con cariño libre de propósitos incumplibles,J. McNamara, aka Geeknifer.
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  • Escríbeme pronto

    Olvídate de los propósitos en 2026

    07/1/2026 | 7 min
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    Querida persona que me lee:
    Si es la primera vez que llegas por aquí, o la primera vez que me lees en siglos, ¡qué gusto!
    A mí sí me parecieron siglos este par de semanas que me tomé de vacaciones de escritura. Pero traigo nuevos bríos porque es Año Nuevo. Ya sé. Soy un cliché andando. ¿Por qué será que la sociedad y el mundo entero nos piden que en enero tengamos energía renovada y miles de propósitos para cada nueva vuelta al Sol?
    A propósito de los propósitos y del año que ya va en su segunda semana, te dejo el menú de hoy:
    🔮 Un producto para que tus propósitos se hagan realidad
    📕 Un libro para que te lo apuntes en tu lista de lecturas de este año
    🖊️ Un cuento sobre un ser que rompe corazones
    💭 Una reflexión sobre cómo iniciar el año de buenas
    Si llevas suficiente tiempo leyéndome sabes que soy la señorita de las agendas. Cada vez que me topo una decente, la recomiendo. Además, hace un par de años que la fabulosa agenda de Rock Design ya no se produce y tuve que buscar nuevas opciones.
    En 2025 encontré una que me funcionó tanto que era imposible no usarla en 2026. Se llama Clever Fox.
    Es una agenda para cumplir sueños. No contiene la clásica técnica de “A ver, pon tus objetivos en SMART (objetivos específicos, medibles, realizables, factibles y en un tiempo concreto)”; sino que va más allá. Pones tus objetivos en varias áreas de 2026, los desglosas por trimestre y finalmente los granulas por mes.
    Su gran bondad es que empieza con preguntas sobre ti que te ayudarán a conocerte y delinear dichos objetivos. Y claro, es más fácil conseguir algo cuando está repartido en cosillas más chiquitas.
    Ten cuidado de comprar la edición correcta, porque hay algunas versiones que no tienen todos los aditamentos. También el tamaño es importante; este año la pituficagué, compré A5 en vez de A4 y ahora tendré un libro con más espacio (pero trae más secciones).
    La consigues en este enlace de Amazon o su página oficial.
    Durante el siglo pasado, hasta los años ochenta, en varios países era común que cuando una adolescente se embarazaba la llevaban a un internado con otras embarazadas para que diera a luz y regresara a su vida normal como si nada hubiera pasado. Al bebé lo daban en adopción.
    ¿No te parece un escenario terrorífico?

    Empecé el año con un librazo. Su autor, Grady Hendrix, ya lo tengo considerado como uno de mis favoritos por su habilidad para mezclar terror con comedia.
    En Brujería para chicas descarriadas (Witchcraft for Wayward Girls), seguimos a Fern en 1971, una chica de 15 años que está embarazada y que tiene que sobrevivir en una casa con otras en su condición en Florida. Todas son juzgadas casi que de prostitutas por “haber abierto las piernas antes de tiempo”.
    Y en algún punto ella y sus amigas se topan con algo de brujería.
    Sigo anonadada de que Hendrix se haya aproximado a un tema tan difícil, que sea capaz de meterle algunos tintes de terror, de magia, de comedia y que me haya llevado a las lágrimas con el final. Aplausos muchos. Un must para el 2026.
    Lo puedes conseguir en pasta dura en español en este enlace y en inglés, que es la versión que leí, con este link.
    Queridísimo mío:
    La única manera en que me vas a poder entender es a golpes de letra. Voy a caer en los clichés. Te fuiste sin decirme adiós. O tal vez sí lo dijiste y no te quise escuchar.
    Te llevaste mis anhelos, mis suspiros. Yo que te dediqué cada una de mis noches, escuchándote hasta altas horas de la madrugada. Yo que te dedicaba mis días, viéndote a escondidas. Entre pasillos de oficina, escapando de reuniones familiares sin sentido porque en ti yo encontraba el mío.
    Tus palabras pusieron mi vida en juego y mis creencias en jaque. Me encantaba. Me encantaba perderme en tus decires y en tus silencios.
    Mis dedos, que te recorrieron todo: de principio a fin, por delante y por detrás, te extrañan. Yo, que cabalgué en tu lomo y te regalé todo lo que soy ahora estoy sola.
    He tratado de volver a ti y nada funciona. Es como si no hubiera nada más. ¡Y es que quizá no lo haya, amor divino! Tal vez el secreto es dejarte ir, que otras manos te toquen, que otros ojos te miren, que alguien más te disfrute y te haga suyo.
    Quizá el truco es esperar a otra estación. A otra era en la que recuperar lo nuestro.
    ¿Algún día me dejarás aspirar tu aroma como cuando lo hice por primera vez? Me enamoraste por el olfato primero. ¿Será que para entonces tu presencia me resuene de otro modo? No lo sé. Quisiera que sí. Que lo nuestro pueda repetirse, pues estoy segura de que ya no somos más.
    Por eso te digo, te grito:
    ¡Maldita la tarde en que te leí la última palabra y el punto final, libro de mierda!
    ¿Se me nota que estoy empezando el año muy de buenas? La verdad es que recibí un grandísimo regalo de Navidad pero sólo te podré contar de él hasta febrero.
    Sí, sí es una estrategia de cliffhanger para que te quedes conmigo hasta entonces y más allá.
    El secreto para que los propósitos no se te vayan al carajo no es tan secreto. Hay que formar hábitos y no todo se puede empezar en enero. La idea es incentivar comportamientos, no que todo se base en la fuerza de voluntad (que sí es importante para cualquier meta, eh).
    Pero es más fácil que la fuerza de voluntad funcione cuando el escenario es correcto y cuando tenemos cómplices al lado. Espero poder contarme entre los tuyos este fabuloso 2026.
    ¿Es tu primera vez? Te dejo más cartas aquí.Con cariño libre de cosas malvibrosas,J. McNamara, aka Geeknifer.
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  • Escríbeme pronto

    Manual de cartografía existencial

    15/12/2025 | 7 min
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    Diciembre es un buen mes para reflexionar sobre cómo somos: ¿te has dado cuenta de que vivimos en mundos paralelos que nosotros mismos inventamos?
    El otro día, en mi trabajo bancario, escuché a un ser humano decir que “no era de esas personas que hacen fila”. Me quedé pensando en que: Uno, a veces no hay elección. Y dos, todos tenemos nuestra propia mitología personal, ¿no? Como si fuéramos protagonistas de una épica que nadie más lee.
    Hace poco, por ejemplo, reparé en lo mucho que detesto los karaokes. Hay gente a la que le parece el Olimpo y a mí en cambio me parece una gran manera de descender al séptimo círculo del infierno. Ruido, desconocidos borrachos y música que, en términos generales, no es lo mío.
    O sea, construimos nuestros propios panteones: ese amigo que siempre tiene la respuesta correcta es nuestro oráculo particular, la tía que cocina es la diosa de la abundancia, el némesis de tu vida es el dios de la guerra.
    Creamos rituales (el café antes de hablar con humanos), territorios sagrados (mi escritorio, no negociable) y hasta nuestras propias profecías autocumplidas (“Los miércoles son hermosos” y mágicamente lo son).
    Por eso, para seguir hablando de esto, en el menú de hoy hay:
    🔮 Un producto para cartografiar tu universo personal
    🎵 Una rolita que fusiona mundos como tú fusionas realidades
    🖊️ Un cuento con un disparador difícil
    💭 Una reflexión sobre los mitos que nos contamos
    Los Rolling Stones eran unos genios. ¿Pero qué pasa si tomas esa base y le pones algo más “dark”? Pues algo de metal sinfónico secuestró a los Stones para llevarlos a terapia gótica. Morten Veland (de Sirenia y Mortemia) y Kristin Starkey (Temperance, Twilight Force) tomaron el clásico de 1966 y le inyectaron oscuridad.
    Kristin Starkey, que además de cantante de metal es doctora en música y profesora de ópera, le da a la canción esa cualidad de lamento épico que necesitaba.
    Me encantan los covers porque reinventan la música. Este cover recuerda que toda mitología puede ser reinterpretada. Los Stones la hicieron sobre Vietnam y depresión; Mortemia la convierte en un himno gótico sobre transformación. Es la prueba de que puedes tomar cualquier narrativa y pintarla del color que necesites para tu propio mundo.
    Un mapa de la fantasía. De nuestras fantasías colectivas como humanidad. Eso es Storyterra. Es el globo pero en donde descubres novelas ambientadas en Japón o videojuegos vikingos.
    Storyterra tiene más de cien mil títulos con anotaciones sobre sus periodos narrativos y ubicaciones reales. Puedes explorar por historia o tal cual por locación.
    Puedes darte una vuelta por los lugares de las ficciones del mundo en Storyterra con este enlace.
    Esto es parte del reto “Escribe antes de Navidad”, en el que puedes participar. El disparador era “Abre un libro al azar (o una canción), toma la primera oración de la página y úsala como inicio de tu historia”
    El parque de los ciervos (de Norman Mailer)
    Lulu, después de haberse empeñado en mantener en secreto nuestras relaciones, un buen día cambió de parecer y se sentó en mis rodillas en la piscina del Yacht Club.
    Brandon nos miró con los ojos como platos. De hecho, detuvo su lectura; o, más bien, su aparente lectura en el camastro para vernos ya sin ninguna discreción.
    Lulu me dio a comer la aceituna de su martini. Yo me la tragué de puro orgullo, porque odiaba las aceitunas. Pero por fin tenía sobre mí, a plena luz del día, las piernas que por las noches eran mi delirio.
    Blanca se acercó a la orilla de la alberca, como ella prefería llamarle, y nos vio divertida. En ese instante entendí que los secretos no existían entre mujeres. O al menos, no entre estas mujeres.
    Brandon cambió la sorpresa por la evidente molestia. Se levantó de su camastro alegando que iba al baño, pero se llevó el libro. Hasta entonces sólo se lo llevaba cuando decía que iba al cuarto. Que igual y sí leía el volumen mientras usaba el WC, pero prefería decir que iba a reposar a sus aposentos.
    Lulu lo vio irse entre defraudada y orgullosa. A mí me parecía como un maquiavélico gato o una orca que jugaba con sus presas: tanto con Brandon como conmigo. Haberse colocado sobre mí era una declaración: “Te elijo a ti”.
    Yo no era estúpido. Había visto cómo Lulu usaba de confidente a Brandon, pidiendo que la acompañara de aquí para allá. Y el muy imbécil ahí iba detrás de ella. A mí me miraba siempre de reojo. Aunque sabía que me miraba sólo a mí. ¿Cuál sería mi encanto en su cabeza? Después de todo, con Brandon hablaba de un montón de cosas. Filosofía, sobre todo. Ya mucho conversaban del fin del mundo y de lo que pasaba al morir.
    Supe que me deseaba desde la noche en que salimos todos por primera vez. Con un martini en la mano, se despreocupó por el recato y se quedó viéndome. Le hice un mohín. Ella sonrió y yo lo hice de vuelta.
    El encuentro que lo selló todo fue otra fiesta similar, en la que acabamos solos en una mesa; Brandon había sido llamado por su jefe. Saqué a bailar a Lulu. Eso fue mi perdición.
    Nos veíamos a horas y deshoras. Yo entonces todavía la miraba a la distancia mientras hablaba con Brandon riéndose a carcajadas desaforadas, escandalosas… hasta frenéticas, para ser honesto.
    Ahí, con sus piernas hirviendo sobre mí, clamé por Brandon en mi cabeza. Hasta ese momento lo supe: Lulu me parecía insoportable.
    Todos somos cartógrafos de territorios invisibles. Dibujamos fronteras que solo nosotros vemos: “Aquí empieza la zona donde no hablo de mis sentimientos”, “Este es el perímetro de gente con quien hablo de mis preocupaciones”, “Más allá está el dragón de las conversaciones incómodas con mi familia”.
    Creamos bestiarios personales poblados de jefes-ogros y parejas-sirenas que nos cantan canciones peligrosas. Inventamos misiones épicas (sobrevivir a la cena navideña) y side-quests (encontrar un buen regalo con 50 pesos). Somos el héroe, el narrador y a veces el villano de nuestra propia historia.
    Yo prefiero ser mi antiheroína.
    Creemos que todos viven en nuestro mundo, pero no. Tu mejor amiga está viviendo en una comedia romántica, tu jefe en una distopía corporativa, y tu mamá en el realismo mágico donde los tuppers desaparecidos van a un limbo del que nunca regresan. Y de alguna manera, todos estos mundos coexisten, se traslapan, chocan y a veces, solo a veces, se sincronizan lo suficiente para crear esos momentos de conexión genuina que justifican todo este teatro cósmico que es la vida.
    Quizá la magia no está en que nuestra mitología sea real, sino en que es nuestra.
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  • Escríbeme pronto

    Aquelarre creativo de fin de año

    26/11/2025 | 10 min
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    Querida persona que me lee:
    Estamos en la delgada línea entre noviembre y diciembre. Lo cual se presta para hacer una mezcla entre Día de muertos y Navidad. Porque, por regla general, yo no canto villancicos sino hasta el primero de diciembre.
    Lo que ya hice, en un impulso de oferta, fue comprarme un árbol, y ayer estaba revisando los adornos con los que cuento. Entre luces enredadas (¿cómo le hace la entropía para enredar un cable guardado?), también di con juguetes para gato… que espero que me sirvan antes de que mis mercenarios peludos decidan acabar con la planta navideña.
    Los últimos días de noviembre huelen a buen ambiente para que las brujas hagan hechizos. El aire huele a transformación: a hoguera literal y metafórica. A la urgencia de crear antes de que el año nos abandone. Por eso traigo cosas bastante lindas en esta edición.
    En el menú de hoy hay:
    * Un libro para reapreciar la paz 📚
    * Dos discos que algo tienen que ver con magia 🎵
    * Un reto escritural disfrazado de calendario de adviento 💡
    * Un cuento de ese reto, que trata sobre un elevador 🖊️
    * Una reflexión sobre los destellos creativos de temporada 💭
    A veces leo por obligación. Por salir de mi zona de confort. Pero para este fin de año dije: Basta. Tomaré uno de los libros que tengo por ahí que en serio se me antojen.
    Se me antojaba transportarme a Medio Oriente. De la mano de Muhsin Al-Ramli llegué a conocer a tres amigos iraquíes; quienes, aunque siempre estuvieron juntos en la infancia, la vida y la guerra se hicieron cargo de apartar. Es una grandísima crítica a Saddam Hussein sin nombrarlo jamás.
    Los jardines del presidente empieza fuerte. Con la cabeza de uno de estos amigos en una caja de plátanos. No, en el pueblo donde sucede esto no hay platanares. Claro que no todo es tragedia, también hay historias de amor, hay descendencia, vida y la novela tiene varios pasajes que parecen sacados de cuento.
    Al-Ramli se encargó de que pusiera pies en polvorosa para este fin de año. Mientras nos debatimos si comprar árbol natural o artificial, hay jardines reales siendo irrigados… con sangre real. Feliz Navidad.
    Lo puedes conseguir en Amazon en este link.
    Más bien, un par de álbumes.
    Este otoño, dos bandas femeninas nos regalaron disco. Por un lado, Florence + The Machine lanzó Everybody Scream, nacido literalmente de las entrañas del dolor físico. Florence Welch casi muere en el escenario tras tener un embarazo ectópico, que condujo a un aborto natural. Tenía una trompa de Falopio rota antes de subir al escenario y cantó sin saber que tenía una cantidad de sangre en el abdomen equivalente a una lata de Coca-Cola.
    Diez días después estaba cantando de nuevo como si su vida dependiera de ello. Porque tal vez sí dependía.
    Las versiones de cámara (chamber versions) son particularmente increíbles. El disco huele a tierra húmeda, sabe a hierbas amargas, y suena como si las brujas de Salem hubieran tenido acceso a sintetizadores.
    El disco además habla sobre el sexismo, sobre sus experiencias recientes y sí, sobre un poco de hechicería.
    Mientras, The Last Dinner Party nos da “Desde la pira” From the Pyre; esto es lo que pasaría si Juana de Arco hubiera formado una banda de rock con las hermanas Brontë. Estos cinco seres (todas mujeres y personas no binarias) tomaron la hoguera medieval y la convirtieron en pista de baile. Con “Rifle”, por ejemplo, no sabes si quieres llorar o quemar algo… metafóricamente, claro, no promuevo la piromanía.
    Ambos discos abrazan la brujería desde ángulos distintos: Florence desde el ritual de sanación, Last Dinner Party desde la pira como renacimiento. Ambos disponibles en Spotify para tu aquelarre personal de camino al trabajo.
    Si te has estado perdiendo mi contenido de los últimos días en Instagram o Substack, te lo anuncio en este correo hoy. Estoy en un reto de escritura llamado Escribe antes de Navidad. Un calendario de adviento escritural para escritores y no escritores.
    Comenzamos apenas el lunes (24 de noviembre). Puedes revisar los prompts o disparadores para que escribas en mi post del sábado.
    Y te puedes apuntar en este formulario si además quieres revisar en donde compartir tus escritos con algunos tips de escritura e inspiración en correos adicionales.
    Piensa este reto como cajitas numeradas para que, en vez de encontrar un dulce, descubras u pretexto para armar una historia.
    Escribe una historia que tenga lugar completamente dentro de un elevador atascado:
    El elevador
    Vivir en el piso más alto me daba las vistas más hermosas de la ciudad. Pero también significaba pasar más tiempo en el elevador.
    En el 20, se subió una familia que me puso incómoda. El papá tenía cara de congoja, la madre lloraba y la niña veía hacia abajo. Estaban los tres vestidos de negro.
    En el 17, se subió el vecino y el único perro que odiaba en el edificio: un bulldog que apestaba. Siempre me pregunté si su dueño era consciente del olor. A veces, por deporte, me preguntaba a qué olería su departamento.
    En el 16 entró un hombre trajeado que pegaba gritos en el teléfono con quien parecía ser su asistente.
    En el 15 entró un chico muy delgado con una transportadora. No se alcanzaba a ver el animal que había dentro, salvo por algunos pelillos pardos.
    Y en el 14, el elevador se detuvo. Las puertas no se abrieron.
    Decidí romper el silencio.
    —¿No podría apretar alguien el botón de apertura de puertas?
    Fue la niña del vestido negro quien alcanzó el botón… equivocado, porque apretó el de cerrar puertas. Obviamente no produjo nada.
    El hombre del teléfono dio dos pasos para alcanzar el botón correcto.
    —¡Ya sé que no me oyes bien! Vengo en un elevador. Ash.
    De todos modos, tampoco pasó nada y el dueño del bulldog acabó por avanzar y tocar el botón de alarma. En vez del de SOS. Esto provocó un sonido infernal que puso a la niña a llorar, al bulldog a aúllar lastimeramente y al gato, ¡era un gato!, a bufar desde la transportadora.
    Abriéndome paso entre la pequeña multitud, toqué el botón de SOS, que detuvo la alarma y activó el interfón. Nos pidieron guardar la calma, no hacer movimientos bruscos y no tratar de solucionar el problema. Que alguien venía para acá.
    —Oiga, su perro huele horrible —decidió romper el silencio mi amigo enojado del teléfono.
    —Sí huele bien feo —dijo la niña sorbiéndose los mocos.
    Su papá le hizo una seña para que guardara silencio.
    —Es que tiene un problema renal.
    —Pobre —dijo el dueño del gato.
    Me sentí un poco mal. Sólo un poco.
    —¿Morirá pronto? —pregunto la mamá de la niña, quien lloró todavía más fuerte.
    —Eh… no lo sé. Espero que no —contestó el vecino bulldog, tenso.
    —Es que nos dijeron que un familiar acaba de fallecer —explicó el marido.
    —Lamento su pérdida. ¿Sabe? Yo trabajo en una funeraria, le dejo mi tarjeta —dijo seguro el hombre del teléfono.
    El papá de la niña agradeció mientras la pequeña veía al techo, como si esperara a alguien.
    —¿Tú llevas al gato al veterinario? —le pregunté al hombre delgado.
    —Sí. Aunque espero que no sea por algo tan cercano a la muerte.
    No sé con qué tono habrá dicho esto, pero el elevador rió entero, salvo la niña.
    Comprobé que las situaciones tensas podían también ponernos en modo vulnerable. Cada uno nos fuimos sentando y para matar el silencio nos pusimos a hablar de nuestros muertos más recientes. Un primo. Un hermano. Un amigo. El mío sí había sido un gato. El chico delgado me pasó una mano por los hombros y me abrazó. Fue lindo, fue natural.
    La niña viendo al cielo tenía razón, porque no pasó mucho tiempo para que abrieran el techo para sacarnos con una escalera.
    Mientras esperaba mi turno y veía la maniobra para cargar al bulldog, hice una mueca. Vivir en el piso más alto, al parecer, también traía aventuras incluidas. Traía la posibilidad de pensar que la muerte era menos tenebrosa cuando la vida se detenía por una causa mecánica.
    La creatividad no hiberna, solo cambia de atuendo según la estación. En primavera se viste de flores y renovación. En verano, de aventuras y sudor; nota aparte, he descubierto que soy bastante mala para crear en verano. En otoño, nuestra parte artística es nostalgia prematura. Pero en invierno la creatividad se pone su mejor atuendo de bruja, se envuelve en mantas que huelen a canela y decide que es momento de los rituales más profundos.
    No es coincidencia que tantas personas, incluyéndome, sientan el impulso de crear cuando los días se acortan. Es como si la oscuridad temprana nos recordara que el tiempo es finito, que el año se acaba, que si no escribimos esa historia, pintamos ese cuadro, o componemos esa canción ahora… tal vez nunca lo haremos.
    El final del año es una pira donde quemamos lo que no funcionó, pero también donde forjamos lo nuevo. Cada destello creativo es una chispa que dice: “Todavía estás viva, todavía puedes transformar, todavía hay tiempo”. Y lo hay. Siempre hay tiempo para honrar ese lado humano que insiste en crear belleza donde antes no había nada. Aunque sea diciembre. Aunque estés cansada o cansado. Aunque las luces navideñas sigan enredadas.
    La mera verdad: tu creatividad no necesita permiso ni temporada oficial. Solo necesita que le digas que sí cuando toque a tu puerta, vestida de bruja, de santa, o de lo que le dé la gana. Porque al final, crear es el acto más humano y más mágico que podemos hacer. Es nuestra pequeña hoguera personal contra la oscuridad.
    ¿Es tu primera vez? Te dejo más cartas aquí.Con cariño libre de cosas Grinch,J. McNamara, aka Geeknifer.
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